A. Altdorfer: "La batalla de Alejandro en Issos" PDF Imprimir Correo
(3 votos, media 2.67 de 5)
Escrito por Ignacio Martínez Buenaga (CREHA)   

 

”La batalla de Alejandro en Issos”.

 

Albrecht Altdorfer.

1529. Alte Pinakothek. Munich.

 

El Renacimiento fuera de Italia adquiere características singulares en cada uno de los países europeos, porque si bien la influencia italiana se dejó sentir en todos ellos de una manera o de otra, el sustrato artístico particular de cada uno y en ocasiones la propia personalidad de algunos artistas, confirió caracteres propios y muy diversos al Renacimiento de cada país.

En Alemania, el Renacimiento, influido además por la pintura flamenca, mantuvo siempre presente un componente expresionista muy potente, capaz de distorsionar la realidad hasta cobrar tintes dramáticos, como ocurre en la obra de Mathias Grünewald o Lucas Cranach. No obstante, cuando hablamos de Alemania en el S. XVI no hay que olvidar que se trata de un término demasiado ambiguo, porque es un territorio dividido políticamente, dentro del cual también habrá variantes artísticas. Así ocurre con la llamada Escuela del Danubio, una tendencia pictórica que se desarrolla a lo largo del Danubio en las zonas de Austria y Baviera. Conserva de la tradición alemana el fuerte expresionismo, pero añade un elemento nuevo al potenciar el tratamiento del paisaje hasta convertirlo en un componente principal en sus obras.

A esta Escuela pertenece Albrecht Altdorfer, un pintor bávaro (nacido en Ratisbona), que por su estilo peculiar y su grandilocuencia paisajista, resulta uno de los artistas más originales del Renacimiento europeo, siendo junto a Alberto Durero, una de las referencias más innovadoras del Renacimiento alemán.

En su obra destaca el tema del paisaje, lógicamente, pero ninguna pintura tan impresionante y espectacular como la que le otorgó fama universal, La Batalla de Alejandro en Issos”. Encargada por el duque Guillermo IV de Baviera, representa la batalla de Issos, una de las grandes victorias de Alejandro Magno sobre el rey de los persas Darío III en el año 333 a.c.

El óleo mide metro y medio por metro veinte, pero aún así la minuciosidad en el detalle resulta una de las características más llamativas de la pintura. Precisión y detallismo derivados probablemente de su maestría como grabador y que le otorga al cuadro buena parte de su imponente monumentalidad. Lo demás es paisaje. Un paisaje que en su dimensión es lo que verdaderamente sobrecoge al espectador. Tres son los aspectos principales que consiguen ese efecto espectacular: por una parte la perspectiva, de una amplitud de campo enorme en la que desde una visión aérea de mirada esférica, el paisaje se extiende en una contemplación interminable de cielo y tierra. En segundo lugar la infinitud en el detalle, que convierte la escena en un episodio épico; y finalmente el color, cuyos tonos estridentes y su perfecto equilibrio en el reparto de los tonos ocres y azules, consigue una visión fantasmagórica, de gran magnificencia y que si no fuera por sus fechas tan tempranas podría considerarse una idealización típicamente romántica.

Dos grandes espacios dominan el cuadro: de una parte el nivel de tierra en el que se desarrolla la batalla, un lugar repleto de un sinfín de minúsculas figuras que contribuyen a la sensación de agitación y tumulto que domina el combate. En primer y segundo plano los ejércitos siguen enfrentados, pero en el centro de la composición observamos el carro de Darío huyendo y detrás Alejandro a lomos de Bucéfalo y sus lanceros, persiguiéndolo. Más allá de la batalla se extiende un paisaje imaginario pero lleno de referencias: campamentos, ciudades, edificios en ruinas, monasterios a media montaña, y más al fondo, entre las orillas de lo que podría ser el Mediterráneo se mezclan las montañas de Baviera, con una isla (tal vez Chipre) y la desembocadura de un río en forma de delta (el Nilo posiblemente). El cielo corona el efectismo de todo este espacio fantástico, con un mar de nubes agitándose, entre las que se esconde un sol crepuscular lleno de tintes dramáticos, y al otro extremo una luna en cuarto creciente.

Cromáticamente, es el color el que por un lado consigue unir las dos mitades del cuadro, la de cielo y la de tierra, por medio de la repetición de tonos, de tal forma que sobre el tono ocre del nivel de tierra se extienden, dispersos, reflejos azules procedentes de las armaduras de los soldados; y viceversa, sobre el azul del cielo, se reparten, equilibrando la composición, los tonos rojos y castaños del sol y de la placa flotante, que a modo de leyenda explica en su texto las vicisitudes de la Batalla de Issos y la victoria de Alejandro. Por otro lado, el color irreal y fantástico le otorga a la escena su dimensión sobrenatural. Como si el pretexto de un episodio concreto, la batalla, adquiriera en el pincel de Artdolfer una dimensión cósmica. O lo que es lo mismo, una forma de ejemplificar la pequeñez e insignificancia del hombre, incluso en sus momentos más gloriosos, frente al poder de la naturaleza y la divinidad, que algunos ven simbolizada en el cielo espectral.

Desde un punto de vista iconográfico el paisaje adquiere valores simbólicos, porque más allá de la reproducción de un episodio de la Antigüedad, lo que relaciona el cuadro con su componente renacentista, la obra responde también a las inquietudes del momento, y por ello en la imagen de un ejército que huye hacia el extremo donde mora la media luna, y otro que le persigue desde el lado de la victoria, de la luz y del sol, en un marco donde entre otros elementos del paisaje aparecen las montañas bávaras, se puede intuir la llamada al emperador Carlos V para que venciera al poder de los turcos, que ese mismo año de 1529 habían comenzado el primer asedio a la ciudad de Viena.

No cabe duda de que “La batalla de Alejandro en Issos” es uno de los cuadros más espectaculares de la Historia de la pintura y uno de los más extraños y singulares en todo el Renacimiento europeo.

Altdorfer0

 

Escribir un comentario


Código de seguridad
Refescar