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Retrato de Cecilia Gallerani PDF Imprimir E-mail
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Escrito por Ignacio Martínez Buenaga (CREHA)   

LeonardoArmiño00

Uno de los retratos más logrados y más hermosos de Leonardo da Vinci es el de Cecilia Gallerani, conocido popularmente como La dama del armiño.

No hay duda ya ni de su autoría ni de la identidad de la retratada, entre otras cosas por el detalle del armiño que da esa especial singularidad al cuadro. El pequeño animalillo que aparece en brazos de la muchacha tiene en este retrato un doble valor simbólico. Primero en relación con Ludovico Sforfa, del que Cecilia era su amante, y que hacía del armiño uno de sus emblemas, de hecho se le llamaba L'Ermellino por haber recibido en 1488 la Orden del Armiño que le concedió Fernando I de Aragón, Rey de Nápoles. Por otro lado, hace evocación del apellido de la propia retratada, pues armiño se traduce galé en griego. El retrato como todos los de Leonardo, está cargado de una difícil combinación de espontaneidad y de imperturbable serenidad, sin perder ese halo de misteriosa personalidad que encierra su mirada profunda y la media sonrisa que esboza su boca.

La composición es la habitual en este tipo de retratos leonardescos, es decir una estructura piramidal, ligeramente en espiral por la posición vuelta de la cabeza, lo que otorga la consabida serenidad y equilibrio a la figura, y al tiempo un dinamismo que no tienen sus otros retratos. En palabras del poeta Bernardo Bellincioni, se trata de una joven que “parece escuchar y no hablar”. El armiño por su parte, vuelta su cabeza en paralelo a la de la dama, trepa por el hombro de la chica, dándole así el toque espontáneo al retrato, que sin embargo no por ello anula esa sensación de eterna intemporalidad que tiene la escena, detenido el tiempo a través de una expresión cuyas miradas parecen perderse más allá de los límites del lienzo.

El característico detallismo vinciano tampoco falta, bien explícito en la mano de Cecilia, que como tantas otras manos en los cuadros de Leonardo (La Virgen de las rocas, La Anunciación, sus distintas Madonnas e incluso La última cena) resultan de una delicadeza siempre exquisita. Sin olvidar los motivos del atuendo, igualmente primorosos, como el collar de cuentas, la diadema sobre la frente o la delicada toga que cubre su cabeza.

En La dama de Armiño, Leonardo todavía no experimenta con el recurso del sfumato que tanto juego le dará a la expresión de La Gioconda, pero sí utiliza la luz como un elemento de potenciación de la figura. Concretamente el contraste lumínico entre el fondo oscuro y la luminosidad brillante que estalla en el cuerpo de la joven contribuye sin duda a reafirmar su esplendor y su belleza, y potencia ese rostro de mirada cálida y amable, que tanto nos atrae. Un cuadro maravilloso de contemplar, que transmite además desde el rostro de Cecilia ese aire característico de los retratos de Leonardo, en el que nos cautiva por igual la intriga de su misterio y el ritornelo de su magia.

Aunque mejor dejar que sean los versos de Bernardo Bellincioni los que nos den cumplida cuenta de la belleza del cuadro:

A quién guardas rencor

A quién envidias naturaleza,

A Da Vinci que pintó

Una de tus estrellas,

Cecilia es hoy aquella

Frente a cuyos ojos el sol

Parece sombra oscura.

Dim lights

 
Henri y Vincent PDF Imprimir E-mail
Escrito por F. Javier Jiménez Zorzo (CREHA)   

000 VGoghPorLautrec

“Además de Anquetin y Emile Bernard, un tercer hombre será compañero cotidiano de Lautrec: Vincent van Gogh. Para la pandilla es un “viejo”, ya que cuenta treinta y cinco años cuando ingresa en el estudio de Cormon. Dedicado con pasión al trabajo, lo hace con método propio, que consiste en transformar por completo lo que ve y lo interpreta a su manera. Traza unos grandes rasgos en la tela, como sablazos, la ilumina de azul y amarillo, y le da una especie de baile de San Vito que deja a Cormon estupefacto, pero mudo. Es un ser fuera de serie y Lautrec lo comprende; un hombre de temple que planta cara a un mundo hostil. Lo que le ha rechazado es, sobre todo, la miseria material y moral, la falta de amor, la religión, en la que ha visto sólo un aspecto opresivo, y la incomprensión social.

Vincent tiene un hermano, Théo, encargado de la galería Boussod y Valadon, del bulevar Montmartre. Lautrec acompaña a Vincent y contempla las telas expuestas, pero no dice nada. Igual que a Bernard, le hace un retrato y realza el carácter de “iluminado” de su compañero, pero se guarda bien de adherirse a sus teorías sobre lo que debe ser la pintura, su aspecto misional, y sobre todo se niega a formar parte de ese falansterio de artistas que Vincent pretende crear. En el fondo, Van Gogh le molesta y su familiaridad cotidiana le disgusta. Nunca dos hombres han sido tan diferentes: el uno proclama su amor delirante, tiene alma de reformador; el otro se calla, replegado en sí mismo El uno es una especie de apóstol aspirante al martirio; el otro un dilettante divertido con el espectáculo de una vida que acepta, que no tiene por qué juzgar. Lautrec aconseja amablemente a Van Gogh que vaya al Midi, hacia la luz... pero este consejo no lo seguirá hasta más tarde.”

