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Magdalena de Vézelay

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Sobre la portada de la Basílica de la Magdalena de Vézelay

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Renoir

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Filmación del pintor

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Monet en Giverny

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Vídeo de la época con la presencia del pintor en Giverny

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El carril bici de la Noche estrellada

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Un carril bici para "La noche estrellada"

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La aljafería de Zaragoza

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Vídeo y explicación del palacio de época de Taifas.

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Freedom Tower

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De nuevo el World Trade Center domina el cielo de Nueva York.

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Tlalocan: Descubriendo el inframundo de Teotihuacán

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Descubriendo los secretos de Teotihuacán

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El último Caravaggio

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Descubierto una de las tres últimas obras del artista.

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Il tuffatore

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Una pintura griega del S. V a.C.

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Una preciosa muestra de arte olmeca.

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Larry Sultan PDF Imprimir E-mail
(3 votos, media 3.67 de 5)
Escrito por Jesús Martínez Verón (CREHA)   

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Larry Sultan (Nueva York, 1946 - Greenbrae, California, 2009) nunca fue un fotógrafo excesivamente conocido a nivel popular. Sus imágenes no ilustraron famosas revistas de moda. No fotografió a los grandes actores de su época. No creó ningún icono del siglo XX.

Sin embargo, Larry Sultan fue uno de los grandes maestros de la fotografía norteamericana de las últimas décadas. Su libro Evidence (1977) llegó a ser calificado por The New York Times nada menos que como uno de los grandes hitos de la historia de la fotografía artística.

La razón de esta aparente contradicción entre la calidad de la obra de Larry Sultan y su relativamente escasa proyección popular hay que buscarla, quizás, en la manera como el autor aborda sus trabajos. Sus fotografías son descarnadas, sobrias y sin concesiones ni al decorativismo ni a la crudeza excesiva.

Ni siquiera en una serie tan particular como Valley, en la que trató del mundo de la industria del cine porno, cayó en el sensacionalismo gratuito.

En los últimos meses, quizás como consecuencia de su fallecimiento, parece estar recuperándose la figura de este fotógrafo realmente interesante. Pese a ello, no es excesiva la información que puede encontrarse en internet. Seguramente la página más completa qu existe sobre él es la qu le dedica la web de Stephen Wirtz Gallery. Si quieres visitarla, pulsa AQUÍ.

 
Guarino Guarini en San Lorenzo de Turín PDF Imprimir E-mail
(2 votos, media 5.00 de 5)
Escrito por F. Javier Jiménez Zorzo (CREHA)   

 

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“De los arquitectos del norte de Italia, el más interesante resultó ser Guarino Guarini, un hombre dotado de unas energías intelectuales y creativas superiores incluso a las de los más renombrados, como Borromini, Bernini y Cortona. Nacido en Módena en 1624, Guarini pertenecía a una generación anterior a la de los tres grandes maestros del Barroco romano, menos sujeta a una práctica convencional. En 1647, después de ocho años de estudios en Roma, profesó los votos de la orden teatina, enseñando posteriormente filosofía, teología y matemáticas en seminarios teatinos de Módena, Mesina y París. Sus preocupaciones académicas quedaron patentes además con la publicación de nueve tratados de investigación sobre temas que abarcaban desde la astronomía hasta la filosofía, matemáticas y arquitectura.

En 1666 Guarini se traslado a Turín, siendo nombrado poco después ingeniero y matemático del duque Carlo Emanuele II de Saboya. [...] Hasta la llegada de Guarini habían carecido de un arquitecto de primera fila. Desde 1666 hasta su muerte en 1683, Guarini construyó en Turín, para el duque y varios patronos eclesiásticos, algunos edificios sumamente interesantes que se conservan más o menos intactos, constituyendo sus mejores obras de sus años de madurez.

De entre sus edificios, el de más antigüedad conservado en Turín es la iglesia de S. Lorenzo, construida para los teatinos entre 1666 y 1687. [...] En su tratado de arquitectura, Guarini escribió que “las bovedas representan la parte principal de un edificio”, siendo ciertamente la cúpula principal de S. Lorenzo la parte más inspirada y menos convencional de la construcción. Alejándose del hacer tradicional en casi todos sus aspectos, representa un testimonio de la erudición de Guarini y de su desenfadada imaginación.

