Puente de Brooklyn PDF Imprimir Correo
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PUENTE DE BROOKLYN.

 

J. Roebling

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1883.

 

Nueva York

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El Puente de Brooklyn constituye un hermoso ejemplo del alcance de las obras de ingeniería en la época de plena efervescencia de la arquitectura del hierro. La Revolución industrial había aportado a los procesos constructivos un material novedoso que resultaba especialmente útil por su resistencia y plasticidad, el hierro, además era un elemento ignífugo y permitía un ensamblaje fácil de piezas prefabricadas, lo que facilitaba los procesos constructivos, y lo que es más importante, los abarata considerablemente. Por ello no es de extrañar su pronto aprovechamiento en obras específicas que por su funcionalidad no exigían un determinado nivel de apariencia estética: puentes, mercados, estaciones de ferrocarril, invernaderos, bibliotecas...Porque este era su mayor defecto a los ojos de los arquitectos tradicionales, su falta de belleza estética. Un prejuicio propio de una época a la que le costaba habituarse a las nuevas tendencias y estilos, y frente al cual se elevó en 1889 la Torre Eiffel, como un perfecto emblema para demostrar la belleza que también podía aportar la arquitectura del hierro.

 

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Como hemos dicho, las construcciones más habituales en este material fueron precisamente los puentes. Principalmente porque el vuelo de las estructuras aéreas era mucho más sencillo con materiales livianos y flexibles como el hierro. Su soporte en cambio quedaba todavía vinculado a fuertes pilares, normalmente de piedra que garantizaban una mayor consistencia. Es lo que ocurre en el Puente de Brooklyn, una obra épica para su época, diseñada por la firma de ingenieros propiedad de John Roebling, ya que superó numerosos récords constructivos para aquel momento: cuando se inaugura se convierte en el puente colgante más grande del mundo; sus más de 1800 metros de largo y sus más de 400 m. de distancia entre pilares, también. Costó 13 años construirlo y es de los pocos que se ha mantenido en pie hasta el día de hoy, a pesar del intenso tráfico de automóviles que debe sufrir cada día. También fue una construcción con récords de desgracias, y no sólo porque el propio Roebling se fracturó un pie y como secuela murió a las pocas semanas. Su hijo, que le sucedió al frente de las obras, enfermó gravemente y hubo de dejar al cargo de la construcción a su propia esposa. No fueron los únicos agraviados por la obra, ya que morirían un total de 27 trabajadores durante su construcción.

 

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EL PORQUÉ DE SU BELLEZA

 

 

El Puente de Brooklyn es una de las señas de identidad de esa ciudad tan especial que es Nueva York. Una ciudad cuyos iconos constructivos son tan importantes y numerosos que por sí solos completan una historia de la arquitectura contemporánea. Así que el Puente tiene su magnetismo especial y si no, no destacaría entre tantas joyas arquitectónicas. Desde luego es un puente muy airoso y su perfil, alargado y elegante sobre el East River, aúna monumentalidad y sencillez. Aunque básicamente son tres los elementos que definen su estética y los culpables de un diseño que marca un sello de identidad irrepetible: por un lado el vuelo de las estructura colgante. Ya hemos dicho que se trata de un tramo de casi medio kilómetro sobre el río y su efecto es espectacular. En segundo lugar, el cableado que sirve de soporte suplementario al puente, cuyo trenzado recrea una maraña de líneas sobre el horizonte que dibujan geometrías en el aire. Y por último, los pilares que actúan como soporte principal, y que son la única licencia propiamente estética de sus diseñadores, porque siguiendo una pauta habitual en la época, asumen un estilo ecléctico con la intención de mitigar la apariencia adusta del hierro. En este caso los pilares, de caliza y granito, se decoran con arcos de tradición neogótica, cuyo contraste con el resto de la anatomía férrea del puente y sobre todo con la geometría lineal del cableado, resulta especialmente curioso, aunque su misma sencillez combina perfectamente con el resto de la fisonomía del puente.

 

El caso es que mirando el Puente de Brooklyn, bien desde el Promenade de Brooklyn, bien desde Manhattan, la panorámica se convierte en un imán de la que no podemos quitar la vista. Ni de día, ni menos aún de noche.

 

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