Giorgione: "Venus dormida" PDF Imprimir Correo
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VENUS DORMIDA (“Venus de Dresde”)

Giorgione.

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Galería de Dresde

1510

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La pintura veneciana constituye un fenómeno singular en el marco del Cinquecento italiano, porque sin renunciar a las características que definen el pleno clasicismo de ese periodo, el marco veneciano aporta a la pintura una serie de calidades singulares que la desmarcan del resto del arte italiano. Especialmente en la utilización que se hace del color y de la técnica al óleo sobre lienzo. De hecho puede considerarse a la pintura veneciana sinónimo del color, especialmente por la calidad de sus tonos cálidos, sus gruesos empastes y su luminosidad tan brillante que parece irradiar desde el propio lienzo. Una luz etérea y rutilante que envuelve la atmósfera de los cuadros como si el aire mismo estuviera allí representado.

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Entre los principales representantes de esta singular escuela habría que destacar especialmente la figura de Giorgione. Es él junto a Giovani Bellini quien sienta las bases de esta nueva concepción de la pintura, aunque también es cierto que su figura se halla envuelta en un cierto halo de misterio puesto que son muchas las incógnitas que lo rodean, entre otras la autoría de muchas de sus obras, de las que sólo unas pocas se sabe a ciencia cierta que fueron suyas, otras las empezó pero no las acabó, siendo terminadas por otros pintores, y de otras no hay constancia cierta de su autoría. Giorgione por otra parte tenía un modo muy peculiar de trabajar sus obras porque las iba retocando a medida que avanzaba su trabajo, de ahí las numerosas correcciones y pentimentis que aparecen en muchas de ellas. En cualquier caso la aportación de Giorgione a la pintura del Cinquecento veneciano es equiparable a la de Leonardo en Florencia, especialmente por la utilización innovadora que hace del lienzo; por su tratamiento del color, de tonos intensos llenos de luz; por su aplicación, que hacía directamente sobre el lienzo, prescindiendo de bocetos y dibujos previos; y por el protagonismo que le otorga al paisaje, que con él deja de ser un mero complemento del cuadro para convertirse en un referente de la pintura, que se llena así de elementos atmosféricos y ambientales.

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EL PORQUÉ DE SU BELLEZA 

En el caso concreto de la Venus dormida pareciera que todas las virtudes de la pintura de Giogione se confabularan para concretar un canto al concepto de belleza clásica. Suele ocurrir que la iconografía de Venus alienta en la gran mayoría de los pintores el pretexto perfecto para proponer un concepto de belleza. Y es lo que ocurre en este caso también.

Lógicamente el primer recurso para conseguirlo se halla en el tratamiento del color veneciano que ya hemos comentado, pero que aquí adquiere una tonalidad cálida, golosa en la aplicación de los empastes sobre el lienzo, que recrea por sí sola el ambiente sensual que envuelve a la diosa. La luz tenue se remansa sobre su cuerpo y contribuye a ofrecernos toda la morbidez de su desnudo. A ello se añaden sus texturas suaves, sus líneas de trazos curvilíneos y sobre todo una actitud de tal serenidad en su postura adormilada y distraída, ajena al mundo que le rodea, que nos cautiva también por la sensación de placidez que nos transmite. En este sentido resulta determinante la composición en horizontal, lo mismo que el paisaje abierto al fondo, que en esta ocasión sí tiene un papel secundario, al contrario de lo que ocurre en otras de sus obras, pues el impacto de los tonos cálidos de Venus se adelanta aún más hacia el espectador rodeada de los fríos del paisaje.

Si la pintura de Giorgione se considera en general poética y llena de lirismo, éste es sin duda su mejor ejemplo.


 

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