Visita indiscreta a la casa de Velázquez PDF Imprimir Correo
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Escrito por F. Javier Jiménez Zorzo (CREHA)   
Martes, 10 de Julio de 2012 20:41

 

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“Estamos en el primero de enero de 1660. Es la ocasión de introducirnos en casa de don Diego Velázquez de Silva, aprovechando su ausencia y la de su esposa, que habrán ido a misa o a alguna ceremonia de Palacio.   Nuestra intrusión tiene por objeto saber cómo vive el artista y caballero de Santiago, mirar sus bienes caseros, escudriñar su biblioteca, obtener, en fin, la idea más aproximada de cuál pueda ser su círculo más íntimo.   Es a lo menos que tenemos derecho para redondear la semblanza de un hombre al que hemos seguido por espacio de sesenta años y al que sólo quedan siete meses de vida en el ignorado calendario del azar.

Reside Velázquez en la casa llamada del Tesoro, una de las anejas a Palacio, desde 1652, casa que se compone de cuatro plantas; el cuarto bajo, la bovedilla, la bóveda y el cuarto alto.   Esto es, con holgura, señorío y desembarazo.   En cada uno de los pisos hay varias estancias. Las de la planta baja, que tendrían oficio de recibimiento, estrado y dormitorio, están muy bien amuebladas, con una sillería de “baqueta de Moscovia”, varios bufetes y escritorios, entre los primeros uno muy rico, “de piedra negra con sus pies de palosanto”.   Hay bastantes cuadros, entre ellos un Cristo en la cruz, que será pintado por Pacheco, y un retrato de Inocencio X, el que fue a parar a Washington.   En la bovedilla o entrepiso, donde don Diego tiene su cuarto de trabajo, hay, aparte de buenos muebles, vaciados de esculturas clásicas y nueve pinturas: una el retrato de don Luis de Góngora; otras, que lo son del conde de Siruela, de don Tomás de Aguiar y de don Carlos Bodequín.   Subimos desde aquí a la bóveda, el piso mejor amueblado, donde además de los bufetes, un escaparate, una papelera y un escritorio contiene muchísimas curiosidades como “dos cocos de la India guarnecidos de plata” o “un vaso de cuerno de rinoceronte”.   Las joyas son importantes: seis cadenas de oro, una venera de diamantes, tres medallas de oro, tres relicarios, una joya de pecho, dos sartas de aljófar y de coralillos, un reloj “pequeñito” de diamantes y otro de porcelana color turquesa... También hay avíos para fumar y un juego de damas en marfil y ébano. Muchas pinturas, unas  ajenas, otras propias, acabadas y sin acabar, más utensilios del oficio de pintor, cual son “un instrumentillo de bronce para tirar líneas”, “un libro de dibujos y estampas” y “un maniquí de madera de estatura de hombre”.

Importa más husmear la biblioteca, en la que contamos ciento cincuenta y seis volúmenes, y como quiera que nada ofrecerá tan justa idea de una caracteriología humana como su acopio de lectura, merecerán tales libros que los miremos muy despacio. De tema arqueológico posee los “Hieroglyphica”, de Pedro Valeriano; la “Roma sotterranea”, de Bossio, y las “Antigüedades de Sevilla”, de su paisano Rodrigo Caro. De teoría y arquitectura, buena colección de obras de Euclides, Vignola, Vitrubio, León Bautista Alberti, Scamozzi, Serlio, Cattaneo, Palladio, Montani y Rusconi. Aquí están también la “Simetría” de Durero, la “Notomía”, de Vesalio y la “Varia Conmesuración” de Juan de Arfe. De tratados de pintura, el de Alberti, el de Leonardo, y, naturalmente, el de Pacheco, más los “Diálogos de la Pintura” de su colega y poco amigo Vicente Carducho. Hay dos libros sobre Miguel Ángel y, ejemplar flamante, hacía poco adquirido, de la “Descripción del Escorial”, del padre Santos. Para documentarse sobre temas mitológicos, las “Metamorfosis”, de Ovidio, tanto en italiano como en castellano, y la “Philosophia Secreta”, de nuestro Pérez de Moya. Algún arte de cabalgar, otro de caza [...] y un libro sobre las guerras de Flandes. De lo puramente literario, Petrarca, Ariosto y Baltasar de Castiglione, un Horacio romanceado, una antología poética, el diccionario de Nebrija y un vocabulario italiano. Para filosofía, Aristóteles, y, sobre religión, nada más que dos volúmenes. Muy sorprendentemente, no hay nada de teatro, ni de novela  ---es decir, tan sólo las aburridas “Auroras de Diana”, pero ni rastro de la copiosa novelística española de la época---,  ni de divertimiento. Es ésta una biblioteca de ninguna frivolidad, consagrada enteramente a fundamentos científicos y teóricos del arte y a sus aplicaciones prácticas. Biblioteca, también, de un hombre de considerable cultura, mas nada dado a las lecturas de ficción. Crece el respeto de nuestro hombre al conocer la altura de lo que gusta leer; pero no dejamos de deplorar su desatención hacia tantísimos de los insignes escritores españoles contemporáneos.

Queda por visitar el cuarto alto, donde están la cocina, un cuarto de cofres y baúles y el ropero. Las galas que aquí guarda Velázquez son: un vestido de jerguilla verdosa, guarnecido con puntas y pasamanos de plata; otro de paño pardo y un tercero noguerado, con mangas de raso, guardados en un cofre de los llamados de camino.  [...] Añádanse no menos de once sombreros y otras prendas varias. Es, mucho más modesto el vestuadrio de su esposa doña Juana, pero se compensa con las ropas de cama, ricas y copiosas, y la presencia de dieciocho tapices, cinco de ellos finos y de Bruselas. Acaba tras de ello nuestra indiscretísima inspección en la casa de don Diego Velázquez, y sera razón de retirarnos, no ocurra que nos sorprenda su dueño. La curiosidad ha quedado muy recompensada al saber que el pintor vive bien, casi diríamos que con lujo. Entretanto, en el inmediato y desbaratado Palacio, hay días en que la Reina no come confites porque no los quiere fiar el tendero, y a la Infanta se le presenta para cena un pollo corrompido u otro comido de moscas. Estas desgracias no pueden ocurrir a don Diego Velázquez, del hábito de Santiago y pintor de Su Majestad.”

(Texto de Juan Antonio Gaya Nuño: “Velázquez. Biografía ilustrada”. 1970)

 

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