A. Gaudí: La Sagrada Familia PDF Imprimir Correo
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Escrito por Ignacio Martínez Buenaga (CREHA)   

 

”Templo de la Sagrada Familia”.

Antonio Gaudí.

Barcelona. Desde 1886.



Hablar de Modernismo en arquitectura es hablar de un término que habitualmente se superpone al criterio artístico del Art Nouveau. Un estilo, que por otra parte es un fenómeno artístico muy amplio que no puede circunscribirse sólo a la arquitectura. Podría decirse que se trata de un estilo decorativo, basado en una estética curvilínea, exuberante, colorista y floral, que en cierto modo resultó a la vez un estilo y una moda. En una palabra un arte del diseño.

Por ello es un arte total, que en el campo concreto de la arquitectura reclama la colaboración de mosaítas, vidrieros, carpinteros y escultores. Incluso suponía asimismo que los arquitectos que vinculamos a este movimiento, como Gaudí, Domènech i Montaner, Guimard, Van de Velde o Mackintosh, no sólo proyectaran sus edificios, sino que diseñaban también los elementos decorativos fijos y hasta el mobiliario de las casas que construían.

En ningún caso por tanto, conciben sus construcciones únicamente como viviendas, ni las destinan a un uso puramente práctico, sino que las entienden como magnas realizaciones artísticas en las que creaciones plásticas de todo tipo, diseñadas por ellos y realizadas por diversos especialistas, se integran en el conjunto.

Surge de ello una arquitectura tremendamente fantasiosa, de intención decorativa, aficionada a los elementos ornamentales basados en motivos orgánicos, especialmente florales y a veces zoomorfos, de exuberancia colorista, ruptutista con las normativas clásicas y habituales, y sin duda de una enorme imaginación. Tanto, que puede decirse que la concepción arquitectónica se desmaterializa, solapando y marginando las propias estructuras arquitectónicas.

Una arquitectura que busca también el placer que proporciona la integración de la belleza y del bienestar. Y todo ello a través de conjuntos donde prevalece el sentido del gusto y la armonía, a base siempre de elementos ornamentales ligeros, delicados e inestables, y no rechaza las novedades técnicas del siglo, sino que las incorpora a su repertorio, caso por ejemplo de la utilización muy frecuente que se hace del hierro. Sin embargo, aporta una nueva sensibilidad, sutil y preciosista, que consigue hacer compatible estas innovaciones de la época con los valores tradicionales de la arquitectura y la artesanía popular.

Dentro de este movimiento y por lo que se refiere al campo de la arquitectura, el ejemplo más notorio es sin duda la figura irrepetible de Antonio Gaudí (Reus 1852- Barcelona 1926), sin duda el máximo representante de la arquitectura modernista en España y uno de los grandes maestros modernistas también a nivel internacional. Aún con todo, a Gaudí no debe vinculársele exclusivamente a este movimiento. Gaudí fue mucho más que un modernista, fue un arquitecto genial, lleno de magia, capaz de mezclar con un sentido creativo elementos de muy distinta procedencia. Se adelantó a su tiempo con formas aparentemente irracionales, por lo que se le criticó notablemente en su época, si bien con el tiempo hubo de considerársele el antecesor de la Arquitectura orgánica, y ello porque en sus obras se reproducen en muchas ocasiones imaginarias animales u orgánicas en general, que se camuflan en una apariencia que imita la naturaleza, cuando no se añaden directamente relieves o esculturas de plantas o animales. Su capacidad de adecuar el modelo arquitectónico al dictado de su  imaginación convertirá en muchas ocasiones sus obras, más en un alarde escultórico que estrictamente arquitectónico. Son igualmente originales sus plantas y la solución de sus soportes y cubiertas que se resuelven con elementos formales novedosos. Asimismo, utiliza materiales diversos complementarios a la piedra, como el hierro o la cerámica

Gaudí no sólo actuaba en sus obras como proyectista, sino que era además el auténtico maestro de obras que lo planeaba y lo ejecutaba absolutamente todo (incluidos cerrajes, esculturas y hasta mobiliarios), viviendo además en la propia obra y casi obsesionado por ella.

El repertorio de Gaudí es muy amplio en Cataluña y fuera de ella, pero sin duda su realización más espectacular y por monumental inacabada es La Sagrada Familia de Barcelona

La Sagrada Familia es un templo cuya construcción inician Josep María Bocabella como promotor y F. de Paula Villar como arquitecto, quienes comienzan el proyecto en 1866. No obstante sus discrepancias con los miembros de la Junta patrocinadora del templo provocan la dimisión de Villar, siendo entonces designado A. Gaudí para la realización del edificio a partir de 1886. Desde ese momento la construcción del templo ideado por Gaudí sigue un ritmo lento y pausado que en algunas ocasiones incluso sufre paralizaciones debido a problemas económicos. En 1926, la muerte de Gaudí (atropellado por un tranvía) supone una contrariedad al proceso constructivo, que se agravará con la Guerra Civil, que entre otras cosas supuso la destrucción de parte de la obra concluida y de las maquetas hechas por su autor. A partir de 1948 se retoman las obras del templo, que con igual parsimonia y lentitud avanzan hasta hoy mismo, en que al templo aún le quedan muchas zonas por concluir. De hecho, hasta 1976 no se acaba definitivamente la fachada de la Pasión con todas sus torres, realizándose en los últimos años el volteo de las bóvedas de las naves, del crucero y del ábside. Aún así, y siempre y cuando se siga al ritmo constructivo de los últimos años, no se espera que la Sagrada Familia pueda concluirse antes del año 2030.

