Florencia y la Belleza PDF Imprimir Correo
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Escrito por F. Javier Jiménez Zorzo (CREHA)   

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“El historiador renacentista del arte Vasari, al preguntarse ---típicamente--- por qué había sido en Florencia y no en cualquier otro lugar donde se había alcanzado la perfección en las artes, daba como primera respuesta: “El espíritu crítico: porque el aire de Florencia hace a los espíritus libres por naturaleza, no dados a contentarse con la mediocridad.” Y esta competencia dura e indisimulada entre los artesanos florentinos no solamente obligaba a elevar los niveles técnicos de calidad, sino que significaba además que no habría hiatos de incomprensión entre el cliente inteligente y el artista. Nuestra moderna actitud de hacer que entendemos las obras de arte porque no nos tomen por filisteos les habría parecido absurda a los florentinos. Eran gente dura de pelar. Muchos, desde que Bruni lo hiciera en 1428, les han comparado con los atenienses. Pero los florentinos eran más realistas. Si los atenienses gozaban con la discusión filosófica, los florentinos disfrutaban sobre todo haciendo dinero y gastando bromas terriblemente pesadas a los tontos. Sin embargo tenían mucho en común con los griegos. Eran curiosos, eran extremadamente inteligentes y poseían en grado sumo la capacidad de materializar su pensamiento. Dudo si pronunciar la tan maltratada palabra “belleza”, pero no se me ocurre ninguna otra en su lugar. Como los atenienses, los florentinos amaban la belleza. Esto es una fuente constante de sorpresa para cualquiera que los conozca. Supongo que un día de mercado en la Florencia del siglo XV sería prácticamente igual que en la actual: las mismas discusiones, los mismos tonos ásperos. Pero por encima de las cabezas de estos campesinos vociferantes y regateadores, en su iglesia de Orsanmichele, está la “Virgen con el Niño” de Luca della Robbia, la quintaesencia de la dulzura. En Santa Croce, junto al sepulcro de Bruni, hay un relieve en piedra de la “Anunciación”, obra de Donatello. Este gran maestro del carácter y el drama humano, que gustaba de retratar la frente surcada de arrugas del erudito, posee también el sentido florentino de la belleza: la cabeza de su Virgen recuerda un relieve ático sepulcral del siglo V a.C., y la forma de la silla demuestra que el parecido no es accidental. Donatello rindió un tributo todavía más directo al concepto antiguo de la belleza física en su David de bronce, cuya cabeza se deriva de la de Antinoo, el favorito del emperador Adriano, aunque con un acento florentino más agudo que le hace mucho más atractiva.”

(En: Kenneth Clark: “Civilización”, 1969)


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