Giulio Romano y la Sala de los Gigantes PDF Imprimir Correo
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Escrito por Ignacio Martínez Buenaga (CREHA)   

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Alumno aventajado de Rafael, y como tal, colaborador en las últimas obras que éste realiza en las Estancias Vaticanas, Giulio Pippi, más conocido como Giulio Romano (1499-1546) es uno de los nombres propios de la pintura manierista. Aunque no fue sólo pintor, también fue un notable arquitecto, de todo lo cual dejó testimonio insuperable en su famoso Palacio del Té en Mantua, residencia de verano de los duques de Mantua, que Romano diseña en su construcción y decora con unos frescos ilusionistas sorprendentes, de un efectismo monumental y grandioso.

Desde el punto de vista arquitectónico el Palacio del Té es una construcción de planta cuadrada que conserva todo el repertorio consabido de recursos clasicistas, desde el almohadillado del aparejo, a las pilastras toscanas o un arquitrabe con triglifos y metopas. Pero aunque el lenguaje tenga los mismos vocablos, el resultado es de otra sintaxis porque la articulación de los elementos constructivos y la combinación de recursos resulta extraña a la armonía clásica y consigue forzar la sorpresa en el espectador como buena obra manierista.

Las pinturas son realmente espectaculares, concentradas en tres salas principales: La Sala di Psiche, donde se representan los “Banquetes del Olimpo”; la Sala de los caballos, o dei Cavalli; y la Sala dei Giganti, donde se reproduce el tema de la Gigantomaquia en una decoración continuada por todo el espacio mural de la sala. En su lucha por el poder ya Zeus había encerrado a los Titanes en el Tártaro, ante lo cual su abuela, Gea, madre de Cronos y Rea, decide declarar la guerra a los dioses olímpicos, para lo que envía a sus hijos, los Gigantes, que no obstante serían derrotados por aquellos con Zeus liderándolos.

La obra de Giulano reproduce toda la grandiosidad de la escena, con Zeus en la bóveda liderando a su ejército envuelto entre nubes y cayendo sobre los gigantes que se derrumban en su fallido ascenso al Olimpo. Las dimensiones de las figuras, la escala de todo el conjunto, el canon utilizado, acorde todo ello con el sentido iconográfico de la representación de dioses y gigantes, ya resulta espectacular. Pero a ello hay que añadir el efectismo de tramoya que como un gigantesco decorado asume toda la representación, así como una serie de recursos típicamente manieristas, tales como la intensidad del color, la distorsión de las formas, la agitación compositiva o el desequilibrio en las figuras, que consiguen sobrecoger nuestra mirada, que atónita, asiste a un espectáculo pictórico incomparable.

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