| Los Lirios de Van Gogh |
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LIRIOS. _______________________________________________
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1890.
Metropolitan Museum. New York. _____________________________________________________________________________________
Vincent Van Gogh es uno de los grandes pintores que ocupa ese espacio intermedio de la pintura contemporánea que media entre el Impresionismo y el S. XX, y que se ha dado en llamar Postimpresionismo. La pintura de Van Gogh está íntimamente ligada a su propia experiencia vital, y así de su desequilibrio emocional y sus reiteradas crisis psíquicas deriva esa pintura tan personal que parece lacerarse en su propio dolor, con sus formas retorcidas, su agitación compositiva y su trazo nervioso y convulso.
La obra de Van Gogh recorre paisajes, rostros anónimos, autorretratos, rincones y lugares variados, aunque son igualmente famosos sus cuadros de flores que recuperan la tradición holandesa del género del florero. Algunos tan famosos como sus girasoles y otros tan bellos como sus ramos de lirios.
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En concreto este cuadro que cuelga en una de las paredes de uno de los mejores museos del mundo, lo pinta Van Gogh en el último año de su vida, de hecho en mayo de ese mismo año escribe a su hermano contándole el proyecto de dos cuadros de lirios, diciendo del que nos ocupa que “representa dos ramos de gladiolos violeta ante un fondo rosa y en el cual el efecto es suave y armonioso”. Es una época de cierta calma en medio de su enfermedad creciente, que no obstante dará al traste con su vida apenas dos meses después.
_______________________________________________________________ EL PORQUÉ DE SU BELLEZA
Estos lirios de Van Gogh apresan fácilmente nuestra mirada. Pocas veces unas simples flores aparentemente inertes, han conseguido tal capacidad de atracción y tal poder de seducción. ¿Y por qué? Dos aspectos principalmente alcanzan el milagro, el color y el trazo.
En primer lugar el color. La obra de Van Gogh en su conjunto es una de las más elaboradas desde el punto de vista cromático. Pocos artistas como él han manejado con igual meticulosidad el juego de complementarios en sus cuadros y las relaciones de color en cada una de sus obras. Además la intensidad cromática que tienen la mayoría de sus lienzos son la esencia de su fuerza expresiva y de su potencia visual.
En este caso los colores están perfectamente interrelacionados, jugando únicamente con dos tonos fríos, el violeta y el verde, que destacan de una forma especial y llamativa sobre ese tono tenue, que él mismo dice que es de gama rosácea, pero que resulta el contraste perfecto y efectista para potenciar los otros dos colores. Además, también en este caso, la intensidad del verde y el violeta resultan únicos e irrepetibles. Aún así, es uno de los cuadros más delicados de su autor. Él mismo lo dice también, que es una obra “suave y armoniosa”, lo que le da el contrapunto perfecto para que el color nos subyugue, pero sin estridencias, bajo un sutil manto de lirismo.
El otro aspecto que hace grande este cuadro es consustancial a toda la obra de Van Gogh: la vitalidad que es capaz de otorgar a todos los elementos de sus pinturas. En los lienzos de Van Gogh, los objetos, lo mismo que las personas, parecen palpitar en una continua agitación que los llena de vida. Hasta los más inermes, como ocurre en este caso, porque los lirios, que apenas caben en el pequeño jarrón se arremolinan unos contra otros, saltando las flores de aquí para allá como si se dispusieran a danzar en una sinfonía de formas y colores. Late el jarrón lleno de vida y eso también nos encanta de este cuadro.
Pero sin perder la armonía. Sereno y dulce, como una mirada suave y agradecida.
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