A. Modigliani PDF Imprimir Correo
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Escrito por Ignacio Martínez Buenaga (CREHA)   

”Desnudo reclinado”.

A. Modigliani.

Metropolitan Museum. New York. 1917.

”Cabeza”.

A. Modigliani.

Solomon R. Guggenheim Museum. New York.

1913.


Con el inicio del nuevo siglo París se convirtió en un punto de referencia imprescindible para el mundo del arte. Allí, como si de un maravilloso laboratorio artístico se tratara, iban experimentándose nuevas formas de expresión e iban surgiendo las distintas vanguardias artísticas que determinarían el devenir artístico del aquel siglo. Allí coinciden además los grandes artistas del momento y por tanto es lógico que todos los jóvenes con aspiraciones artísticas tuvieran en París una meta y un sueño. La mayoría de los que lo intentaron sufrieron las dificultades económicas propias de su condición de bohemios y la dificultad, a veces insalvable, de dar una salida a su obra. Algunos se sintieron atraídos por las vanguardias del momento y llegaron a integrarse en sus movimientos, pero otros por el contrario se mantuvieron al margen, lo que no era fácil en aquellos momentos, desarrollando un arte absolutamente personal. Son estos artistas independientes y que eludieron la atracción poderosa de las vanguardias los que constituyen la llamada Escuela de París, destacando entre otros, M. Chagall, Soutine, C. Brancusi o Amadeo Modigliani.

Hoy nos centraremos en la figura de Amadeo Modigliani (Livorno 1884-París 1920), un hombre que ejemplifica como pocos la imagen del artista bohemio, incomprendido, maldito, que deambula por aquel París de los artistas, que sufre la miseria y la enfermedad, que vive amores apasionados, que muere joven y que sólo después de muerto se le reconoce su obra y su talento. Para algunos resulta una biografía tan novelada que es por ella por lo que, según ellos, se ha sobrevalorado su obra, a la que se tacha a veces de monótona y reiterativa. Nosotros en cambio pensamos que es un pintor de una delicadeza especial, que aúna sencillez y rigor expresivo, un trazo potente capaz de transmitir un amplio abanico de recursos plásticos, y un color alegre y variado, capaz de llenar de intensidad y luz sus rostros habitualmente tristes y melancólicos.

Aunque curiosamente, Modigliani prefería su trabajo como escultor y en realidad como tal había ido a París, para ser escultor, y si bien sus pinturas nos parecen especialmente hermosas, nosotros pensamos como él, que era más escultor que pintor, aunque fue su débil salud lo que limitó sus esfuerzos de labra sobre la piedra y por ello tuvo que dedicarse con mayor interés por la pintura.


Modigliani había iniciado su formación artística en Italia ya desde los 14 años, aunque también desde esa temprana edad se había visto enfrentado seriamente a la enfermedad, primero unas fiebres tifoideas y después un primer ataque de tuberculosis. Más tarde estudia en Florencia y en Venecia, hasta que finalmente en 1906, se traslada a París. Su vida en la capital del arte transitará entre el aprendizaje, muchas veces anárquico, el modelo a seguir de los grandes artistas que conoció en plena efervescencia creativa, el alcohol, y sus numerosos y apasionados romances, consecuencia de su proverbial atractivo entre las mujeres. Una vida desordenada y poco saludable que fue minando su salud ya de por sí quebradiza, y que serviría de paso para sellar la imagen del artista bohemio y fracasado que malvive en París. Pero todo ello no impidió que su producción fuera creciendo poco a poco: sus numerosos retratos, sus desnudos y sus exquisitas esculturas. No es lo habitual en esta sección, pero en esta ocasión hemos pensado hacer un comentario doble, incluyendo en este caso una pintura, pero también una escultura de este artista, porque nos ha parecido que una sola muestra dejaría incompleta la “Mirada” exacta que se merece Modigliani, tan pintor como escultor.

Como pintor se advierten claras algunas influencias, como el rastro que deja en su obra Cézanne e indirectamente el Cubismo, culpables de sus formas rotundas, de su base geométrica en sus cuerpos y en sus rostros, y que aún resulta más evidente en sus esculturas. Lo insólito de Modigliani es que esta influencia que en la mayoría de los pintores les abocaba irremediablemente a seguir los criterios de la vanguardia y englobarse en su grupo, en este caso en el Cubismo, en él no llegó a ocurrir, manteniéndose al margen de manifiestos y criterios establecidos y manteniendo virgen su independencia. También la estampa japonesa juega su papel en esta suerte de influencias que van perfilando la pintura de Modigliani, especialmente por la claridad de la línea, la rotundidad del trazo y la viveza de sus colores, preferentemente planos. El resultado final es una pintura en la que la gran protagonista es la figura humana, en forma de retrato o de desnudo femenino, tratada como excusa para desarrollar una serie de valores plásticos: la línea sinuosa de esbeltez extraordinaria y los rostros de melancólica expresión. Todos sus retratados comparten ese abanico tan suyo de gestos y miradas que se eleva más allá de sus propias individualidades. En los desnudos, como es el caso, el alargamiento de las formas y el delicadísimo modelado de los cuerpos les confiere una sensualidad primorosa que se debate entre lo real y lo ensoñado. Y siempre esa serenidad que establecen sus composiciones, alargadas, estables, horizontales, pero que confieren a la obra esa calma serena que parece retozar en su propia pereza.

Todo ello queda de manifiesto en la obra que nos ocupa, uno más de los numerosos desnudos reclinados que pinta entre 1915 y 1919: un desnudo en la tradición de las representaciones de Venus del Renacimiento, pero que adquiere en su caso una sensualidad mucho más descarada. Como en aquellos desnudos, el juego de colores es fundamental para acentuar las calidades cálidas del cuerpo, y así el contraste de blancos sobre los rojos carmín del lecho potencian las carnaciones desnudas de la muchacha. Lo demás es pura expresión erótica, desperezada y provocativa. Siempre manteniendo esa composición que desborda el marco del cuadro, del tal manera que brazos y piernas o aparecen parcialmente o no aparecen, potenciando también así el primer plano del desnudo y con ello su fuerza de atracción. También en este caso, como en la mayoría de los cuadros de desnudos, la retratada es una modelo profesional y no de sus amigas o amantes.

Como escultor, Modigliani alcanza cotas de extraordinario artista. También en este caso está clara la influencia directa o indirecta del Cubismo. De hecho es en el Musée de l'Homme de París donde descubre las esculturas africanas y asiáticas, que inspirarán también el primer Cubismo, pero que en Modigliani, como ocurriera en la pintura, adquieren un sello diferente, un estilo propio y una sensibilidad especial. En ellas está la base de estas esculturas pero es indudable también la influencia ejercida por la escultura cicládica, con la que coincide en su simplicidad y sencillez. Se trata principalmente de cabezas, alargadas, de un canon desproporcionado, pero que no pierden por ello su elegancia. La elegancia de una formas delicadas, de líneas suaves y expresiones sencillas. De unos mínimos recursos expresivos, apenas unas líneas para delimitar la nariz y la boca, y unos ojos almendrados que llenan la cara entera. Podría decirse que es un anticipo del Minimal art, pero que aquí aún conserva la grandeza de un tótem, sencillo, pero imponente.

No disfrutaría en vida del reconocimiento de todo ese talento. Entre otras cosas porque moría muy joven, a los 36 años de una meningitis tuberculosa alimentada por su mala vida. Su último amor, Jeanne Hébuterne, que le había dado una hija, Jeanne, y que esperaba otra, se suicida al conocer la muerte del artista. La leyenda no había hecho más que empezar.

 



 

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