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Escrito por F. Javier Jiménez Zorzo (CREHA)
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“El erudito latino Cayo Julio Higinio consideraba que los sacerdotes al inaugurar toda nueva ciudad romana debían encontrar su lugar en el cosmos, y, puesto que “los límites no se establecen nunca sin recurrirse al orden del universo, los decumani deben estar en armonía con el curso del sol y los cardines seguir la línea imaginaria del cielo”. Sin embargo, no hay nunca diseño físico que tenga un significado perenne. Como cualquier otro diseño, las cuadrículas se convierten en lo que cada sociedad quiere que represente. Para los romanos, la cuadrícula era un diseño cargado de afección. Los norteamericanos la utilizaron con fines muy distintos, con objeto de negar la complejidad y la diferencia del medio ambiente. (…)
La ciudad militar romana se concibió de tal manera que pudiera ir creciendo dentro de sus límites, diseñada de tal forma que acabara llenándose gradualmente. La cuadrícula moderna no tiene límites y se extiende por acumulación de los bloques a medida que crece la ciudad. En 1811, los ediles que establecieron el plan cuadriculado que desde entonces ha definido el urbanismo de la isla de Manhattan más allá de Greenwich Village, observaban: “puede que se hagan comentarios jocosos al ver que los ediles han previsto espacio suficiente para albergar a una población más numerosa que la existente en cualquier otro lugar al este de China”. Los norteamericanos partían del principio según el cual el mundo natural es ilimitado y no concebían tampoco que su poder de conquista y de asentamiento pudiera tener límites.
Los romanos, a partir de la imagen de un todo definido y limitado, concibieron la manera de crear un centro en la intersección del decumanus y el cardo para, más tarde, crear centros análogos en cada barrio repitiendo ese mismo cruce de ejes principales. Los norteamericanos tendieron en cambio cada vez más a eliminar el centro público, como puede verse en los planos de Chicago de 1833 y de San Francisco de 1849 y 1856 en los que, en medio de millares de bloques de edificios proyectados, tan sólo aparecían unos pocos y reducidos espacios públicos.
Es cierto que en las cuadrículas de Estados Unidos se observa una clara intensificación de valor en las intersecciones como es el caso de las zonas residenciales del Manhattan moderno con sus edificios elevados en las esquinas, mientras se mantiene una edificación baja en el centro de la manzana. Pero incluso esta pauta, cuando se repite una y otra vez, pierde esa capacidad de “crear imagen” que buscaba el humanista Kevin Lynch, es decir, la capacidad de designar la índole de un lugar específico y su relación con el resto de la ciudad.
Las cuadrículas más notables así creadas puede que sean los asentamientos meridionales de Estados Unidos de América en las ciudad que progresaron bajo la dominación o la influencia de España. El 3 de julio de 1573, Felipe II promulgó una serie de ordenanzas sobre la creación de ciudades en sus tierras del Nuevo Mundo conocidas como las Leyes de Indias en las que se disponía, entre otras cosas, la formación simétrica de las ciudades a partir de su centro:
Se haga la planta del lugar repartiéndola por sus plazas, calles y solares a cordel y regla, comenzando desde la plaza mayor, y desde allí sacando las calles a las puertas y caminos principales, y dejando suficiente espacio libre para que aun cuando crezca la ciudad pueda extenderse siempre en forma simétrica.
Estas ordenanzas estuvieron tres siglos en vigor y se aplicarán por primera vez, en 1565, en San Agustín, Florida, en lo que concierne al actual territorio norteamericano. En 1781, el plan inicial de Los Ángeles habría sido familiar a Felipe II como lo habría sido también, por lo demás, a Julio César. Con la llegada de los ferrocarriles y la inversión de cuantiosos capitales, en las ciudades norteamericanas de influencia hispánica quedan sin vigor los principios enunciados en las Leyes de Indias. El cuadrado deja de tener un centro y ya no será el punto de referencia de la generación de nuevos espacios urbanos. La cuadrícula desaparece a medida que se repite hasta el infinito, una manzana tras otra, como ocurrirá en 1875 con el plano de Santa Mónica (nueva fracción de Los Ángeles) y, una generación más tarde, al hacerse realidad la “nueva ciudad de Los Ángeles”.
(Imagen de cabecera: Plano de Los Ángeles (California), 1917)
(En: Richard Sennett: “Las ciudades americanas: planta ortogonal y ética protestante”, R.I.C.S. – Historias de ciudades, sept. 1990)
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Escrito por Ignacio Martínez Buenaga (CREHA)
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La demolición de la Torre Nueva de Zaragoza constituye uno de los casos de destrucción injustificada de nuestro patrimonio histórico más sonrojante y vergonzoso. La torre se construye en 1520 en estilo mudéjar, aunque con elementos renacentistas, elevándose hasta los setenta metros para servir de vigía y metrónomo ciudadano. Por ello mismo lucía un reloj de grandes dimensiones que durante siglos sirvió para regular el devenir de la vida ciudadana. Contaba con un zócalo muy elevado en la base sobre el que se elevaba la torre propiamente dicha, que estaba coronada por un remate singular, formado por un triple chapitel escalonado bajo el cual se cobijaban las campanas. En un curioso ejemplo de convivencia étnica la torre la levantaron los cristianos Juan Gombao y Juan de Sariñena, que hicieron la traza; los musulmanes Ismael Allobar y el Maestro Monferriz; y el judío Juce de Gali.
