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LA GRAN OLA DE KANAGAWA.

K. Hokusai.

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h. 1830.

Museo del Hombre. París.

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La estampa japonesa es una de las manifestaciones artísticas más conocidas y de mayor repercusión sobre el arte occidental. Se trata de un tipo de grabado sobre madera (xilografía), conocida en Japón desde el S. VIII, si bien será a partir del S. XVIII cuando se generalice su producción al ser ampliamente demandadas por la clase chomin, de artesanos y comerciantes enriquecidos, que buscaban una decoración para sus casas que fuera colorista, de exquisita elaboración y de temas intrascendentes. El resultado será una de las manifestaciones más hermosas de todo la Historia del arte, el llamado Ukiyo-e.

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El tratamiento temático de la estampa japonesa es de carácter cotidiano y costumbrista, pero predominan dos temas recurrentes: el paisaje, que nos recuerda siempre el poder inmenso de la naturaleza, y la mujer. En ambos tratamientos K. Hokusai es sin lugar a dudas uno de los grandes nombres del Ukiyo-e, que hoy por hoy es tanto como decir uno de los nombres propios de la Historia del arte. Son famosas sus Treinta seis vistas del Monte Fuji, sus estampas de pájaros y flores y sobre todo esta Gran ola de Kanagawa, tan conocida y reproducida como cualquier otra obra de los grandes maestros del arte occidental. No sería el único nombre propio de este arte japonés, junto a él destacan también Hirosigue, Harunobu, o Utamaro, y en todos los casos su repercusión sobre el arte occidental fue enorme, inundando Europa de una estética particular cuya influencia en la obra de artistas como Manet, Monet, Degas o Van Gogh será en muchos casos determinante.

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EL PORQUÉ DE SU BELLEZA 

Si algo nos encanta de la estampa japonesa es su pulcritud y su perfección técnica, valores tan asociados popularmente a la mentalidad del pueblo japonés. Una pulcritud que se advierte especialmente en el tratamiento de la línea, y una perfección que se materializa en la técnica del estampado del color. El tratamiento de la línea, marca la composición, define con potencia los contornos y establece el ritmo y la cadencia de la escena, con un sentido sutil del movimiento que aporta además una expresividad característica, siempre llena de encanto y poesía. El otro aspecto formal inconfundible es el color. No es fácil colorear una xilografía, sólo se puede hacer imprimiendo sobre planchas distintas cada vez que se quiere aplicar un color diferente, lo que obliga a estampar la imagen tantas veces como colores tenga el grabado final. Pero aún así, el colorismo de la estampa japonesa, sus tonos luminosos, siempre planos, y la pureza de sus colores sin mezcla, le otorgan toda la alegría y la vitalidad que las caracteriza.

Aunque no son sus únicos valores. Las estampas siempre destacan también por el carácter espontáneo de sus representaciones, con su aire desenfadado y cotidiano, aunque en algunos casos como éste, esa espontaneidad se convierta en un instante dramático en el que una vez más se impone el poder de la naturaleza sobre la pequeñez del hombre. Y así, la ola enorme se traga las barquichuelas como si fueran las fauces de un monstruo, cuyos tentáculos zarandean al hombre a su antojo. Expresividad impactante que una vez mas se potencia con el dibujo firme de una línea precisa y diáfana, que materializa la ola en un ser vivo y poderoso, en realidad perfecta simbología de lo que significan para el sintoísmo japonés las fuerzas de la naturaleza. El color actúa de contrapunto, con su combinación perfecta de blanco y azul que le otorga a la imagen una armonía precisa y exquisita, llena de hermosura y belleza.

 

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