Retrato de Dora Maar PDF Imprimir Correo
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Lunes, 24 de Noviembre de 2008 20:20

RETRATO DE DORA MAAR.

P. Picasso.

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1937.

Museo Picasso. París.

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La obra de Picasso es la manifestación más completa de la evolución del arte del S. XX. Su extraordinaria capacidad de creación plástica y la continua mudanza de sus recursos, sin perder por ello un sello personal que marca ineludiblemente su estilo, le convierten en una referencia única en el arte contemporáneo. Y no sólo como iniciador del Cubismo, tal vez su aportación más revolucionaria, sino por su insistente obsesión por buscar nuevas formas de expresión plástica: el collage, el cubismo sintético, su peculiar interpretación del clasicismo, su contribución al arte de la cerámica, al de la escultura, sus series de recreación sobre las obras más conocidas de la Historia del arte, sin olvidar obras concretas que por si solas marcan una época entera, caso del Guernika o de Las señoritas de la calle Avinyó. Su obra por tanto es descomunal y su importancia general en el marco de la Historia del arte, también.

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De su aportación tan amplia como estamos comentando, muchos ejemplos podríamos haber elegido en esta Historia de la Belleza, pero si nos hemos inclinado por este retrato de Dora Maar es porque engloba perfectamente todo lo que de dio de sí la personalidad humana y artística de Picasso: es un cuadro de una belleza misteriosa, de un estilo inconfundible que aúna el expresionismo inherente a la obra de Picasso con su característica deformación cubista, y que retrata a una de las mujeres de Picasso, de las muchas que amó y dejó de amar, de todas las que componen también un elemento consustancial a su vida. Dora Maar fue una de sus amantes más incondicional y a la que la relación con Picasso provocó un mayor grado de autodestrucción. Fotógrafa reconocida, mujer de una belleza elegante y recóndita, famosa por sus legendarias uñas afiladas y pintadas siempre de un rojo intenso, cautivó instantáneamente a Picasso, aunque a la larga la relación acabaría con su vocación artística, con su creatividad e incluso con su propia personalidad.

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EL PORQUÉ DE SU BELLEZA 

La obra evidentemente se realiza en plena efervescencia de la relación que los unió a los dos. Y es cierto también, que así como las mujeres ejercieron un papel determinante en la personalidad del artista, también le influyeron desde una perspectiva artística, dando lugar a un concepto de la belleza muy personal pero igualmente hermoso, tocado sin duda por el hálito del amor y el fuego de la pasión. En este caso concreto la propia belleza de Dora Maar se abalanza sobre el espectador con todo su misterio y distinción. Y parece difícil conseguir ese efecto en una obra que se aparta conscientemente de la figuración tradicional. La figuración en la obra de Picasso no es tal, es una transmutación de la realidad hacia una visión intelectual del entorno, que deriva en su concepción cubista de la pintura. Esa visión cubista que contempla el retrato desde varios puntos de visión simultáneamente y al que además añade un sentido del movimiento continuo. El resultado es una realidad intelectual, que rechaza la contemplación realista de las cosas. Por eso, bajo esas premisas parece tan difícil que nos atraiga la figura de Dora Maar, y que nos alcance esa sensación ya mencionada de elegancia, distinción y belleza. Y sin embargo lo consigue, porque más allá de la belleza de una persona retratada está siempre la belleza del retrato en sí. En pintura la belleza está en el lienzo, no el modelo, y esa es una más de las innumerables lecciones que sobre el arte nos legó Picasso. Es la belleza de este cuadro el que nos acerca a la belleza misma de Dora Maar. Y así nos embelesa la armonía de las formas, la cadencia de los trazos, la viveza del color, la concordancia de los tonos, la alegría de la luz que envuelve la obra toda, la elegancia de la pose, la expresión misma, entre la serenidad y la profundidad de esa mirada cuyos ojos combinan dos colores diferentes y que nos remite a la personalidad reservada y enigmática de Dora Maar. Los detalles más frívolos como los dedos largos y sus uñas tan famosas, completan la pintura, como la misma estructura del retrato, que recupera el modelo de torso, tan clásico y tan propicio al mismo tiempo para potenciar el atractivo de la figura.

Y es así como la belleza del retrato es la que le hace verdadera justicia a la legendaria belleza de Dora Maar.


 

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