Su esbeltez, sus dimensiones, su simbolismo y sobre todo la solución arquitectónica del monumento convirtieron desde su nacimiento la Torre Nueva de Zaragoza en un edificio emblemático del arte mudéjar y sin duda, en una de las construcciones más hermosas de nuestro patrimonio artístico.
Contaba además con una peculiaridad que la hacía aún más singular, aunque a la larga acarrearía su desgracia, y es que al poco de su construcción el zócalo que le servía de base se inclinó ligeramente, ladeando de esta forma toda la torre hasta darle una apariencia inclinada. Una desviación mucho menor que la de la Torre de Pisa, y que desde luego no había de ser tan grave cuando la torre se mantuvo en pie sin riesgo para nadie durante siglos. Pero la Torre Nueva fue derribada y desde entonces la ciudad llora su pérdida, consecuencia a partes iguales de la desidia y la ignorancia. Juan Antonio Gaya Nuño, uno de los primeros grandes historiadores del arte de nuestro país, nos cuenta así el derribo ignominioso.
"El 22 de agosto de 1504, los jurados de la ciudad de Zaragoza deciden la erección de una alta torre provista de reloj “para el buen gobierno de los tribunales, asistencia a los enfermos y reglamentación de la vida en el vecindario todo”(...) Ahora bien, la premura de su construcción había determinado en la llamada Torre Nueva una inclinación considerable(...) En efecto, la desviación desde 1741, era de 2’67 metros y no había aumentado siglo y medio más tarde, en 1892, mientras que la inclinación de la Torre de Pisa era de 4’85 mtros (...) Estos eran los hechos, nada alarmantes por sí mismos, que, inexactamente argumentados y ayudados del sólo pretexto de haberse desprendido algunos cascotes de lo alto de la torre, dieron motivo en 1890 a una ruda campaña encaminada a deshacerse del precioso monumento. El cual estorbaba a cierto comerciante de la Plaza de San Felipe, hombre influyente y cacique, bien relacionado en el municipio, con cuyo consenso logró promover una amplia corriente de opinión tendente a poner de manifiesto la inminente ruina de la torre (...) Pedido parecer a los técnicos, los arquitectos municipales se contentaron con emitir un informe vago y contradictorio (...) el poder ejecutivo tuvo a bien inhibirse y el Ayuntamiento de Zaragoza se encontró con las manos libres para consumar el desafuero. Un grupo de intelectuales zaragozanos (...) se movió valientemente pro defensa de la torre (...) pero nada pudo hacerse después de la Real Orden de septiembre de 1892 que autorizaba el derribo (...) Esta villanía, que no había sido mera alcaldada, sino conspiración de toda clase de cobardes inhibiciones de cualquier esfera para ahuyentar las molestias del tendero zaragozano de la Plaza de San Felipe, nos hurtó una de las más bellas torres del mudéjar aragonés".
GAYA NUÑO,J.A : La arquitectura española en sus monumentos desaparecidos. Espasa-Calpe. Madrid 1961, págs 124-129.

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Escrito por F. Javier Jiménez Zorzo (CREHA)
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La web “Alciato´s Book of Emblems” ofrece en sus páginas una excelente documentación visual y textual sobre el libro de los “Emblemas” (Emblematum liber) (1531) del escritor humanista y jurista Andrea Alciato (Milán, 1492 - Pavía, 1550). Obra de consulta de artistas, poetas, cortesanos, etc. desde el siglo XVI hasta comienzos del XVIII, y de la que se realizaron hasta 175 ediciones, el libro de Alciato se compone (en la edición que ofrece la citada web) de 212 emblemas (alusivos a virtudes, vicios, cualidades, conceptos religiosos, etc., con una finalidad didáctica, principalmente), y cada uno se compone de una figura, un título y un texto explicativo (en prosa o en verso). Para acceder pinchar AQUÍ.
Para acceder a parte de la obra de Alciato en castellano puede visitarse la web “Studiolum”, donde podrá encontrarse además abundante información sobre literatura emblemática. Para acceder pinchar AQUÍ.
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Escrito por F. Javier Jiménez Zorzo (CREHA)
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Los restos de la monumental Ciudad Sagrada de Caral (Perú) representan los vestigios urbanos más antiguos de todo el continente americano. Situada a casi 200 kilómetros al norte de Lima, fue descubierta en 1905, pero la ausencia de restos cerámicos provocó el desinterés de los arqueólogos por excavarla, tarea que no se inició de forma sistemática hasta 1996.
La ciudad de Caral destaca, por su extensión y complejidad arquitectónica, entre otros 17 asentamientos urbanos identificados en la parte media y baja del curso del río Supe. Una serie de análisis mediante radiocarbono han confirmado que empezó a ser ocupada entre los años 2627 y 2100 antes de Cristo, dato que la convierte en el asentamiento urbano más antiguo de toda América. Caral fue la sede del gobierno de Estado de Supe que llegó a extender su dominio sobre tres valles: Supe, Pativilca y Fortaleza.
La web dedicada a Caral permite realizar un impresionante recorrido por la ciudad de la que hasta hoy se conocen seis edificaciones piramidales escalonadas, diversos conjuntos residenciales, templos, plazas, almacenes, altares, anfiteatro, etc, así como también conocer la historia de sus orígenes y desarrollo histórico, organización socioeconómica, tecnología y arte. La web dispone además de un enlace al sitio arqueológico de Áspero, ubicado en la costa pacífica no lejos de la ciudad de Caral. Para acceder a la web sobre Caral, pinchar AQUÍ.
Para acceder al estudio de la arqueóloga peruana Ruth Martha Shady Solís que ha excavado Caral, pinchar AQUÍ.
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