| P. Christus: "Retrato de una joven dama" |
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RETRATO DE UNA JOVEN DAMA. P. Christus _______________________________________________
1460-70. Gemäldegalerie. Berlín. _____________________________________________________________________________________ El cuadro titulado Retrato de una joven dama corresponde al pincel de uno de los artistas que completan el grupo de pintores flamencos que liderados por Jan Van Eyck y Roger Van der Weyden se han dado en denominar Primitivos Flamencos. En realidad Petrus Christus, su autor, es discípulo de Van Eyck y como el resto de estos artistas transitan a medio camino entre los inicios del Renacimiento y la tradición gótica. Su pintura al óleo alcanza un nivel de realismo y minuciosidad extraordinarios, lo mismo que sus perspectivas geométricas, razones que ya valdrían para considerarlos cuando menos precedentes inmediatos de la pintura renacentista. No obstante ciertos resabios medievales, que también pueden rastrearse en sus obras, los asocian también con la pintura del gótico final. ____________________ En concreto este Retrato de una joven dama, o Retrato de una muchacha y que se halla actualmente en Berlín se ha convertido en uno de los más populares de su autor, aunque es de los que menos información se ha podido recabar, desconocemos quién es la protagonista, además de ser un retrato singular en el conjunto de la obra de Christus, que aunque trabajó este género, no lo hizo con esta simplicidad ni frescura, siendo además mucho más conocida su obra de carácter religioso. _____________________________________________________________________________________
EL PORQUÉ DE SU BELLEZA La verdad es que se trata de una pintura un tanto contradictoria. Vemos una figura cercana, a pesar de que la mujer parece distante, y de hecho es un retrato que nos atrapa con la primera mirada, a pesar de que la actitud y la expresión de la muchacha parezcan mostrarse para lo contrario. ¿Cómo ha conseguido embaucarnos a pesar de todo? En este caso es la sencillez la que agranda la belleza de esta joven, que en su mutismo y en su discreción se nos hace especialmente bella, mucho más bella de lo que pueda aparentar. Primero es la utilización de un fondo neutro, sin apenas elementos de referencia figurativa, lo que permite que la retratada destaque hacia el espectador de una forma más directa. No es sólo que no haya referencias figurativas, es que el color es frío y neutro, y la luz muy amortiguada. La sencillez se manifiesta también en la composición. El fondo marca una composición simétrica y simple, dividido en dos cuadrados iguales por una moldura de madera que parte la pared en dos mitades iguales. En primer plano, un triángulo, igualmente simple, abre la obra en el centro del cuadro desde su parte inferior, coincidiendo con el arranque del escote. También por su canon. La figura se estiliza especialmente a partir de la cabeza, que prolongada a través de la cofia consigue ese efecto delicado a la vez que elegante, que trasmiten siempre los cánones alargados. Pero simplicidad también en el propio tratamiento de la figura, porque como si se quisiera contradecir el efecto característico de la pintura flamenca y en especial del maestro de Christus, Jan Van Eyck, apenas podemos recrearnos en los detalles primorosos o en los efectos hiperreales. No, la figura apenas exhibe un collar de cuentas sencillo, su simple corpiño y la cenefa que recorre su cofia. Tampoco hay juegos de perspectiva que despisten la tención del espectador, como también hubiera sido habitual en el contexto de la obra. Luego está la luz, una luz blanquecina y radiante desde la que la muchacha estalla en nuestros ojos como una espléndida aparición. Y sobre esa aparición nos enamora su mirada. Igualmente sencilla. Discreta y serena, elegante y digna. Es probablemente el mayor mérito de la obra, la carga expresiva que es capaz de transmitir con los mínimos recursos (de nuevo la simplicidad). Parece que no exprese nada, y sin embargo en ese rictus aparentemente frío y distante, en su mirada sesgada, en sus labios contritos, en su suavísimo claroscuro, precedente sin duda del sfumato leonardesco, se concentra toda la sensibilidad que esconde. La de una belleza blanca, limpia y sencilla. Otros artículos de esta sección...
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