El elemento más novedoso de la cúpula es su empleo de un entramado de nervios entrecruzados, una disposición que resultaba desconocida en la tradición clásica de la arquitectura renacentista y barroca, aunque no era infrecuente en las cúpulas hispano-musulmanas de fines de la Edad Media. A pesar de que no hay prueba de que Guarini haya estado nunca en España y hubiera contemplado las cúpulas de Burgos, Córdoba o Zaragoza, sí pudo haber visto estructuras de nervios entrecruzados en el sur de Francia o incluso en el Piamonte.

En la “Architettura civile” Guarini ofrece un análisis técnico de los entrecruzamientos de cúpulas góticas, concluyendo que “ya no se emplean, aunque pudieran ser de utilidad en ocasiones”. Alaba mucho a los constructores góticos “que querían que sus iglesias ofreciesen un aspecto de fragilidad, hasta el punto de parecer un milagro que se tuviera en pie”, y sus arcos “que parecen colgar del aire”, y sus altos ventanales y torres caladas. Su admiración por el virtuosismo técnico de la arquitectura gótica se refleja en la cúpula diáfana de S. Lorenzo, más elevada y mejor iluminada que cualquiera de sus prototipos árabes.

La traza de la cúpula podría reflejar una mezcla de tradiciones musulmanas y góticas, pero su motivación surge indudablemente de la preocupación común del Barroco por el ilusionismo espacial.  [...] La naturaleza mística de las formas de Guarini no ha de ser vista tampoco como deliberadamente anticlásica. Al igual que las creaciones de Borromini, éstas pueden ser complejas pero nunca irracionales ni rompen jamás enteramente con las reglas que gobiernan el uso del orden clásico. [...] No obstante, la arquitectura de Guarini no carecía de idiosincrasia técnica. Con objeto de construir cúpulas de la altura apetecida, basó su diseño en la geometría cónica en lugar de en la acostumbrada geometría esférica. En S. Lorenzo esto le permitió prescindir de un tambor y lograr no obstante construir una cúpula más elevada y espectacular que la de las iglesias contemporáneas.”

(John Varriano: “Arquitectura italiana del Barroco al Rococó”. 1986)

 
Sabías que...Las curiosidades del Jinete Rampín PDF Imprimir E-mail
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Escrito por Ignacio Martínez Buenaga (CREHA)   

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El llamado Jinete Rampin es en realidad un Kuró montado a caballo, y por tanto la muestra de un jinete más antigua conservada.

La pieza cuenta también con otras curiosidades: la cabeza de la escultura fue hallada en la llamada Fosa persa, un yacimiento en plena Acrópolis donde se enterraron con devoción muchas reliquias antes de que los persas destruyeran el entorno sagrado en el 480 a.c. La cabeza quedaría en propiedad del coleccionista francés Georges Rampin, que la donaría al Museo del Louvre en 1896, y daría además el nombre a la pieza. Pero si la cabeza se había hallado en 1877, unos años más tarde, en 1886, se descubriría un tronco y un caballo, que el arqueólogo británico Humphry Payne relacionó con la cabeza que se había descubierto anteriormente. Por ello mismo en la actualidad la cabeza se sigue conservando en el Museo del Louvre, mientras que el cuerpo y el caballo se encuentran en el Museo de la Acrópolis, a los que se les ha añadido una réplica de la cabeza original.

En la famosa Fosa donde se encontraron estas obras se hallaron también otros restos que tal vez pudieron formar un grupo escultórico con ellas, pues se trataba al parecer de otro caballero, aunque tal vez se tratara sin más de otros presentes ofrecidos a Atenea que se acumularon en este lugar.

