| Mafra |
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| Escrito por F. Javier Jiménez Zorzo (CREHA) |
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“Apártense, dejen sitio, los hombres se apartaron atropellándose, y ella apareció, bien había dicho el Blas pelirrojo y tuerto, La piedra. Era una laja rectangular, enorme, una barbaridad de mármol rugoso asentado sobre troncos de pino, si nos acercáramos más, oiríamos sin duda el gemido de la savia, como oímos ahora el gemido de asombro que salió de la boca de los hombres, en este instante en que la piedra apareció en su real tamaño. Se acercó el oficial de la veeduría y le puso la mano encima, como si estuviera tomando posesión de ella en nombre de su majestad, pero si estos hombres y estos bueyes no hicieran la fuerza necesaria, todo el poder del rey sería viento, polvo, nada. Pero harán la fuerza. Para eso han venido, para eso dejaron tierras y trabajos suyos, trabajos que eran también de fuerza en tierras que la fuerza apenas amparaba, puede estar tranquilo el veedor, que aquí nadie va a negarse. Los hombres de la cantera se aproximan, van a terminar de apurar el corte de la pequeña elevación por donde la piedra había sido arrastrada, para hacerle una pared vertical por el lado más estrecho de la laja. Es aquí donde vendrá a colocarse la nao de la India, pero, primero, los hombres venidos de Mafra tendrán que abrir una larga avenida por donde bajará el carro, una rampa que suavemente vaya hasta la carretera, sólo después podrá empezar el viaje. Armados de picos y azadones, los hombres de Mafra avanzaron, el oficial marcó en el suelo el trazado del rebaje, y Manuel Milho, que estaba al lado del de Cheleiros, midiéndose con la laja ahora tan próxima, dijo, Es la madre de la piedra, no dijo que era el padre de la piedra, sí la madre, tal vez porque venía de las profundidades, manchada aún por el barro de la matriz, madre gigantesca sobre la que podrían acostarse cuántos hombres, o ella aplastarlos, a cuántos, que haga las cuentas quien quiera, que la laja tiene una anchura de treinta y cinco palmos, una longitud de quince, y un grosor de cuatro, y, para ser completa la noticia, después de labrada y pulida, allá en Mafra, quedará sólo un poco más pequeña, treinta y dos palmos, catorce, tres, por el mismo orden y partes, y cuando un día se acaben los palmos y los pies por haberse encontrado metros en la tierra, irán otros hombres a sacar otras medidas, y encontrarán siete metros, tres metros, setenta y cuatro centímetros, tomen nota, y como los pesos viejos llevaron el mismo camino de las medidas viejas, en vez de dos mil ciento doce arrobas, diremos que el peso de la piedra del balcón de la casa a la que se llamará de Benedictiones es de treinta y un mil veintiún kilos, treinta y una toneladas en números redondos, señoras y señores visitantes, y ahora pasemos a la sala siguiente, que aún tenemos mucho que andar”. Así cuenta José Saramago en su novela “Memorial del convento” (1998) el comienzo del traslado de la enorme piedra sacada de la cantera de la población de Pêro Pinheiro con destino a Mafra, población portuguesa donde se estaba levantando un monasterio por orden del rey Juan V ---desde el 17 de noviembre de 1717--- para cumplir una promesa acerca de su sucesión por la cual se comprometía a construir un monasterio si su mujer, la archiduquesa María Ana de Austria, le daba descendientes. El nacimiento de la princesa Bárbara de Braganza (más tarde mujer del rey Fernando VI de España) dio lugar al comienzo de las obras. Durante los trece años que pasaron hasta la inauguración de la Basílica, en 1730, intervinieron en su construcción más de cincuenta mil trabajadores reclutados por todo el país (hubo unos 1300 muertos durante su construcción), y cuyos alojamientos acabarían dando lugar a un núcleo urbano permanente. El Palacio Nacional de Mafra está formado por edificaciones que representan las manifestaciones más suntuosas del barroco portugués. El rey Juan V (1707-1750) se dice que lo construyó además con el intento de competir con el palacio de El Escorial y como desafío al Vaticano. El edificio ---uno de los mayores construidos en Europa en el siglo XVIII--- albergó un convento franciscano de más de trescientos frailes, un palacio de 1200 habitaciones, una basílica y una biblioteca. Su arquitecto principal (y orfebre), el alemán Johann Friedrich Ludwig (1673-1752), se inspiró, en aspectos relativos a las torres y la cúpula de la basílica, en la iglesia romana de San Agnese in Agone de Borromini. Para acceder a una página que ofrece la planta ilustrada del palacio-convento de Mafra, pinchar AQUÍ. Tags: Otros artículos de esta sección...
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