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Escrito por Ignacio Martínez Buenaga (CREHA)   

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AFRODITA:

La iconografía de Afrodita (Venus en Roma) entronca con la tradición ancestral de la diosa madre y podría por eso ser una derivación clásica de la diosa Isthar babilónica, la Innana sumeria o la Astarté fenicia.

La tradición clásica nos cuenta que Afrodita nace de la espuma de las aguas del mar (Afrodita Anadiómena) cerca de Chipre, después de que Crono cortase los genitales a Urano y los arrojase al mar. Cuenta Hesíodo “que los genitales fueron luego llevados por el piélago durante mucho tiempo. A su alrededor surgía del miembro inmortal una blanca espuma y en medio de ella nació una doncella ya adulta”.

Afrodita por tanto no tuvo infancia, pero sí marido, pues casó con Hefesto, el dios deforme del fuego. Considerando la inmensa belleza de la diosa, el matrimonio le vino un poco grande y fueron frecuentes sus infidelidades, especialmente con Adonis, un mortal pero de belleza extraordinaria por el que tuvo que pelear con Perséfone.

La confirmación definitiva a su belleza se produjo en el famoso episodio del Juicio de Paris, cuando la diosa de la discordia (Eris) lanzó entre las diosas reunidas durante las bodas de Peleo y Tetis, una manzana dorada con la palabra kallistēi (“para la más hermosa”). Afrodita, Hera y Atenea reclamaron ser la más bella y por tanto la justa propietaria de la manzana. Como no se pusieran de acuerdo llevaron el asunto a Zeus, que se desentendió del problema y le pasó la decisión a Paris de Troya. Hera intentó sobornarle con un reino (Asia Menor), Atenea le ofreció sabiduría, fama y gloria en la batalla, pero Afrodita le susurró que si la declaraba la más bella le daría la mujer mortal más hermosa del mundo como esposa, por lo que Paris eligió a Afrodita. La mujer era Helena de Troya, cuyo rapto por Paris provocaría la Guerra de Troya.

En la mitología griega, Afrodita, es diosa del amor y también de la belleza, siendo por tanto una síntesis perfecta de la dualidad platónica entre el amor carnal y el amor espiritual. De ahí la variedad formal de sus representaciones, vestida o desnuda, recatada o exultante en su belleza, aunque en general se la representa siempre joven y lozana como corresponde también a la atracción sexual con la que se asocia su imagen del amor.

Las primeras Afroditas del arte griego se representan vestidas y se asocian también a la protección del matrimonio. Apeles pintó una Afrodita saliendo del mar muy bella al parecer, y Praxiteles fue el primero en representarla desnuda en su Afrodita de Cnido, aunque manifestando un evidente recato. Ya en el periodo helenístico, la Afrodita de Milo explota toda su sensualidad en una representación en la que así exalta la belleza femenina. En la misma línea aparece el modelo de la Afrodita Calipigia, que la representa cubierta pero enseñando las nalgas, en otra representación helenística cargada de erotismo.

Posteriormente sobre todo durante el Renacimiento, el Barroco, el periodo Neoclásico y el Academicismo serán infinitas las representaciones de Afrodita o de Venus en múltiples episodios: naciendo de las aguas (El nacimiento de Venus de Boticelli; El nacimiento de Venus de Cabanel, El nacimiento de Venus de Bouguereau…), bien vanidosa en su belleza (Velázquez: Venus del espejo), manifestando su amor por adonis (Tiziano: Venus y Adonis) o en diversas representaciones del Juicio de Paris (Rubens: El juicio de París).

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