E. Manet: "Berthe Morisot con un ramillete de viletas" PDF Imprimir Correo
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BERTHE MORISOT CON UN RAMILLETE DE VIOLETAS.

E. Manet.

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Museo d’ Orsay. París

1872.

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La importancia de Manet en los prolegómenos de la pintura contemporánea está hoy fuera de toda duda, pero es indudable que más allá de su aportación al movimiento Impresionista y del carácter innovador y rebelde de su pintura, está su extraordinaria calidad como artista que le convierten en uno de los grandes maestros de la Historia de la pintura.

Edouard Manet marca un antes y un después en la Historia del arte a partir de la realización de dos grandes obras que constituyen el cambio radical al que se aboca la pintura moderna: la Olimpia (ver Miradas CREHA) y el Almuerzo campestre. En ambas Manet introduce una serie de cambios en la utilización del color, el modelado de las figuras, el concepto de perspectiva y el tratamiento de los temas, que no serían fácilmente asimilados por sus contemporáneos, por lo que recibirán con rechazo y burla su obra. Pero es precisamente este combinado de innovación y enfrentamiento al arte oficial, que derivará inevitablemente en rebeldía, lo que convertirá a Manet en el adalid de una serie de jóvenes artistas llamados a revolucionar el arte moderno.

Aunque no sería justo reducir la obra de Manet a esa única valoración. En sus cuadros, Manet es además un pintor de una exquisita sensibilidad, que entremezcla con maestría el dibujo firme y la pincelada suelta, que modela sus figuras con un vibrante artificio de la luz, y cuyas obras nos deleitan por sus colores radiantes y nos sorprenden siempre por la hondura de su expresividad.

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En la vida y en la obra de Manet, Berthe Morisot tuvo siempre un papel protagonista (Ver la Mujer en el arte). Berthe, descendiente de Fragonard y alumna de Corot, era buena amiga de muchos de los pintores jóvenes que admiraban a Manet. Ella misma lo admirará también como pintor, hasta que lo conozca personalmente y añada a ese sentimiento el de una amistad sincera. Recíprocamente, también Manet convertirá a Berthe en su musa más querida, posando como modelo en muchos bocetos y en cuadros tan conocidos como El balcón o Reposo. Es probable que hubiera entre ambos algo más que amistad, y que Berthe especialmente sintiera algo más que admiración por Manet, a pesar incluso de que nunca llegara a valorarla suficientemente como artista, lo que en más de una ocasión le resultara tan doloroso. Al final, Edouard intercedió para que al menos emparentaran, pues Berthe acabaría casándose con su hermano Eugéne en 1874. Al respecto ella diría: “He encontrado un hombre bueno y honesto que, creo, me quiere de verdad. Estoy viviendo la vida positivamente, después de años de fantasía…”

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EL PORQUÉ DE SU BELLEZA 

Pero buena prueba de que también Manet tenía a Berthe escondida en un rincón de su corazón es este maravilloso retrato que le hace en 1872, tan bello que sólo puede nacer de un sentimiento sincero.

Lo realiza al poco de volver Berthe de Madrid donde había viajado con el artista y poeta Zacharie Astruc, uno de los pocos críticos defensores de la obra de Manet. Es un retrato sencillo, de hecho utiliza Manet el recurso ya utilizado en El Pífano, El filósofo, y otros retratos posteriores, de neutralizar los fondos, que se reducen a meras manchas de color sin referencia perspectiva alguna. Lo cual entre otras cosas atrae más directamente el retrato hacia el espectador, y resalta su protagonismo hasta llenar el lienzo de su sola presencia. También este mismo recurso obliga al perfilado muy marcado del contorno, subrayando de esta forma el modelado de la figura.

La pincelada suelta y vaporosa, tan delicada, añade además el toque de dulzura necesario.

Aunque realmente los dos aspectos que consiguen un retrato tan enormemente atractivo son el color y la hondura de la expresión. El color resulta en realidad de su especial habilidad para trabajar el no color, porque es el negro que envuelve la figura de Berthe, y que al parecer era un atuendo muy habitual de su vestuario, y el que nos impacta visualmente. El negro del vestido, el negro del sombrero elegante, el negro de la gargantilla tan sensual y su espléndido contraste con los tonos azulados del fondo. El negro, como en El Pífano, que por sí solo delinea la figura subrayando sus perfiles y destacando la imagen. El negro absoluto, ese negro que es sólo de Manet y de nadie más, que decía Paul Valéry.

Pero su contraste cromático no se limita a los fondos. El mismo contraste se amplifica en el rostro que de esta forma adquiere toda su fuerza expresiva. Porque es en la mirada profunda de sus ojos oscuros y en la media sonrisa tan hermosa, donde podemos apreciar en toda su hondura la belleza madura y elegante de Berthe Morisot. Tan bella ella misma como la obra que le pinta Manet.

Curiosamente el mismo año en el que Manet pinta este cuadro le regala a Berthe otro de pequeño tamaño titulado Ramillete de violetas, en el que junto a las flores y un abanico rojo, pinta Manet una carta dirigida a su amiga cuyo significado nos queda en suspenso. Pero prueba de la importancia que ambas obras tuvieron para Berthe es que las dos colgaban una junto a la otra en una misma pared de su casa.


 

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