| Puente de Brooklyn |
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PUENTE DE BROOKLYN.
J. Roebling _____________________________________________
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1883.
Nueva York ____________________________________________________________________________________
El Puente de Brooklyn constituye un hermoso ejemplo del alcance de las obras de ingeniería en la época de plena efervescencia de la arquitectura del hierro.
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Como hemos dicho, las construcciones más habituales en este material fueron precisamente los puentes. Principalmente porque el vuelo de las estructuras aéreas era mucho más sencillo con materiales livianos y flexibles como el hierro. Su soporte en cambio quedaba todavía vinculado a fuertes pilares, normalmente de piedra que garantizaban una mayor consistencia. Es lo que ocurre en el Puente de Brooklyn, una obra épica para su época, diseñada por la firma de ingenieros propiedad de John Roebling, ya que superó numerosos récords constructivos para aquel momento: cuando se inaugura se convierte en el puente colgante más grande del mundo; sus más de
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EL PORQUÉ DE SU BELLEZA
El Puente de Brooklyn es una de las señas de identidad de esa ciudad tan especial que es Nueva York. Una ciudad cuyos iconos constructivos son tan importantes y numerosos que por sí solos completan una historia de la arquitectura contemporánea. Así que el Puente tiene su magnetismo especial y si no, no destacaría entre tantas joyas arquitectónicas. Desde luego es un puente muy airoso y su perfil, alargado y elegante sobre el East River, aúna monumentalidad y sencillez. Aunque básicamente son tres los elementos que definen su estética y los culpables de un diseño que marca un sello de identidad irrepetible: por un lado el vuelo de las estructura colgante. Ya hemos dicho que se trata de un tramo de casi medio kilómetro sobre el río y su efecto es espectacular. En segundo lugar, el cableado que sirve de soporte suplementario al puente, cuyo trenzado recrea una maraña de líneas sobre el horizonte que dibujan geometrías en el aire. Y por último, los pilares que actúan como soporte principal, y que son la única licencia propiamente estética de sus diseñadores, porque siguiendo una pauta habitual en la época, asumen un estilo ecléctico con la intención de mitigar la apariencia adusta del hierro. En este caso los pilares, de caliza y granito, se decoran con arcos de tradición neogótica, cuyo contraste con el resto de la anatomía férrea del puente y sobre todo con la geometría lineal del cableado, resulta especialmente curioso, aunque su misma sencillez combina perfectamente con el resto de la fisonomía del puente.
El caso es que mirando el Puente de Brooklyn, bien desde el Promenade de Brooklyn, bien desde Manhattan, la panorámica se convierte en un imán de la que no podemos quitar la vista. Ni de día, ni menos aún de noche.
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