Vaso de Susa PDF Imprimir Correo
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VASO DE SUSA.

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IV Milenio a.c.

Museo del Louvre. París.

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La Historia entra en Mesopotamia de la mano de la escritura cuneiforme que constituye la gran aportación de la primera gran civilización del Próximo Oriente: la de Sumer. Pero con anterioridad al esplendor cultural de los sumerios, se desarrolla ya en ese mismo enclave del las desembocaduras del Tigres y el Eúfrates una primera civilización avanzada, que es lógico suponer que sentaría las bases de las culturas históricas posteriores. Se trata de la Cultura de El Obeid, una civilización prehistórica todavía, desarrollada entre el Calcolítico y comienzos del Bronce Antiguo (finales del V Milenio, principios del IV a.c.), y cuyo alcance geográfico abarcaría desde los yacimientos más antiguos de Ur y Eridú, sobre el Eúfrates, hasta Susa, sobre el Tigres, un lugar algo desplazado hacia el Este del núcleo inicial de la civilización mesopotámica.

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La Cultura de El Obeid se prolongaría hasta el predominio de la civilización sumeria, pero de sus restos arqueológicos se infiere que se trató de una sociedad de tipo rural, con una estructura social evolucionada, una organización teocrática y muestras de piezas artísticas que dada su valía permiten afirmar que estamos ante una avanzadilla protosumeria de lo que más adelante se define como arte sumerio. Y sin duda son sus piezas de cerámica la aportación más valiosa de la Cultura de El Obeid, primero por la pericia de sus alfareros, pero sobre todo por la belleza artística de sus vasos y vasijas.

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EL PORQUÉ DE SU BELLEZA 

Entre dichas piezas destaca especialmente el Vaso de Susa, encontrado en el cementerio de la Acrópolis de Susa, en el extremo más oriental de la Cultura de El Obeid, también denominado Obeid-Susa, en la actual Irán.

El llamado Vaso de Susa es una de las numerosas ofrendas encontradas en las tumbas de los yacimientos neolíticos de El Obeid, y forman parte, junto a otros objetos de metal, de los ajuares de las personas de mayor linaje. Se trata por tanto de un objeto funerario pero de una calidad extraordinaria, no sólo por la delgadez y precisión de la confección cerámica del vaso, sino por su decoración realmente sorprendente.

La representación parece que reproduzca de una forma sintetizada el entorno natural y simbólico de aquella civilización: en lo más alto aparecen aves acuáticas, cigüeñas o flamencos, que deambulan alrededor del vaso con sus cuellos estirados como si los sacaran por encima del agua; debajo, en otra estilización logradísima, perros corriendo, cuya velocidad se expresa a la perfección por la estilización del cuerpo, para algunos especialistas podría tratarse de los ancestros de los salukis, los perros de caza utilizados en el Imperio Persa. En el centro de la composición el íbice, un carnero que asume en esta representación toda la importancia que debía de tener en aquella sociedad agrícola y ganadera, porque aparece reiteradamente en la mayoría de las vasijas encontradas. Plásticamente también asume un evidente protagonismo, no sólo por su posición predominante en la decoración del vaso, sino por el perfecto juego de geometrías que crean los cuernos por un lado y el cuerpo y la cabeza por otro, y que contrastan curiosamente con el toque mucho más naturalista de la barba o la cola. En el interior del círculo creado por la cornamenta aparece un signo que tal vez simbolice el clan al que perteneciera el difunto, aunque también podría tratarse de un signo de carácter topográfico. No faltan entre medio variadas formas geométricas.

En cualquier caso, el vaso resulta de una modernidad sorprendente, especialmente por la capacidad de sintetización de las formas que consigue y la adaptación de las figuras a la forma de la pieza de cerámica, dando lugar a una estética que aunque figurativa, tiene una enorme capacidad de abstracción. Su delicadeza, y la finura de los trazos y de las formas completan una decoración exquisita, que a pesar de su antigüedad nos resulta sorprendentemente actual. Y sobre todo sorprendentemente bella, por su delicadeza, por la precisión de los trazos, y por la variedad de formas tan perfectamente simplificadas en una insuperable abstracción figurativa.


 

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