A. López García: "Madrid desde Torres Blancas" PDF Imprimir Correo
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Escrito por Ignacio Martínez Buenaga (CREHA)   

Madrid desde Torres Blancas

 

Antonio López García

Col. Particular. 1976-82.

 

El arte del siglo XX en su segunda mitad multiplica sus tendencias y opciones artísticas, y aunque prevalecen las formas abstractas que son una constante a lo largo de todo el siglo, llegado el último tercio del mismo se entremezclan con otras de talante figurativo, que surgen precisamente como reacción al imperio de la abstracción. El Pop art sería una de ellas y el Hiperrealismo o Fotorrealismo la otra.

La obra de Antonio López García se inscribe básicamente en este último movimiento, aunque con algunas peculiaridades. En primer lugar porque como tal tendencia el Hiperrealismo es un arte genuinamente norteamericano, caracterizado por una meticulosidad extrema en la representación de los objetos, y en una visión distante y fría de los paisajes urbanos de las ciudades estadounidenses. Es una pintura que desde luego sorprende por su vistoridad, de un realismo fotográfico, que se enriquece además por la nitidez de todos los planos de perspectiva, sus brillos metálicos y su luminosidad rutilante. Desde luego no es un arte vacío y superficial como muchas veces se le ha criticado, primero porque sus logros técnicos comprometen el arte con la perfección, que es un síntoma de belleza, y segundo porque su visión de las calles de las ciudades modernas y sus instantáneas de la vida cotidiana del mundo en que vivimos, aportan un contenido intelectual que lejos de constituir una imagen banal de objetos, es una mirada profunda que invoca a la reflexión ante las sociedades actuales de consumo o la soledad de las grandes ciudades.

Antonio López García, nacido en Tomelloso (Ciudad Real) en 1936 es desde sus primeras obras un poeta de la realidad. Su carrera comienza al salir de la Escuela de Bellas Artes de San Fernando de Madrid en la década de los 50, y desde ese momento se distancia de la abstracción y del Informalismo al que se abocan otros pintores de su generación como Tapies, Saura o Lucio Muñoz. En ello influirían sus dotes innatas para el dibujo y su virtuosismo técnico, que le llevaría de la mano hacia una pintura figurativa de la que nunca se alejará. Y si sus primeras obras aún encuentran referencias en la solidez de las formas heredadas del peso de las vanguardias, a partir de los años sesenta su realismo se hace cada vez más definido, sus imágenes más precisas y su reproducción de la realidad más fotográfica. Es su técnica y su predilección por los paisajes urbanos lo que pone en relación a Antonio López con el Hiperrealismo norteamericano. También sus visiones de la ciudad, vacías y solitarias en las que notamos abruptamente el peso de la soledad que transmiten, coinciden con las que nos reproducen los hiperrealistas americanos.

Pero aún así, su pintura es diferente, porque carece de los brillos metálicos y la espectacularidad visual de un Richard Estes o un John Kacer. No, su pintura es más íntima, sus imágenes más serenas y sus paisajes mucho más humanos, aunque esté reflejando en ellos muchas veces precisamente lo contrario, lo inhumanas que pueden llegar a ser las grandes ciudades. Tal vez sea porque su pincelada es más expresiva o porque sus luces envuelven sus figuras de un halo sugerente y melancólico.

Algo así puede observarse en uno de sus paisajes más conocidos y evocadores, “Madrid desde Torres Blancas”. El cuadro es buena prueba de la forma de trabajar de Antonio López, de una gran meticulosidad, que prolonga su proceso a veces interminablemente, como es el caso. Se muestra, en una imagen de gran realismo, la Avenida de América de Madrid en una tarde bochornosa de verano. Las calles vacías, la ciudad desierta, como ocurre en otras tantas imágenes suyas de la capital, y que si bien en este caso se puede justificar en que en verdad las ciudades se vacían en verano, no deja por ello de transmitir esa desolación, que nos abate cuando la ciudad destila toda su languidez. Es además el peso del ladrillo, del asfalto y del cemento reconcentrado bajo el calor de agosto lo que nos abruma en un paisaje sin vida. La luz lo envuelve todo recreando ese ambiente inconfundible de tarde dominguera de verano. Una luz tibia y taciturna, pero de una expresividad plena, porque es ella la que termina por redondear el sentido nostálgico que provoca la tela. Por eso es un cuadro magnífico, porque sólo puede criticarse desde la miopía, desde esa cortedad de quienes se han limitado a ver la obra de Antonio López sólo desde sus alardes técnicos y nada más, sin apreciar la hondura de sus imágenes.

A contracorriente, a Antonio López le ha costado ganarse el favor de los críticos y de algunos “entendidos”, que parecieran rechazar todo el arte que no siga los dictados de la abstracción y la innovación, con la misma devoción que ensalzan todo lo que no sea realismo. Del mismo modo también parece que sólo las personalidades extravagantes o el genio de la bohemia se puede asociar con el nombre de un gran artista. Y nada más lejos, Antonio López es un hombre sencillo, de costumbres cotidianas, cuya vida transcurre con la misma cadencia que la de las demás personas que no pasaremos a la Historia. Él sí, ya ha pasado, por su obra impecable y profunda. Y poco a poco lo va entendiendo todo el mundo. Sin ir más lejos este cuadro que hoy hemos comentado, se vendió en 2008 en la galería Christie’s de Londres por 1.744.030 euros.

ALopezGracia0

 

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