| E. Manet: "Berthe Morisot con un ramillete de viletas" |
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BERTHE MORISOT CON UN RAMILLETE DE VIOLETAS. E. Manet. _______________________________________________
__________________________________________________________________________________ Museo d’ Orsay. París 1872. _____________________________________________________________________________________ La importancia de Manet en los prolegómenos de la pintura contemporánea está hoy fuera de toda duda, pero es indudable que más allá de su aportación al movimiento Impresionista y del carácter innovador y rebelde de su pintura, está su extraordinaria calidad como artista que le convierten en uno de los grandes maestros de Edouard Manet marca un antes y un después en Aunque no sería justo reducir la obra de Manet a esa única valoración. En sus cuadros, Manet es además un pintor de una exquisita sensibilidad, que entremezcla con maestría el dibujo firme y la pincelada suelta, que modela sus figuras con un vibrante artificio de la luz, y cuyas obras nos deleitan por sus colores radiantes y nos sorprenden siempre por la hondura de su expresividad. ____________________ En la vida y en la obra de Manet, Berthe Morisot tuvo siempre un papel protagonista (Ver ____________________________________________________________ EL PORQUÉ DE SU BELLEZA Pero buena prueba de que también Manet tenía a Berthe escondida en un rincón de su corazón es este maravilloso retrato que le hace en 1872, tan bello que sólo puede nacer de un sentimiento sincero. Lo realiza al poco de volver Berthe de Madrid donde había viajado con el artista y poeta Zacharie Astruc, uno de los pocos críticos defensores de la obra de Manet. Es un retrato sencillo, de hecho utiliza Manet el recurso ya utilizado en El Pífano, El filósofo, y otros retratos posteriores, de neutralizar los fondos, que se reducen a meras manchas de color sin referencia perspectiva alguna. Lo cual entre otras cosas atrae más directamente el retrato hacia el espectador, y resalta su protagonismo hasta llenar el lienzo de su sola presencia. También este mismo recurso obliga al perfilado muy marcado del contorno, subrayando de esta forma el modelado de la figura. La pincelada suelta y vaporosa, tan delicada, añade además el toque de dulzura necesario. Aunque realmente los dos aspectos que consiguen un retrato tan enormemente atractivo son el color y la hondura de la expresión. El color resulta en realidad de su especial habilidad para trabajar el no color, porque es el negro que envuelve la figura de Berthe, y que al parecer era un atuendo muy habitual de su vestuario, y el que nos impacta visualmente. El negro del vestido, el negro del sombrero elegante, el negro de la gargantilla tan sensual y su espléndido contraste con los tonos azulados del fondo. El negro, como en El Pífano, que por sí solo delinea la figura subrayando sus perfiles y destacando la imagen. El negro absoluto, ese negro que es sólo de Manet y de nadie más, que decía Paul Valéry. Pero su contraste cromático no se limita a los fondos. El mismo contraste se amplifica en el rostro que de esta forma adquiere toda su fuerza expresiva. Porque es en la mirada profunda de sus ojos oscuros y en la media sonrisa tan hermosa, donde podemos apreciar en toda su hondura la belleza madura y elegante de Berthe Morisot. Tan bella ella misma como la obra que le pinta Manet. Curiosamente el mismo año en el que Manet pinta este cuadro le regala a Berthe otro de pequeño tamaño titulado Ramillete de violetas, en el que junto a las flores y un abanico rojo, pinta Manet una carta dirigida a su amiga cuyo significado nos queda en suspenso. Pero prueba de la importancia que ambas obras tuvieron para Berthe es que las dos colgaban una junto a la otra en una misma pared de su casa. Otros artículos de esta sección...
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