| A. Kiefer: "La escalera" |
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| Escrito por Ignacio Martínez Buenaga (CREHA) |
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”La escalera” A. Kiefer. Col. Particular. 1983. La década de los años ochenta supone un cambio transcendental en la concepción del hecho artístico, que por enésima vez da un giro radical a las tendencias defendidas hasta entonces. Porque no se trata solamente de enfrentarse al concepto artístico de las neovanguardias, tratando de quebrar su defensa del arte como hecho racional, ese “desierto conceptual” que privaba al arte de su emoción y creatividad. Se trata de ir más lejos, porque siguiendo un argumento ideológico, inmerso en el amplio fenómeno de la postmodernidad, se trata también de acabar definitivamente con lo que tradicionalmente entendemos como Modernidad o Proyecto Moderno, es decir, ese camino que inicia Su tolerancia explica que coincidan todo tipo de experiencias artísticas que no tienen por qué repelerse mutuamente: la abstracción y la figuración, la fotografía como entidad artística, los perfomances, el diseño gráfico, el vídeo, el graffiti...casi podría decirse que "todo vale", entre otras cosas porque la revolución tecnológica de las dos últimas décadas dejan en entredicho las formas tradicionales del soporte artístico. Es en fin, una época que algunos han llamado de “reposo” en el mundo del arte, porque parece como si se hubiera llegado a una tregua en la lucha rebelde que había caracterizado En cuanto a las distintas tendencias que van surgiendo al amparo de estos posicionamientos, ya se comprenderá que fueron multitud, en consonancia precisamente con esa libertad y esa complacencia que se prodiga entonces. Aún así, se podrían considerar tres centros artísticos en los que el arte Postmoderno adquiere carta de naturaleza: en Italia, donde se desarrolla la llamada Transvanguardia italiana, junto a otras tendencias paralelas como el Permanierismo o el Anacronismo. Alemania, especialmente a partir de 1982 año en el que la exposición “Zeitgeist” (Espíritu de la época) dio a conocer a los llamados Neue Wilden (Nuevos salvajes), promotores en su mayoría del Neoexpresionismo alemán. Y, por supuesto Estados Unidos, país cuya pujanza artística se mantiene, iniciando su giro hacia En esta línea está el trabajo realizado en Alemania por una serie de jóvenes artistas que por un lado rechazaban la frialdad y la abstracción de las neovanguardias, y por otro también repudiaban los valores ideológicos de las vanguardias, buscando como en el caso de Igualmente, encuentran en otros momentos de En el fondo porque todos estos artistas se sienten profundamente provocados por la historia más reciente de Alemania, y asumen el gran reto de reflexionar sobre lo que había sido el Nacionalsocialismo y su carga de crueldad e ignominia, así como el estrepitoso debacle de Entre sus principales representantes habría que destacar muy especialmente las obras de dos grandes artistas: Anselm Kiefer y Georg Baselitz. A ellos también podrían añadirse Marcus Lüpertz, uno de los iniciadores del grupo; A.R. Penk, autor de pinturas basadas en soportes iconográficos peculiares como los grifitti y el dibujo infantil, o Gerard Richter, cuya actividad se acerca al campo del hiperrealismo apoyado en imágenes de la vida cotidiana percibida a través de la fotografía. Todos ellos, recuperan además el oficio de pintar, en otro ejemplo de la recuperación del modelo artístico tradicional que representa la postmodernidad. No se trata ni de construir objetos diversos, ni de experimentar con otras fuentes de expresión. Nada más pintar y esculpir, como había defendido también En esa línea de reflexión sobre la historia reciente de Alemania se inscribe buena parte de la obra de Kiefer, y especialmente los doce años de terror nacionalsocialista. Kiefer evoca lugares y recuerdos teñidos siempre de un halo mitad de misterio y mitad de angustia, que resultan lo más parecido a una imagen de destrucción y de olvido, de soledad y tristeza, tal vez la evocación más precisa sobre aquel pasado de Alemania. La suya es por tanto una pintura de Historia, que recupera el testimonio de un pasado nacional, tal y como hicieran los pintorers de historia del siglo pasado, si bien la visión de Kiefer es bien distinta. Nada hay idealización en sus propuestas, nada de exaltación, ni de esplendor o grandeza. Las suyas son siempre imágenes medio en ruinas, sin apenas luz, envueltas en tonos oscuros, sin apenas personajes, resquebrajadas en sus formas, heridas por el trazo quebrado y la textura sucia e irregular. Son imágenes de un pasado derruido, derrotado, vacío y donde parece que solo impere la noche o la soledad. A veces apuesta directamente por la imagen descarnada de la destrucción (Pintura de la tierra quemada. Col. particular. 1974) a veces también por la ironía, como cuando pinta Opreación lobo de mar en alusión al intento fallido de invasión naval de Inglaterra por el Tercer Reich y que él resuelve pintando la flota alemana en una bañera. Pero en muchas otras obras lo que prevalece es una sensación de desamparo, de incertidumbre, de miedo. Como cuando vemos esas arquitecturas misteriosas o esa ruinas solitarias, que como si se tratase de un verdadero romántico, Kiefer convierte en un monumento a la desolación.
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