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S. Boticelli: La adoración de los Magos. Hoy en los Uffizi. 1475.
La naturaleza se esfuerza en conceder a muchos la virtud, y a cambio los hace descuidados, pues, como no piensan en el fin de sus vidas, adornan a menudo sus muertes con el hospital, igual que en vida honraron al mundo con sus obras. En el colmo de su felicidad están sobrecargados de los bienes de la fortuna; carecen tanto de necesidades y rehúyen de tal modo las ayudas humanas, debido a la brutalidad de su escaso gobierno, que a su muerte acaban vituperando todo el honor y la gloria de sus propias vidas. Por lo que no poca prudencia supondría para todos los virtuosos, y especialmente para nuestros artistas, cuando la suerte les ha concedido los bienes de la fortuna, conservar una parte para la vejez y las incomodidades, de tal forma que no se cierna sobre ellos la necesidad que nace a cada momento. Como extrañamente acució a Sandro Botticello, así llamado por la razón que luego veremos. Era hijo del ciudadano florentino Mariano Filipepi, que lo educó con diligencia y lo instruyó en todas las cosas que se enseñan habitualmente a los muchachos en esta ciudad antes de que ingresen en los talleres. Aunque aprendía con gusto todo lo que quería, siempre estaba inquieto. No se contentaba con ninguna escuela, de lectura, escritura o ábaco, de tal forma que el padre, enojado a causa de tan extravagante cerebro, en plena desesperación, lo colocó de orfebre con un amigo suyo llamado Botticello, maestro por entonces bastante competente en este arte. Por aquella época existía una gran disciplina y una continua práctica entre los orfebres y los pintores. Sandro, que era una persona despierta y se sentía inclinado al dibujo, enamorado de la pintura, se dispuso a volcarse en este arte. Se sinceró con su padre, y éste, que conocía bien las inclinaciones de su mente, se lo llevó a fray Filippo del Carmine, por entonces ilustre pintor, para que se quedara a aprender con él, tal y como el propio Sandro deseaba. Entregado a este arte, siguió e imitó tan fielmente a su matestro, que fray Filippo le tomó cariño y le enseñó de tal modo que alcanzó un grado que nadie hubiera podido imaginar (…) También se cuenta que apreciaba mucho a todos los estudiosos del arte, y se dice que ganó mucho, y que malgastó todo y por dejadez no obtuvo ningún fruto de lo que ganó. Lorenzo el Viejo lo quiso mucho y también fue muy querido por muchos hombres de ingenio y honrados ciudadanos. Al final, ya viejo y desvalido, se arrastraba con dos muletas, y como no podía hacer ya nada más, enfermo, decrépito y en la miseria, murió a los setenta y ocho años y fue sepultado en Ogni Santi de Florencia en el año 1515.
Se mereció verdaderamente Sandro los elogios por todas las pinturas que hizo, a las que lo impulsaban el amor y el afecto, y aunque se encaminó, como ya se dijo, hacia las cosas mundanas, y la hipocresía suele convertir en insoportables las bellas consideraciones del arte, ello no quita que sus pinturas sean muy bellas y muy alabadas, sobre todo la tabla de los Magos de Santa María Novella. |