Iconografía de David PDF Imprimir Correo
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Escrito por Ignacio Martínez Buenaga (CREHA)   
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Bernini: David.

La Historia de David es una de las más frecuentes en la Historia del arte, que suele aprovechar en su temática los distintos episodios de su vida.

No debemos de olvidar que David fue el segundo rey de Israel, sucesor de Saúl. A Saúl lo había nombrado primer rey el profeta Samuel, pero no fue un rey juicioso, se opuso en varias ocasiones a su valedor, Samuel, y tampoco fue apreciado por su pueblo. Por ello, el propio Samuel, después de que Saúl volviera a fallar en su enfrentamiento contra los amalequitas, decidió ungir como rey a David, que ya había demostrado su temple y sus cualidades, sobre todo en el episodio de su enfrentamiento con Goliat.

En realidad David era un pastor hijo de Jesé de Judá, aunque pronto fue llamado a la corte para ser escudero del rey Saúl, gracias sobre todo a su virtuosismo musical con el que podría amenizar las veladas del rey. Nace así otras de las iconografías recurrentes del personaje. David ya tocaba la cítara cuando era pastor (recordando en este caso la iconografía clásica de Orfeo), después aparecerá representado en numerosas ocasiones y a lo largo de su larga vida, tocando diferentes instrumentos de cuerda, que se convierten en uno de sus atributos iconográficos más característicos.

Pero a pesar del buen talante del muchacho con su señor, desde el primer momento el rey Saúl mostró su envidia y su antipatía por él, que pronto se convirtió en verdadera hostilidad. Sobre todo cuando demostró su valentía frente a Goliat. En plena batalla contra los filisteos, apareció en presencia del rey Saúl un soldado enemigo, de talla gigantesca y probada fuerza física, que le retó a que cualquiera de su ejército se enfrentara a él, y que quien venciese esclavizara al pueblo del perdedor. Portaba el coloso yelmo, espada, armadura de bronce y una lanza con la punta de hierro. Nadie en el ejército judío se atrevía a enfrentarse a él, hasta que apareció el pequeño David que acudía en ese momento al campamento para llevar vituallas a sus hermanos. Al ver la situación le pidió al rey que le permitiera enfrentarse a Goliat, a lo que el rey aceptó gustoso. Le ofreció su yelmo, pero no lo quiso el muchacho porque le iba a incomodar sus movimientos. Armado simplemente de una honda que siempre llevaba consigo y unos guijarros que cogió del suelo, se acercó al gigante, que al despreciarlo entre risas apenas se percató que el chico había armado su honda y le estaba lanzando una piedra que como certero proyectil le atinó en la frente dejándolo aturdido, momento que aprovechó el joven David para tomarle su espada y cortarle la cabeza.

El suceso fue determinante para el ejército judío que atacó con furia a los filisteos y los venció.

Desde ese momento Saúl, quiso acabar con la vida de David al que ya veía como un rival al trono, y de ahí otro de los episodios más reiterados de su iconografía, el momento en el que el monarca le lanza su lanza, pero el chico se agacha ágilmente y el rey yerra el tiro. Al poco tiempo, David es nombrado nuevo rey por Samuel, y ello sume a Saúl en un estado de postración y melancolía, que se agrava cuando un oráculo le anuncia que ninguno de sus descendientes recuperará el trono de Israel. Finalmente, la batalla definitiva frente a los filisteos supuso la muerte de los hijos de Saúl, lo que hizo bueno el oráculo que había recibido, ante lo cual él mismo decidió suicidarse.

Rey de Judá y de todo el pueblo de Israel, David se convertirá en el unificador del reino y en su verdadero impulsor, por lo que no es de extrañar su devoción entre los judíos, y como consecuencia histórica, en toda la tradición judeo-cristiana. Pasa además por ser ejemplo de virtudes, aunque también tuvo sus vilezas, como cuando enamorado de Betsabé, colocó a su marido en primera fila de batalla, para que al morir pudiera casarse con ella, como así ocurrió.

La iconografía de David en la Historia del arte recoge muchos de los pasajes de su vida que acabamos de narrar: David zafándose de la lanza de Saúl; David y la música; o David y Betsabé, aunque el episodio más tratado por las connotaciones iconológicas que se pueden derivar de él, que han sido muchas, es el tema de David y Goliat.

El asunto constituye una perfecta moraleja de distintas cuestiones: del poder de la inteligencia; de la dignidad del débil frente al poderoso; del peligro de la prepotencia que suele convertirse en debilidad; o de la inutilidad de la fuerza bruta. Aspectos todos ellos que sirven de metáfora a los anhelos de tantos momentos de la historia por alcanzar un mundo más justo y mejor, lo que inevitablemente pasa por derrotar a los poderosos y apoyar a los débiles.

Tal vez sea el Renacimiento el periodo en el que esta interpretación del episodio bíblico adquiere más contenido. Es frecuente la imagen del David durante el Quattrocento y el Cinquecento, momento en el que la figura del joven se convierte en un emblema republicano del poder de la ciudadanía frente a las familias poderosas que monopolizan el poder. En este contexto hay que interpretar, por ejemplo, el fenómeno social que representó para la ciudad de Florencia el traslado del David de Miguel Ángel desde su taller a la Plaza de la Señoría, que resultó una auténtica fiesta ciudadana. Durante este periodo también es frecuente representarlo como una fuente de sabiduría, en el que la inteligencia se impone a la fuerza física.

Ejemplos de ello ya decimos que hay muchos, y curiosamente cada uno mostrando una iconografía diferente. Así, si el David de Donatello (1430. Bargello) se representa en su fragilidad, para que a través de la debilidad del cuerpo y por contraste, se potencie la fuerza de su determinación y su carácter; en el caso del David de Miguel Ángel (1504, hoy en la Galería de la Academia de Florencia), ocurre lo contrario, pues para que quede clara la fuerza de su personalidad se exagera su poderío físico a la par que su fuerza expresiva, convirtiéndolo a él así en un “Goliat”.

No son las únicas representaciones de este tema durante este periodo. El mismo Donatello realiza una versión anterior a la suya más conocida, su David de 1409, también en el Bargello, que supone un estudio clásico por la disposición en contraposto y el trabajo de los paños, aunque la iconografía, algo ingenua en la expresión, no consigue el efecto moralizante de la posterior.

También Verrocchio funde en bronce un David algo posterior al de Donatello (1475. Bargello), en este caso mucho más sencillo en su apariencia, menudo e infantil, con lo que insiste en la idea de la inocencia frente al prepotente.

Todavía en el Barroco, contamos con otro David de los más conocidos, el de Bernini de la Galería Borghese (1623), representado como un vulgar pastor, ya adulto, que iracundo decide esgrimir la honda y acabar con el gigante, en un típico estudio de movimiento e instantaneidad, como será habitual en la obra de este autor, que concentra su temática en la rabia contenida que explota en la expresión de su cara, y que gracias a su composición en espiral parece arrastrar al espectador en su misma furia.

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Verrochio: David.