El Jinete Rampín o Caballero Rampín es una muestra perfectamente conservada de la estatuaria arcaica griega, concretamente de una fecha tan lejana como la primera mitad del S. VI a.c., lo que la hace todavía más valiosa. Como hemos dicho se trata en realidad de un Kuró, pues es al fin y al cabo un exvoto religioso de un efebo, que además responde a la estética de estas obras. No obstante hay también en el aspecto plástico algunas singularidades en esta pieza, pues por ejemplo la posición del cuerpo en relación al caballo, y la cabeza ligeramente girada, rompen la característica frontalidad de los kurós. Por otra parte, la imagen habitual de un joven imberbe se sustituye ahora por la de una persona adulta y barbada. Por eso es por lo que algunos especialistas consideran que se trata en realidad de un retrato, un retrato a caballo, que si además se pone en relación con la otra figura también a caballo encontrada en el mismo yacimiento se identificaría como la representación de los hijos del tirano Pisístrato, ambos verdaderos caballeros en el sentido etimológico de la palabra, los llamados Hipias e Hiparco, por cierto, los mismos que trataron de asesinar los tiranicidas, posteriormente inmortalizados en la escultura de Kritio y Nesiotes.

Más allá de su iconografía, lo cierto es que el Jinete Rampín es una pieza de gran perfección en la talla, de rostro muy cuidado en las facciones y de una belleza sutil en la simetría del rostro y en su labra delicada, que sólo amanera la típica sonrisa forzada tan característica también de los kurós arcaicos. Sorprende además su escaso esquematismo en los detalles, lo que acentúa su realismo y su belleza.

Como también es habitual, el cabello está trabajado en detalle a base de profusos tirabuzones, rizos y bucles, prendidos por una cinta a modo de guirnalda de vencedor, no se sabe si de roble (en cuyo caso lo relacionaría con los juegos délficos), si de apio (símbolo de la victoria en los juegos nemeos) o de olivo (que lo sería de los olímpicos).

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Magdalena de Vézelay PDF Imprimir E-mail
Escrito por Ignacio Martínez Buenaga (CREHA)   

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Entre las muestras más hermosas de la arquitectura y la escultura románicas se encuentra la iglesia de la Magdalena de Vézelay, centro de peregrinación por contener como reliquia el cuerpo de María Magdalena, que según la tradición había traído expresamente desde Jerusalén el monje Badilon. También por encontrarse en la Vía Lemovicensis, uno de los cuatro caminos que conducían a Santiago de Compostela, a través del que acudían peregrinos procedentes del norte y del este de Europa.

Su belleza monumental es imponente, pero si algo resulta sorprendente y de una belleza difícilmente superable es su formidable programa escultórico, que se reparte principalmente entre los capiteles del templo y la gran portada occidental que se abre dentro del nártex. Es toda ella obra del llamado Maestro de Cluny, artista de un estilo inconfundible, caracterizado por sus cánones de cuerpos pequeños y grandes extremidades y cabezas; un tratamiento en los rostros definido por el esquematismo del peinado y la barba, y sus ojos almendrados profundamente expresivos; así como un trabajo inconfundible en los pliegues de los paños, determinado por sus vuelos elegantes, la precisión de los dobleces y sobre todo el dinámico efectismo de sus características formas espirales.

Concretamente la portada, realmente excepcional, reproduce el tema de la reunión de los apóstoles alrededor de Cristo el día de Pentecostés. Inscrito en una mandorla y con un canon superior que remarca su importancia jerárquica, Cristo distribuye desde sus manos los rayos que simbolizan la iluminación divina, y que otorgan a sus discípulos el "don de lenguas", para ser enviados "en misión". Su iconografía no es la habitual, y ya no sólo porque no se trata de un pantocrátor, sino por su composición y su exquisita solución formal. Sólo su rostro mantiene la severidad del Maiestas Domini románico, severo y frontal, lo demás es singular: para empezar su disposición es atípica, en una composición en zig-zag que rompe el estatismo románico y además permite que la figura se gire sobre sí misma multiplicando sus puntos de vista, a pesar de tratarse de un relieve escultórico. Por otra parte está el trabajo de las vestimentas, de pliegues agitados y de gran variedad, que alternan los dobleces amplios, con pliegues minuciosos, formas ampulosas y telas adheridas, y en general un ritmo compositivo de una cadencia continua por la sinuosidad repetitiva de todos los paños. Sin olvidar la espiral característica de su autor, el nombrado maestro de Cluny, localizada en este caso sobre la cadera, lo que le otorga a la figura, en un inverosímil requiebro, una ingeniosa adecuación del cuerpo a su forzada postura, y un recurso de indudable dinamismo y movimiento.

