Velázquez: "La Infanta Margarita en azul" PDF Imprimir Correo
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LA INFANTA MARGARITA EN AZUL

Diego Velázquez .

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Kunsthistorisches. Viena.

1659.

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Velázquez constituye por sí solo uno de los baluartes más representativos de la pintura Barroca, pero a su vez es también uno de los ejemplos más brillantes del arte de la pintura en toda la Historia del arte.

Prácticamente todos los elementos plásticos que deben de valorarse para aquilatar el magisterio de una obra maestra, los posee Velázquez en su obra: su dominio de la técnica para transmitir las texturas de los objetos hasta alcanzar un realismo preciso y de enorme calidad visual; la perfecta ordenación de sus composiciones; la diversidad de  sus soluciones y repertorios; la profundidad psicológica y gestual de sus retratos, llenos siempre de una hondura y una verdad que los hace tan humanos; y por encima de todo dos aportaciones insuperables, de un lado su tratamiento de la pincelada suelta y libre, vibrante siempre y llena de una agitación y vitalidad que se convierte en el sustrato de la emoción que es capaz de transmitirnos y que tanto impactará en los futuros impresionistas. De otro lado su tratamiento de la luz, que potencia sus colores y crea en sus espacios atmósferas tan reales que pareciera que en sus obras se respirase realmente el aire.

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La obra de Velázquez es amplia y rica y siempre digna de aparecer en un repertorio que va rebuscando la Belleza entre los repliegues de la Historia del arte. Bastaría buscarlo entre sus retratos más logrados, o en obras de especial calidad técnica o en otras que destaquen por el esplendor del color. Pero puede ocurrir como es el caso del cuadro que hemos elegido, que todas estas cualidades se concentren en una misma obra. De ahí que La Infanta Margarita en azul resulte tan especialmente bella y adecuada. La infanta Margarita, hija de Felipe IV y de su segunda esposa Mariana de Austria, fue una niña agraciada, dulce y alegre, que debió de encandilar con su vivacidad al pintor de Corte, porque aparece en numerosos retratos realizados por Velázquez: es ella precisamente la protagonista de Las Meninas, y también la de otro retrato que le dedica el mismo año que le realiza este que hoy nos ocupa (Infanta Margarita).

Sus cuadros por otro lado servían también para informar al prometido de la infanta, Leopoldo I emperador de Austria, de los cambios que se iban produciendo en la niña con la que se casaría cuando ella cumpliera los quince años. Esa es la razón de que estos retratos fueran a parar a Viena y que se hallen ahora en esa ciudad.

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EL PORQUÉ DE SU BELLEZA 

En esta ocasión la niña aparece a los ocho años, pintada un año antes de la muerte del artista. Y si atendemos a la estructura del cuadro y la posición de la infanta no encontraríamos demasiadas diferencias con cualesquiera de los retratos al uso de la época. Lo que hace tan distinto este retrato de cualquier otro son una serie de recursos magistralmente empleados por Velázquez que convierten la pintura en algo más, en una obra maestra.

En primer lugar la pincelada, esa pincelada suelta y palpitante, tan característica del estilo del pintor y que parece aletear sobre el lienzo cargando de vida la actitud, por lo demás tan estática de la niña. La pincelada libre y cargada de mancha de color, que como ocurrirá siglos más tarde en las obras impresionistas es la que nos impacta sobre la vista como un imán cuyo magnetismo nos impidiera dejar de mirar a la niña

En segundo lugar la penetración del retrato. Su alcance humano y personal. Margarita no es que aparezca especialmente risueña ni debía de estar muy contenta durante la realización de la obra, como lo demuestra su actitud rígida y su rostro poco expresivo, pero aún así, Velázquez no puede reprimirse en insistir en su encanto como hace en todos los demás retratos de la princesa. Tal vez sean sus ojos tan grandes y abiertos, su pelo dorado, siempre agitado por sus rizos, y su piel sonrosada, llena de vida. Tal vez, la precisión de sus facciones o simplemente ese hálito de convicción que le da siempre Velázquez a sus rostros, y que los hace tan humanos, tan próximos.

También la luz. Violentamente contrastada hasta enfatizar a la niña en un foco único de luz. Al final de su vida Velázquez tiene poco ya del primer Velázquez tenebrista, sin embargo sigue dominando plenamente el efectismo del juego de luces y sombras, y es eso lo que hace en esta obra, oscureciendo el fondo del cuadro para restallar en luz toda la figura de la infanta.

Por último, y en mi opinión por encima de todo, está el color. Un color inimitable, poderoso, de un azul eléctrico lleno de intensidad y de brillo. Su tonalidad radiante amplificada por sus luces metálicas actúa como una aparición de la que no pudiéramos despegar la vista.

El resultado es así todo elegancia y majestuosidad en el porte y la pose de la niña, pero es además una imagen viva y atractiva, un cuadro tan extraordinario que no es de extrañar que ante él, nos tengamos que rendir al magisterio de Velázquez.


 

Comentarios  

 
#2 nino 05-11-2011 17:39
yo estoy pintando este cuadro y es bastante dificil pero qeda muy bien
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#1 Anonimo 16-11-2010 20:00
me a benido mui bien para un trabajo
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