Beato de Silos PDF Imprimir Correo
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EL MENSAJE A LA IGLESIA DE ESMIRNA.

Beato de Silos.

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Copia del Comentario del Beato de Liébana

S. XI.

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Los Beatos en general son manuscritos realizados en su mayoría entre los siglos X y XI, que copian los comentarios que sobre el Apocalipsis de San Juan había escrito en el S. VIII Beato de Liébana, un monje del Monasterio de Santo Toribio de Liébana (en su momento San Martín de Turieno) en Cantabria, cuyos Commentarium in Apocalypsin efectivamente iban a tener una difusión enorme a lo largo de la Edad Media. La obra al parecer la escribió en colaboración con Eterio, Obispo de Osma, al que se la dedica, y tiene como objetivo principal contradecir la tesis adopcionista (es decir que Cristo era un simple ser humano elevado a la dignidad divina porque Dios lo adopta como hijo) que estaba defendiendo en esos momentos el obispo de Toledo Elipando.

Pero la prueba de la repercusión que tuvo a lo largo de la Alta Edad Media la obra del Beato de Liébana es que se conservan una treintena de copias manuscritas de su texto, cuya mayor importancia radica precisamente en su decoración colorista y figurada, que convierten los beatos en un género artístico en sí mismo de una extraordinaria belleza. Es lo que también se ha dado en llamar miniaturas, una técnica de ilustración sobre papel o pergamino de una notable complejidad y gran riqueza artística, y que en buena medida se consideran una manifestación característica del arte mozárabe, porque los primeros manuscritos del S. X corresponde a este periodo artístico y porque los que se hacen con posterioridad, dentro de lo que ya sería época románica, siguen fielmente la estética de los primeros. Además reproducen frecuentemente episodios de la liturgia mozárabe.

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Por tanto cuando hablamos de miniaturas o códices miniados nos referimos a estos textos manuscritos ilustrados con dibujos decorativos, cuya luminosidad y color explica que también se le llamen libros iluminados y sus artistas iluminadores. Como ya hemos dicho en la Alta Edad Media la mayoría de estos códices son copias a los comentarios del Beato de Liébana de los que se conservan más de treinta, siendo los mejor conservados los procedentes de la Catedral de Girona, del Monasterio de San Pedro de Cardeña (Burgos), el Beato dedicado a Fernando I (o Beato Facundo) y el Beato de Silos, procedente del Monasterio de Santo Domingo. Se trata en este último caso de una copia realizada ya en el S. XI, aunque la iluminación del texto probablemente no se acabara antes del S. XII. El Códice, muy bien conservado, acabó en la Biblioteca Real de Madrid de donde lo tomaría José Bonaparte durante su reinado y él mismo lo vendería al British Museum en 1840, donde se encuentra en la actualidad.

Como la mayoría de este tipo de iluminaciones, la del Beato de Silos sigue la normativa casi invariable de reproducir escenas del Apocalipsis y de seguir una estética de tintas planas, selección de tonos característicos siempre de gran intensidad, líneas de dibujo firme y variados convencionalismos como la superposición de la narración en registros horizontales, la desproporción de las figuras con fines expresivos y la ausencia de perspectiva. Aspectos que en realidad son los que definirán la pintura románica, marcada como estas ilustraciones por la necesidad de representar una vivencia espiritual y no un mundo de realidades. Es característico asimismo el encuadre de las escenas entre arquitecturas, que curiosamente insisten en la utilización de arcos de herradura y decoraciones de lacería, que ponen en relación su estilo con el del arte mozárabe y musulmán del que deriva.

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EL PORQUÉ DE SU BELLEZA 

Iconográficamente la escena de la ilustración pertenece al grupo de siete que representan los mensajes a las iglesias, y que como es habitual sitúan a un ángel y un apóstol frente a la iglesia correspondiente que se identifica por su inscripción, en este caso la de Esmirna. La iglesia se esquematiza a partir de una serie de elementos arquitectónicos en los que predomina como hemos dicho el arco de herradura. Toda la escena se enmarca en una decoración de lacería igualmente significativa.

Pero si algo habría que destacar de esta miniatura sería el mismo atractivo que nos suscita todo el arte altomedieval. Es decir esa capacidad de abstracción intelectual que transmiten a base de transformar la realidad en una magia de formas y colores llena de embrujo y espiritualidad.

En este sentido el papel del color en este tipo de ilustraciones es determinante. Color siempre plano que se utiliza también en las letras de los textos, normalmente impresos en marrón y los títulos en rojo, y que se enriquece en las iluminaciones con tonalidades que como en este caso van desde el verde al amarillo huevo muy luminoso, el rojo intenso, y el azul cobalto de una enorme potencia también, a pesar de tratarse de un tono frío. Y todo ello bajo un campo de estrellas. En este caso además se enriquecen de forma muy significativa con una base tonal de oro y plata, que aumenta notablemente el valor de la pieza original. La fuerza del color que irradia de la obra y no al revés, da sentido al concepto de iluminación con que se conoce a estas obras considerando su intensidad y viveza, y coincide igualmente con unas mismas cualidades que lo definen en la pintura románica.

En el mismo sentido cabría hablar de su fuerza expresiva, subrayada a través de la simplicidad compositiva, la rotundidad de los trazos y la claridad gestual de los protagonistas, que además refuerzan su mensaje a través de una desproporción formal igualmente explícita.

Todo lo cual convierte esta preciosa miniatura en una verdadera joya sobre pergamino.


 

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