REPROBACIÓN DE ADÁN.
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S. XII-XIII
Claustro de San Juan de la Peña (Huesca)
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La escultura románica se caracteriza por dos premisas que resultan primordiales: su absoluta integración en el marco arquitectónico, y su iconografía religiosa, orientada a una representación cristiana de fuerte contenido espiritual. Una y otra se complementan mutuamente y afianzan las características de esta escultura, definida por su hieratismo y severidad expresiva, por su estatismo y su representación antinaturalista, pero que lejos de eludir la realidad la afirma desde una visión espiritual y mística, como si su contemplación no naciera de los ojos del cuerpo, sino de una visión interior. Se trata por tanto de un arte simbólico, lleno de signos e ideogramas, y cuya belleza se alcanza fácilmente dejándose llevar por su sencillez formal, su fuerza expresiva y su claridad compositiva.
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San Juan de la Peña es uno de los mejores ejemplos de todo ello. Se trata de un monasterio cuyo origen se rastrea en la fundación de un pequeño cenobio dedicado a San Juan Bautista en el S. X, del que se conservaría la iglesia prerrománica, y que al quedar derruido al final de ese siglo será refundado por Sancho el Mayor de Navarra en el S. XI, aunque las principales construcciones del Monasterio Viejo corresponde ya al reinado del primer rey de Aragón, Sancho Ramírez. Se concentran así en un espacio reducido, una iglesia prerrománica de tradición mozárabe del S. X, la propiamente románica construida encima de la anterior en el S. XI, restos de algunas estancias monásticas, las pinturas que decoran la cabecera de la iglesia inferior realizadas ya en el S. XII, el panteón real de los reyes de Aragón y un magnífico claustro que cuenta con uno de los mejores repertorios escultóricos del románico español. Es en este claustro erigido en el S. XII, donde podemos comprobar capitel por capitel la belleza que puede alcanzar el arte románico.
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EL PORQUÉ DE SU BELLEZA
De todos los capiteles conservados hemos elegido en concreto uno, el de la Reprobación de Adán, pero cualquiera nos hubiera valido para nuestro comentario, pues a todos es común su particular sentido de la belleza. Son un total de veinticinco capiteles los que se pueden comentar en la actualidad, realizados probablemente por más de una mano, aunque hay una autoría que se impone sobre las demás, la del llamado “Maestro de Agüero” o de “San Juan de la Peña”, taller muy activo en buena parte del reino de Aragón durante el tercer cuarto del S. XII. Iconográficamente recorren los ciclos del Génesis, Nacimiento e infancia de Cristo, Vida pública y Pasión de Cristo y el dedicado a San Juan Bautista, aunque en la actualidad no todos se hallan en su ubicación original, lo que dificulta su lectura.
La pieza dedicada a la Reprobación de Adán se encuentra lógicamente dentro del primer ciclo temático dedicado al Génesis, y muestra a Adán avergonzado por su pecado, escondiendo su desnudez ante Dios. La imagen resulta especialmente atractiva y constituye una de las más impactantes del recorrido claustral, porque los tres recursos básicos que antes hemos mencionado para comprender la belleza de la escultura románica se complementan aquí a la perfección: su sencillez formal es patente en la economía de medios utilizada para transmitir el sentimiento que sobrecoge en ese momento a Adán, la cara muy abierta, los ojos saltones, la barba y el pelo resueltos en un esquematismo de líneas onduladas, brazos colocados en líneas contrapuestas y pies vistos desde arriba. Pero es esta sencillez formal la que refuerza su fuerza expresiva, que es la que le da toda la carga emocional a la escultura, porque Adán aparece sobrecogido por su error en una mezcolanza de expresiones que van desde la sorpresa, al miedo, pasando por su propia ingenuidad. Y es extraordinario que tanta carga emotiva se represente con tan pocos recursos, pero es indudable que el rictus de la cara, la disposición de esos ojos saltones antes aludidos y tan característicos de su autor, los brazos entrecruzados, las dos manos desproporcionadamente grandes para fijar en ellas nuestra vista, la una ocultando su sexo, símbolo de su vergüenza, y la otra atenazando su garganta, símbolo de su arrepentimiento, y sus hombros levantados, encogiendo el cuerpo, presa de su temor y su inocencia, suponen un magistral repertorio del expresionismo plástico de la escultura románica.
La claridad compositiva de todo el capitel, hace el resto, porque la figura de Adán sobresaliendo de todo el grupo, aunque siga ajustado al molde arquitectónico del capitel, como es normativo en la escultura románica, permiten una lectura mucho más sencilla de la imagen y además provoca mayor impacto visual en el espectador.
Esto también es belleza, lógicamente. La belleza de la sencillez pura y plena, y de la expresividad aplastante.