Del Gótico al Manierismo: Tres soluciones para una misma iconografía PDF Imprimir Correo
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Escrito por Ignacio Martínez Buenaga (CREHA)   
Martes, 15 de Febrero de 2011 20:10

 

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La evolución artística que va del Gótico al Manierismo, ese periodo breve, de apenas dos siglos, pero de una transformación trepidante en los procesos creadores de la Historia del arte, se puede comprobar analizando un mismo motivo iconográfico, pero tratado de forma totalmente distinta en cada una de estas etapas.

El tema en concreto se refiere al milagro de la pesca en el lago Tiberíades. La iconografía se basa en el relato evangélico de Juan, según el cual San Pedro y otros apóstoles habían salido a pescar al lago Tiberíades, pero con mala fortuna porque no habían capturado nada. Al amanecer, Cristo, ya resucitado, se apareció en la orilla del lago, pero no le reconocieron. Les dijo que lanzaran la red por un lado de la barca, y tanto se llenó de peces que ni entre todos fueron capaces de sacarla. En ese momento alguno de los apóstoles reconoció a Jesús, y exclamó: “Es el Señor”, y cuando San Pedro lo oyó, “se vistió, pues estaba desnudo”, y se lanzó al mar al encuentro de Cristo. Los demás le siguieron en la barca, y todos reunidos se unieron al Señor y comieron juntos y regocijados.

El mismo episodio vamos a ver ahora cómo se puede tratar de tres formas muy diferentes en tres momentos de la Historia del arte. Primero en una escena pintada por Duccio en una parte de la tabla de la Maestá del Museo dell’Opera del Duomo de Siena, concretamente la titulada “La llamada de Pedro y Andrés” (1311), perteneciente por tanto a la pintura gótica de la Escuela de Siena. La segunda es otra tabla, pintada por Konrad Witz para un altar de Ginebra, “La pesca milagrosa” (1444), que se encuentra hoy en el Museo de Arte e Historia de Ginebra, y que corresponde al grupo de los Primitivos flamencos. Finalmente, la tercera obra es un lienzo de Tintoretto, “Cristo camina sobre el mar de Galilea” (1580), hoy en la National Gallery de Washington, que corresponde al pleno Manierismo.

La de Duccio es una pintura caracterizada por la captación del volumen y por una línea definida de trazo delicado muy descriptiva. Estamos además en una etapa artística de fuerte contenido teocéntrico, por lo que la escena se carga de religiosidad potenciando el hecho del milagro en sí. Para ello la fuerza que emana de los dorados a los fondos, la solidez de las figuras y el carácter secundario del entorno, otorga a la obra una emanación divina que la envuelve por completo y que alcanza plenamente al espectador.

Por el contrario, Konrad Witz enfoca el tema desde un ángulo distinto, y sin menospreciar el valor del milagro en sí, lo trata de una forma secundaria, más interesado ahora por una captación de la realidad que va llenando la pintura de un nuevo naturalismo. Por ello mismo Witz, convierte el lago Tiberíades en el Lago de Ginebra, de tal modo que encuadra la escena en un entorno totalmente familiar para los ginebrinos que iban a contemplar la obra, pues ya no es sólo el lago, todos los detalles del paisaje, la reproducción del Monte Salève y hasta los propios apóstoles, pintados como marineros normales y corrientes del momento, reflejan el mundo real de un lugar concreto. La diferencia no puede ser mayor con la tabla anterior, pues si en aquella precisamente para exaltar su contenido divino, el paisaje carece por completo de importancia, en ésta otra, es precisamente la naturaleza lo que se potencia en su realismo, dándole así un carácter mundano al hecho religioso.

La de Tintoretto, obra postrera del Manierismo, resulta una pintura mucho más emocional y apasionada, como corresponde a un estilo que hace de los sentimientos su fundamento temático y que siempre trata de involucrar al espectador en la obra a través de la provocación. El paisaje en esta ocasión sirve para exaltar los sentimientos a través de un entorno irreal y fantasmagórico que sobrecoge al espectador. Todo está exagerado, las olas angulosas de un mar embravecido, las luces espectrales, los colores incendiados, la atmósfera eléctrica que envuelve al paisaje de tormenta, los trazos discontinuos, la composición en zig-zag que acentúa la sensación de movimiento… En medio de un paisaje furibundo, los apóstoles se empequeñecen, como hombres que son, frente a la majestuosidad de Cristo y de la naturaleza.

Una misma iconografía en los tres casos, pero un tratamiento totalmente diferente del episodio en sí, y sobre todo del papel expresivo que juega en cada caso la naturaleza y el paisaje. Inexistente cuando lo anecdótico carece de importancia si se trata de potenciar el mensaje estrictamente religioso, como ocurre en la obra plenamente medieval de Duccio; protagonista en la tabla de Konrad Witz, como un elemento de acercamiento a una realidad naturalista que se va imponiendo según el arte medieval deja paso al del Renacimiento; y de una solución visionaria, como en la obra de Tintoretto, cuando se trata de utilizar el paisaje como un medio de sorprender al espectador, exagerando la fuerza de lo emotivo.

La solución plástica en cada caso es igualmente diferente, resultando un modelo ejemplar de las características formales del estilo al que pertenece cada una: la de Duccio, de formas robustas, trazo fino y fondos dorados, característica de la Escuela gótica de Siena; la de Witz, minuciosa en el detalle y de líneas precisas como corresponde al óleo sobre tabla de los Primitivos flamencos, y la de Tintoretto llena de agitación y movimiento, colores ácidos, líneas quebradas, trazos discontinuos, luces contrastadas e irregularidad en las formas, típicamente manierista.

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