(Jean Bouret: “Toulouse-Lautrec”, 1964.)

 
Nimrud PDF Imprimir E-mail
(1 voto, media 5.00 de 5)
Escrito por Ignacio Martínez Buenaga (CREHA)   

Nimrud0

Desolados. Esa es la palabra, desolados ante la barbarie, ante la barbarie más absurda, la del fanatismo religioso llevado al extremo de lo inconcebible. Porque no hay forma humana de explicar el atentado contra los vestigios del yacimiento sumerio de Nimrud (Irak) perpetrado por el Estado islámico hace unos días. Y si no hay forma humana de entenderlo es porque quienes lo han consumado carecen de esa condición. Son ajenos a la razón, la inteligencia y cualquier forma de civilidad por modesta que sea.

Nimrud fue una ciudad asiria construida por Salmanasar I en el S. XIII a. C. y convertida en capital del imperio cuatro siglos después por Asurnarsipal II. Algunos de sus restos encontrados en las excavaciones realizadas durante los siglos XIX y XX se encuentran (afortunadamente tenemos que decir hoy) en el Museo Británico, como los lamasus o toros alados que flanqueaban las entradas de su palacio, o el “Obelisco negro” de Salmanasar III. Pero la ciudadela y buena parte de los restos de su muralla seguían en su lugar de origen, lo mismo que el Palacio de Asurnasirpal II, del que además se conservaban muros policromados y numerosos lamasus, así como restos también de algunos templos, incluido un zigurat.

La saña y el odio inconcebible contra estas muestras de los orígenes de la civilización humana han acabado prácticamente con todo, porque no han reparado en medios (incluidas excavadoras y bulldozers) para que no quedara del yacimiento piedra sobre piedra. Sin entender que todo aquello era patrimonio de todos, era patrimonio de la humanidad. Aunque volvemos a lo mismo, si carecen de esa condición no pueden entender lo que han hecho.

Nos queda al menos el recuerdo de lo que fue:

Dim lights

Dim lights

Nimrud00

 
Cavellini escribe a El Greco PDF Imprimir E-mail
Escrito por F. Javier Jiménez Zorzo (CREHA)   

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"Brescia, 15 de abril 1611

Querido El Greco,

         insististe tanto en que viniera a Toledo para colaborar en la realización de diversos encargos que al final vine y me hospedé en tu casa más de seis mese. He colaborado con gran entusiasmo en tu taller, me has tratado como un amigo y colega, pero decidí regresar a Italia por culpa de tus asistentes y especialmente tu hijo Jorge Manuel, estaban celosos de mi trabajo y tus alabanzas hacia mí. Ahora ya sabes por qué tan repentinamente decidí abandonar Toledo. Estoy arrepentido de esta decisión apresurada. Estaba acostumbrado a la vieja rutina de tu casa, las cenas con música, la atención de doña Jerónima de las Cuevas y ahora me encuentro solo, aburrido y sin ningunas ganas de pintar. Afortunadamente estoy mirando el gran lienzo de Laocoonte que insististe tanto en darme cuando me fui.Es como si fuera una obra mía, porque alguna mano puse en ella. Algunos colegas pintores lo han visto, pero encuentran desconcertantes estas formas nuevas e innovadoras. Peor para ellos. Lo he puesto en el salón en lugar del medallón de Miguel Ángel. Si alguien viene de Toledo te haría llegar una obra mía, recuerdo que deseabas tener una. Espero que comprendas y perdones mi comportamiento. Serás siempre mi amigo.”

[firmado:] GAC [Guglielmo Achille Cavellini (1914-1990)]

 
El artista caminante PDF Imprimir E-mail
Escrito por F. Javier Jiménez Zorzo (CREHA)   

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“Soy un artista que camina, no un caminante que intenta hacer arte”.

Así se define Hamish Fulton (Londres, 1946), ese paisajista inglés, que, desde los años 70, lleva concretando y definiendo la idea de hacer arte a partir de la experiencia de caminar, que ha acabado convirtiéndose en una de las corrientes más innovadoras del arte conceptual y del land-art durante la segunda mitad del siglo XX. Miles de kilómetros y decenas de países recorridos han servido a Fulton para establecer una sólida conexión entre el arte y la naturaleza, conexión que queda plasmada en sus fotografías, textos, instalaciones, etc., que buscan transmitir al espectador la experiencia espiritual de sus incontables caminatas.

Tras años de caminar Fulton afirma que “tan inusual es encontrar a un pastor con su ganado como un caminante por una carretera de coches”. “Cada vez menos gente anda”. Sus fotografías de caminos vacíos tienen el sentido de ser una reivindicación contra el sedentarismo, contra un mundo dominado por Internet y contra una sociedad dependiente del automóvil. Para acceder a su web, pinchar AQUÍ.

 
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