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Sabías que... La creación artística fue disciplina olímpica PDF Imprimir E-mail
Escrito por Jesús Martínez Verón (CREHA)   

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Jean Jacoby, Corner y Rugby, Medalla de Oro en la disciplina de Pintura, dibujo y acuarela, Juegos Olímpicos, París, 1924

Para cualquiera de nosotros, los Juegos Olímpicos son el acontecimiento más grande del mundo del deporte que reúne, cada cuatro años, a los mejores atletas de países de todo el mundo. Eso si, deporte y nada más que deporte: atletismo, natación, hockey, ciclismo, vela, baloncesto, etc., etc.

Hemos perdido la referencia de que durante varias décadas, los Juegos Olímpicos compartieron disciplinas deportivas con actividades artísticas. Y lo hicieron en plano de igualdad, incluyendo el característico reparto de medallas de oro, plata y bronce.

Fue el propio padre de los Juegos Olímpicos modernos, Pierre de Coubertin, el ideólogo y máximo defensor de esta concepción deportivo-artística del evento. Así lo planteó ante el Comité Olímpico Internacional y así logró que se incluyera la creación artística como disciplina olímpica en la reunión de este organismo que tuvo lugar en París en mayo de 1906.

La organización de los siguientes juegos (inicialmente adjudicados a Roma pero finalmente celebrados en Londres por los problemas financieros de la capital italiana) resultó precipitada para incluir la competición artística. Por eso hubo que esperar a los Juegos Olímpicos de Estocolmo en 1912 para que por primera vez la creación artística participara en los Juegos.

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Carlo Pellegrini, Deportes de invierno, Olimpiadas de Estocolmo, 1912

Las normas eran bastante sencillas: debía de tratarse de trabajos originales, tener como fuente de inspiración el deporte y estar realizados durante los últimos cuatro años. Había cinco categorías (con diferentes subcategorías, cada una de ellas con las tradicionales tres medallas) Arquitectura, Escultura, Pintura, Literatura y Música.

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Henriette Brossin de Polanska, L'Elan, Amberes, 1920

 

Los Juegos Olímpicos vieron interrumpida su celebración como resultado de la I Guerra Mundial y no se retomaron hasta Amberes en 1920. En 1924, París organizó unos estupendos juegos en los que la disciplina artística alcanzó un grado de desarrollo más que notable. Una buena prueba de ello es que mientras que la Unión Soviética se negó a participar en las disciplinas deportivas (por considerarlas una fiesta burguesa), si que envió obras de creación artística.

 

1932

Visitantes de las Olimpiadas de creación artística, Los Ángeles, 1932

La competición artística alcanzó su madurez en los Juegos de Ámsterdam de 1928 con miles de obras presentadas, los de Los Ángeles en 1932 y, sobre todo, Berlín 1936 en pleno debate sobre la condición artística durante el auge nazi.

1936

El Jurado Internacional de las Olimpiadas en las modalidades de creación artística, Berlín, 1936

La Segunda Guerra Mundial volvió a cortar la periodicidad de los Juegos. Fue Londres, como premio a su resistencia durante la contienda, la que organizó las Olimpiadas de 1948, la última en la que la creación artística tuvo cabida, en condición de igualdad con las competiciones artísticas.

En 1949, el Comité Olímpico Internacional decidió que las disciplinas artísticas quedaran fuera de las Olimpiadas, sustituyéndose por exposiciones, conciertos y actividades culturales paralelas pero ya sin participar de los galardones de las medallas. Aunque intentos de recuperación, esta sería una decisión definitiva y se mantiene hasta la actualidad. De hecho, el propio Comité Olímpico decidiría más adelante que los galardones obtenidos históricamente en las disciplinas artísticas no se tuvieran en cuenta en el ranking del medallero histórico.

Aunque no hubo ningún artista famoso que obtuviera medallas olímpicas en las competiciones de creación artística, si que resulta curioso saber que hubo dos personas que lograron medallas en disciplinas deportivas y en las creativas. Se trata de el norteamericano Walter Winans (medalla de oro en tiro con revólver en 1908 y en escultura en 1912 con An American Trotter) y el húngaro Alfréd Hajós (doble medalla de oro en natación en 1896 y de plata en arquitectura en 1924).

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Walter Winans, An American Trotter, Medalla de plata, Estocolmo, 1912

 
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