E. Peyton: "Jarvis" PDF Imprimir Correo
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JARVIS

Elizabeth Peyton.

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1996.

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Cuando hablamos de la pintura de los años noventa del siglo pasado asistimos a un renacer del realismo pictórico, que heredero de la postmodernidad aúna la precisión formal y la perfección técnica con una incorrección a veces traviesa, a veces provocadora, en el tratamiento de los temas. Es como si tanta perfección resultara empalagosa y hubiera que introducir en la obra una chispa de insurrección que la hiciera más cercana. En su momento ya vimos que en el caso de John Currin se trataba de deformar las imágenes en ocasiones hasta lo grotesco, recuperando así propuestas expresionistas. Lisa Yuskavage, se apoya en la trasgresión que siempre acarrea el sexo explícito para provocar al espectador , y Takashi Murakami, juega con la estética del cómic y lo transforma en un realismo repleto de fantasías. Elizabeth Peyton también recupera el retrato realista, pero le añade en este caso una carga de cotidianidad que igualmente lo hace tan próximo. Porque esa en realidad es la característica que define el grueso de la obra artística de final de siglo, su carácter popular, una herencia del Pop art, trasformada ahora en una propuesta igualmente desenfadada, cercana al público, colorista, divertida a veces, aunque tal vez ahora más trabajada técnicamente y más real iconográficamente.

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Sobre todo en el caso de Elizabeth Payton, una artista especializada en el retrato, normalmente de pequeño tamaño, lleno de una intimidad y de una hondura en la expresión de los sentimientos que la relacionan directamente con autores como David Hockney, que la liga al Pop art o sobre todo, Alex Katz. Nacida en Danbury, Connecticut en 1965, se dio a conocer en 1993 con una exposición de retratos de figuras románticas del siglo XIX, que instaló en una habitación del Chelsea Hotel de Nueva York y que los visitantes podían ver tras pedir la llave en recepción. Poco a poco se fue haciendo un lugar en la vanguardia realista de finales de siglo y es hoy una de las artistas más cotizadas del momento.

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EL PORQUÉ DE SU BELLEZA 

Inciden muchos aspectos al valorar su obra rebuscando en ella la belleza, tanto si nos fijamos nada más en la apariencia formal del cuadro como si nos adentramos en su fuerza emotiva. Para empezar destacaría su cromatismo. Sus colores siempre intensos y radiantes, aplicados en grandes brochadas, combinados en tonos muy diferentes y que se suceden de forma aislada sobre la tela, aunque se entrelazan en impecable acorde gracias a la perfecta armonía de sus mezclas. De entre esos colores suele sobresalir la luz cegadora de sus tonos blancos, sobre los que los pequeños detalles de sus gestos o miradas multiplican su expresividad hasta el infinito.

Pero su fuerza, la fuerza de sus pinturas, no sólo está en su color, también en su trazo, que ya hemos dicho que es grueso y aplicado abiertamente. De esa manera los retratos de Peyton son fuertemente expresivos, aunque siempre quedan atemperados por la carga intimista que muestran. Y eso es lo que los hace diferentes y magníficos. Lo que está más allá de las líneas trazadas en color. Con la mayor simplicidad, en apariencias a veces indolentes o desenfadas, los rostros de Peyton siempre tienen una enorme profundidad emocional. Si se trata de los ojos de un niño nos trasladan a la inocencia de la infancia, y si de un joven pensativo, como es el caso, nos conmueve su añoranza, por no hablar de sus numerosos ejemplos de miradas soñadoras o actitudes taciturnas, que amparadas en figuras de cánones filiformes y alargados nos invitan a la melancolía. Por eso también a Peyton se la ha relacionado con un nuevo Romanticismo, lleno siempre de belleza y emoción.


 

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