El S. XIX PDF Imprimir Correo
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Escrito por Ignacio Martínez Buenaga (CREHA)   
Jueves, 19 de Noviembre de 2009 20:31


EL SIGLO XIX


El siglo XIX es el siglo de las revoluciones liberales, herederas de la Revolución francesa. Sus empujes decisivos en los años 1820, 1830 y 1848 irán abriendo paso paulatinamente a la participación popular en el ámbito político y a la transformación de las Monarquías absolutistas en Monarquías parlamentarias.

Es también el siglo de la Revolución industrial y el movimiento obrero, consecuencia directa del auge de una burguesía que se enriquece al mismo ritmo que se implanta el sistema económico capitalista. Sus abusos y su explotación desmedida de una clase trabajadora sin derechos ni papel político, abocará irremediablemente al surgimiento de ideologías socializantes y nuevos procesos revolucionarios, cuyo principal valedor será la figura de Karl Marx, principio y raíz del movimiento obrero.

El XIX es además el siglo de los nacionalismos, con sus fenómenos más significados de las unificaciones italiana y alemana en 1871, pero también de situaciones secesionistas en los grandes imperios europeos, como el Imperio Austro-húngaro. o el Imperio turco, que ha iniciado ya su decadencia. Es el siglo del predominio del Imperio británico bajo la tutela de su reina Victoria y es asimismo el de un protagonismo creciente de nuevas potencias como la Alemania de Bismarck o los Estados Unidos de América.

Es también el siglo del Colonialismo, y el consiguiente reparto de África y de buena parte de Asia entre las grandes potencia europeas; es el siglo de las rivalidades entre esas mismas grandes potencias por motivos coloniales o por otros: Inglaterra, Francia, el Imperio Austro-húngaro, Rusia, el Imperio turco o Alemania. Rivalidades que ya entonces tienen el ruido de fondo común del conflicto de los Balcanes, origen de la I Guerra Mundial.

Pero el siglo XIX es también el de la belle epoque, el de los primeros grandes inventos, el de las teorías de Darwin, el del fenómeno urbano, el de los avances de la medicina, el siglo del ferrocarril, del psicoanálisis, en fin, el del triunfo de la ciencia. Y es además el siglo de la Ciudad de la Luz, porque el liderazgo cultural y artístico sólo tiene entonces una capital: París.

París en efecto es la capital del arte y buena prueba de ello es que lidera la mayoría de las nuevas tendencias que se van sucediendo en el panorama artístico. Estilos y movimientos que se suceden con una variedad y rapidez como no había ocurrido en ninguna otra época de la historia. Especialmente en el caso de la pintura, este fenómeno se relaciona con el mayor grado de libertad que experimenta el artista, que desarrolla su trabajo en condiciones muy distintas de lo que había sido habitual hasta entonces. Nace entonces la figura del artista que antepone su libertad creadora a cualquier imposición del mecenazgo, acuñándose así la figura del artista bohemio, que dará lugar a movimientos rebeldes y contestatarios como el Romanticismo, el Realismo o el propio Impresionismo. Todos ellos impregnados de una libertad, contagiada por una sociedad con anhelos revolucionarios.

Aunque no todos los artistas siguieron esta línea. Paralelamente a la figura del artista independiente, siguió existiendo la del autor vinculado a unas normas estrictas establecidas desde las Academias, que rígidamente trataban de imponer un mismo criterio artístico sobre los creadores. Se produce así un curioso fenómeno en el que se entremezclan artistas academicistas, vinculados a la tradición, con otros totalmente innovadores, lo que resulta una más de las muchas contradicciones que definen este siglo.