La Sagrada Familia es un templo realmente grandioso desde su proyecto, el mismo Gaudí decía ante la tarea ingente que se presentaba ante él, que "no le es posible acabar el templo a una sola generación; dejemos pues una vigorosa muestra de nuestra huella, que las generaciones venideras sientan el estímulo de hacer el resto y no nos atemos para el resto de la obra".

Su estructura, desde una lectura convencional comprendería una planta basilical en forma de cruz latina, con cuatro naves laterales y otra mayor central. El crucero, a su vez esta formado por tres naves, presentando en sus brazos dos pórticos: las fachadas de la Natividad y de la Pasión, que se complementan con la portada principal a la entrada de la nave central, que es la conocida como fachada de la Gloria, aún sin completar. Pero a esta descripción hay que añadir la serie de aportaciones técnicas y decorativas características de su autor, que son únicas y especialmente originales. Así no falta el toque orgánico, hasta el punto de que el templo en realidad se puede contemplar como un bosque mágico de troncos y follaje del que surgen como luminarias para el creyente las torres helicoidales del templo, que a su vez parecen esculturas de arena o troncos gigantes horadados por nidos de termitas. Los elementos formales que Gaudí utiliza para dar forma a este ejercicio de insuperable inventiva son igualmente novedosos y diseñados para la ocasión: los capiteles vegetales, los pilares inclinados y helicoidales, las bóvedas paraboloides, creando con todo ello una suerte de formas que semejan un entramado de osamentas. Ventanas, óculos, tracerías y otros motivos decorativos siguen igualmente un diseño caprichoso de absoluta fantasía, y no faltan como en toda su obra un amplio abanico de materiales variados: en este caso cristales de murano, cerámicas, alicatados, etc.


Consta también el templo de un claustro, pero un claustro igualmente original porque lejos de situarse a un lado del edificio como sería lo habitual, rodea el templo y actúa como un espacio que lo aísla del exterior. A la altura del ábside en el claustro se abrirá la Capilla de la Asunción de la Virgen y a cada lado de ella una sacristía. Asimismo, a los lados de la fachada principal aún han de construirse un batipsterio a la izquierda de ella y a la derecha sendas capillas dedicadas a la Eucaristía y la Penitencia.

El proyecto prevé también la construcción de doce campanarios (uno para cada apóstol), cuatro más para los evangelistas, otro dedicado a la Virgen y el más importante, de 170 m. de altura coronado con la típica cruz de cuatro brazos ideada por Gaudí, símbolo de Jesucristo. Estos campanarios de perfil parabólico tienen en su interior unas escaleras helicoidales que rodean un espacio donde se tienen que situar las campanas tubulares, que Gaudí estudió durante años y que sonarán por aire comprimido y percusión.

Queda claro el profundo simbolismo cristiano que muestra toda la construcción y que se complementa con su aportación escultórica. Así, todo el programa ornamental sigue un ciclo iconográfico de fuerte contenido cristiano, que completa en las portadas principales el ciclo vital de Cristo y se complementa con numerosos motivos religiosos entremezclados. No faltan también detalles puramente organicistas, como los numerosos lagartos que recorren muros y torres a todo lo largo del templo, cuando no, juegos matemáticos, como ocurre en la fachada de la Pasión en la que se inscriben en un cuadrado, 16 cifras que permiten hacer 310 combinaciones diferentes sumando siempre 33: la edad de Cristo en el momento de su muerte.

En la actualidad a la obra realizada por Gaudí y los escultores que participaron en las obras iniciales se han unido otros que han aportado su propia visión artística al monumento, como ha ocurrido con las piezas realizadas por José María Subirachs en la fachada de la Pasión, que son formas de arte actual, que nada tienen que ver con el diseño realista ideado por Gaudí, lo que ha generado cierta polémica. Por su parte el escultor japonés Etsuro Sotoo, ha incluido también algunas obras suyas en la fachada de la Natividad.

Como en los grandes proyectos de la Edad Media, la Sagrada Familia es una obra descomunal que si acaba en las fechas previstas habrá costado de hacer más de siglo y medio. Sólo ese dato ya nos previene de la monumentalidad y grandeza de esta obra única y extraordinaria.





 

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