En la última década del siglo XIX coinciden una serie de invenciones en Estados Unidos y diferentes países de Europa que dan lugar a lo que conocemos como cine, es decir, la representación visual del movimiento. Los precedentes son muchos y se remontan incluso a varios siglos atrás: los teatros ópticos, la linterna mágica, los teatros de sombras, las fantasmagorías y tantas otras manifestaciones similares.
De todos estos inventos, el cinematógrafo de los hermanos franceses Louis y Auguste Lumière y el kinetoscop del norteamericano Thomas Alva Edison son los que más claramente habrían de evolucionar hacia el cine moderno. Y lo hicieron, además, por caminos paralelos, puesto que mientras los hermanos Lumière prestaron especial atención a los avances técnicos y de lenguaje cinematográfico, Edison puso singular cuidado en la vertiente comercial y empresarial.
La salida de los obreros de la fábrica Lumière (1894) es considerada la primera película de la historia y la primera proyección tuvo lugar el día 13 de febrero de 1895 en el Gran Café de París:
El cine se expandió rápidamente por el conjunto de los países industrializados, desde Alemania a Gran Bretaña, desde Italia hasta España. En la última década del siglo se rodaron las primeras películas y se establecieron los primeros locales para su proyección.
Aquellos filmes eran, por lo general, breves películas de carácter documental. Sin embargo, ya desde la primera proyección de los hermanos Lumière se incluyeron otro tipo de temas, como El regador regado (1895), considerada la primera cinta de argumento y carácter cómico; e incluso se ensayarían algunos primitivos trucos, como en Demolición y construcción de un muro (1895).
Desde el punto de vista del lenguaje cinematográfico, la simplicidad era aún mayor. Una película era, simplemente, una breve secuencia, de un solo plano, en el que la cámara permanecía estática.
La aparición de Georges Meliès y su productora Star Films supuso un importante avance en la historia del cine puesto que él sería el primero en concebirlo como un espectáculo y, gracias a su continua pretensión de sorprender al espectador, en revolucionar su lenguaje expresivo. Meliès fue pionero en el uso de maquetas, en los trucos de cámara, en la dramatización de escenas documentales y en la construcción del primer estudio cinematográfico europeo (puesto que Edison se le había adelantado con su Black Maria en Estados Unidos). Pero la gran aportación de Meliès a la historia del cine fue la concepción de un auténtico largometraje a partir del montaje de una serie de escenas breves: El asunto Dreyfus, del año 1899.
El asunto Dreyfus (escena del suicidio del coronel Henry)
Fueron años de avances extraordinarios en los que se comenzó a experimentar el uso del color (pintando a mano los fotogramas), la mejor de los soportes fílmicos, la sincronización de imagen y sonido mediante el fonógrafo, la pantalla gigante (sustituyendo la película de 35 milímetros por otra de 70) e incluso la proyección circular que envolvía al espectador en el desarrollo de la acción.
Sin embargo, el cine seguía considerándose poco más que una curiosidad, un espectáculo de feria, sin ningún interés o vínculo con la creatividad o la cultura. E incluso se llegó a especular sobre los perjuicios que para la salud del espectador podía provocar las visión de imágenes en movimiento.