J. Pollock: "Ritmo de otoño" PDF Imprimir Correo
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RITMO DE OTOÑO Nº 30.

J. Pollock

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1950.

Metropolitan Museum. New York.

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Jackson Pollock es uno de los representantes más conocidos del Expresionismo abstracto norteamericano, movimiento que a partir de la década de los años cuarenta del siglo pasado inicia una revolución pictórica que rompe con la tradición anterior. Parece difícil que después de las Vanguardias pueda hablarse nuevamente de revolución pictórica, pero ciertamente el mundo surgido de la II Guerra Mundial será demasiado distinto para que las cosas pudieran seguir siendo lo mismo. El arte de ese momento responderá a ese nuevo mundo con un estilo lleno de fuerza expresiva, de rotundidad y espontaneidad creativa. El Expresionismo abstracto norteamericano será así un arte de trazos violentos, empastes gruesos y colores intensos. Pero será también un arte espontáneo que nace de un acto de inspiración y brota de la mano del pintor cuando se alcanza la perfecta interrelación entre la plenitud interior del artista y su voluntad de ejecutar esa vivencia a través de la realización de la obra de arte. Por eso no falta un cierto espíritu místico en esta concepción de la pintura. El resultado es un arte de impulsos, de gestos, de acción (action painting), que se tradujo en una serie de técnicas diversas, como la pincelada gestual, muy rápida y nerviosa, o el dripping.

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Jackson Pollock es el iniciador del dripping, técnica que consiste en dejar caer la pintura sobre el cuadro mediante un chorreo o goteo nacido del pincel, el bote o los tubos de pintura. Entre 1947 y 1953, Pollock ejecutará sus cuadros mediante esta técnica, para lo cual recurrirá a colocar el lienzo en el suelo e introducirse físicamente en él o inclinarse hacia su interior desde los lados para pintarlo. Esto supone una nueva relación entre pintor y cuadro. Ya no se trata de situarse ante el cuadro, sino dentro del él. Él mismo lo explicaba así: “Mi pintura no sale del caballete. Difícilmente extiendo la tela antes de pintarla. Prefiero clavarla con tachuelas en la pared dura o en el suelo sin extenderla. Necesito la resistencia de una superficie dura. En el suelo me encuentro mejor. Me siento más cerca del cuadro, soy más parte de él pues puedo moverme a su alrededor, trabajarlo desde los cuatro lados y, literalmente, estar en la obra. Es un método parecido al de los indios pintores de arena del oeste. Cuando estoy en mi cuadro no soy consciente de lo que hago...No me da miedo hacer cambios, ni destruir el cuadro, pues la obra tiene vida propia. Trato de dejar que sobreviva. El resultado es un caos sólo cuando pierdo contacto con el cuadro. Si esto no sucede hay pura armonía en un intercambio sin esfuerzo, y el cuadro sale bien”.

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EL PORQUÉ DE SU BELLEZA 

La pintura de Jackson Pollock es pura contemplación. Si el arte en general es un ejercicio de contemplación y a través de ello de reflexión intelectual, la pintura de Pollock es arte puro. Porque sus cuadros son enormes ventanas de formas y colores, donde la maraña de líneas y tonos marcan un ritmo continuo, inextricable, que envuelve al espectador y lo apresa como en una gigantesca tela de araña de la que es muy difícil salir. Un ritmo que nos atrapa igual que el ritmo de una danza acaba por adueñarse y dominar a quien lo baila. Y así, embaucados por su pintura pura y plena, la mente se desliza por nuestros pensamientos y divagamos felices al mismo ritmo que los trazos del cuadro.

Por otra parte, si el dripping es una pintura de impulsos creativos, no por eso la obra de Jackson deja de tener una estructura cuidadísima, con una composición marcada por la propia sinuosidad de las líneas y la combinación de los colores. Una composición abierta eso sí, que marca un recorrido continuo por el que se pierde la mirada del espectador.

Su belleza es interna y externa. Externa porque el enorme mural que nos invade es un canto a la armonía de las formas (ésa de la que él mismo habla) y a la cadencia de líneas y colores, que eso y no otra cosa es la pintura. E interna, porque es su contemplación la que nos evade de la concepción del tiempo y nos traslada al mundo de nuestros pensamientos y reflexiones en un solaz de ejercicio intelectual, que eso y no otra cosa es el arte y es la felicidad.

 

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