A Ildefonso Cerdá (1815-1876) hay que situarlo entre los grandes revolucionarios de la historia, tanto por su visión totalizadora de las cuestiones y problemas relativos a la sociedad, como por las innovadoras propuestas aportadas para la solución de las mismas. Puede calificársele de auténtico hombre del Renacimiento por su polifacetismo. Fue ingeniero, urbanista, jurista, economista y político republicano influido por el socialismo utópico.
Su gran aportación tuvo lugar en el terreno del urbanismo, que plasmará, en la teoría, en su obra titulada “Teoría de la urbanización”, y en la práctica, en el proyecto de ensanche para la ciudad de Barcelona ---el llamado “Plan Cerdá”---, que constituye uno de los más importantes hitos de la historia del urbanismo moderno, y cuyos conceptos básicos son la higiene y la movilidad. Su plan urbanístico ---de carácter antiautoritario, antijerárquico, igualitario y racionalista--- fue objeto de rechazo tanto por parte de los representantes municipales, como por los estamentos e instituciones burguesas. Igualmente lo fue por los arquitectos que no podían permitir que a un ingeniero se le concedieran responsabilidades urbanísticas.
Para conocer su obra os recomendamos la visita a la web del “Any Cerda” (2009), que conmemora el 150 aniversario del Plan Cerdá (1859) donde puede encontrarse muy abundante y excelente documentación (exposiciones, itinerarios urbanos, educación, publicaciones, archivo Cerdá, etc.) sobre este revolucionario del urbanismo moderno. Para acceder pinchar AQUÍ.
Además, una glosa breve de la obra de Cerdá y una crítica al urbanismo incontrolado del siglo XXI (Fernando de Terán) puede verse en un breve vídeo (RTVE) pinchando AQUÍ.
El enigma del sábado pasado se refería al escritor ruso Anton Chejov, que pasó, en su largo viaje hacia la lejana isla de Sajalin (justo al norte del archipiélago del Japón), una semana en la ciudad de Tomsk, ciudad que se levanta a orillas del río Tom, afluente o tributario del gran río Obi, que desemboca en el lejano Océano Glacial Ártico. En la ciudad siberiana de Tomsk, tierra natal del filósofo anarquista Mijail Alexandrovich Bakunin (1814-1876) y perenne lugar de paso (cada vez que se lee la obra de Julio Verne) de “Miguel Strogoff”, se levanta, en un hermoso paseo que discurre a orillas del citado río, la escultura del gran maestro de la literatura contemporánea rusa: Anton Chejov. La obra fue creada por el escultor y actor Leonti Usov que, en los últimos años, está recibiendo cierto reconocimiento internacional.
Muchas gracias a todos por vuestra participación y en especial a Isabel y Miguel, Cristina, Olga y Aurora que han dado plenamente en el clavo.
¡Os esperamos e invitamos, a todos, el próximo sábado, a poner a prueba, de nuevo, vuestra sagacidad y vuestra paciencia y, sobre todo, a disfrutar del arte con un nuevo enigma!
El Museo Rodin de París es siempre un disfrute para el espectador. Recorrer sus salas y sus jardines sorprende y emociona en la medida en que se ha sabido contextualizar la obra del gran escultor francés en un ambiente idóneo.
Aunque la visita virtual nunca tiene la fuerza de la que se pueda realizar en vivo, hoy aconsejamos acceder a la web del Museo Rodin como una forma de acercarnos al trabajo del gran renovador de la escultura de finales del siglo XIX y primeros años del XX.
Para visitar la web del Museo Rodin de París, pulsa AQUÍ.
William Blake: El anciano de los Días. Museo Británico. Londres. 1794.
"Los artitas pasaron a sentirse en libertad de plasmar sus visones sobre el papel como solo los poetas habían hecho hasta entonces. El ejemplo más sobresaliente de esta nueva dimensión del arte fue el del poeta y místico inglés William Blake (1757-1827), once años más joven que Goya. Blake fue un hombre profundamente religioso que vivió encerrado en su propio mundo, desdeñando el arte oficial de las academias y renunciando a aceptar sus normas. Algunos creyeron que estaba completamente loco; otros lo menospreciaron como un pobre chiflado, y solo algunos de sus contemporáneos creyeron en su arte y le libraron de la miseria. Vivió realizando grabados, unas veces para otros, y en ocasiones para ilustrar sus propios poemas. En El anciano de los días se dice que Blake vio esta enigmática figura de una anciano inclinado para medir el globo con un compás en una visión flotando encima de él, y en lo alto de una escalera, cuado estuvo viviendo en Lambeth (…).
Es una grandiosa visión de Dios poniendo una bóveda sobre la faz del abismo. Hay algo de la figura del Dios según Miguel Ángel en esta imagen de la creación, pues Blake fue un admirador de Miguel Ángel. Pero en sus manos, la figura se ha convertido en maravillosa y fantástica. En efecto, Blake se formó una mitología peculiar, y el personaje de la visión no fue, estrictamente hablando, un todopoderoso, sino un ser creado por la imaginación de Blake al que éste le dio el nombre de Urizén. Aunque Blake concibió a Urizen como creador del mundo, juzgó que este era perverso, siendo por consiguiente su creador un espíritu maligno. De aquí el carácter de pesadilla pavorosa de la visión, en la que el compás aparece como un relámpago de luz en una noche oscura y tormentosa.
Blake estuvo tan sumido en sus visiones que rechazó dibujar del natural y confió enteramente en su mirada interior. Es fácil señalar incorrecciones en sus dibujos, pero hacerlo así sería ignorar el objeto de su arte. Al igual que los artistas medievales, no se preocupó de la perfecta reproducción de las figuras, porque el sentido de cada una de las que componían sus sueños fue de tan avasalladora importancia para él que la simple cuestión de su corrección le parecía trivial. Fue el primer artista después del Renacimiento que de este modo se rebeló conscientemente contra las normas establecidas por la tradición, y difícilmente podemos condenar a sus contemporáneos por haberle juzgado horrible. No hace siquiera un siglo que fue universalmente reconocido como una de las figuras más importantes del arte inglés."