| A. Renoir: "La primera salida" |
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| Escrito por Ignacio Martínez Buenaga (CREHA) |
“La primera salida”.A. Renoir.
National Gallery. Londres. 1876.
La visión que tiene E. Manet al contemplar una exposición de 500 obras de arte español exhibidas en el Louvre y la experiencia repetida de su viaje a España, cambiará
En una de sus reuniones el Café Guerbois el grupo decidió hacer una exposición que reuniera las obras de todos ellos. No era fácil organizarla por los cauces oficiales puesto que su forma de pintar sería muy criticada, pero con la ayuda del fotográfo Nadar, que también era miembro de la tertulia y que les presta su estudio como local, la exposición puede realizarse. Esta primera y famosa Exposición se produce en 1874 y es fuertemente censurada por los críticos del momento que afirman que "aquello" no es forma de pintar. Más concretamente el crítico L.Leroi, los llama despectivamente "impresionistas" porque apostilla, "dicen que quieren dar sus impresiones". Desde ese momento el grupo se denominará así, Impresionista. Como tal grupo no durará mucho tiempo, apenas una década (entre 1870-1880), de tal modo que se puede decir que hubo una época impresionista, pero no una escuela impresionista, sobre todo porque todos estos pintores a excepción de Monet, abandonaron al cabo de los años las características estrictas consideradas como impresionistas y siguieron caminos creativos completamente distintos. De cualquier modo, los nuevos criterios pictóricos que defenderán los impresionistas fueron los siguientes: No debe pintarse de memoria. Debe pintarse siempre la realidad tal y como la captan nuestros sentidos, sin dejar escapar esa emoción inicial, irrepetible, que siente el pintor al iniciar la obra. Pero los sentidos (y en especial la vista) no perciben siempre igual la realidad que nos rodea. Los perciben con menor detalle cuanto más distantes, y de forma variable según las modulaciones de la luz y del color. Por tanto el primer elemento clave en la representación pictórica de la realidad plena será la luz. La luz modela las formas y hace variar los colores. Lógicamente el segundo elemento clave de esta forma de pintar será el color. Las diferencias de luz y color es lo que lleva a afirmar a los impresionistas que un mismo árbol es distinto un día lluvioso o un día de primavera. Tan importante resulta el color para los impresionistas que eliminan el gris como tono convencional de claroscuro, iniciando una fórmula realmente revolucionaria en la pintura de sombrear con distintos matices de color, siempre con color. Es más, tampoco basta con mezclar los colores en la paleta del pintor, para alcanzar un mayor impacto sobre la vista del espectador deben de mezclarse en la retina del observador, lo que se consigue superponiendo los colores sobre el lienzo. Aparte de sus características plásticas, la realidad es además dinámica. Y si se trata de captar plenamente la realidad en toda su dimensión, el pintor deberá de ser también capaz de captar ese dinamismo en sus cuadros. Su representación sólo es posible si se introduce en los cuadros la instantaneidad. Esa misma instantaneidad que nos produce una impresión sensorial. En este sentido la influencia de la fotografía recién inventada por esas fechas resultará determinante en la formación de estos artistas. Hay que captar la momentaneidad en los cuadros como la captan las fotografías. Captar el instante detenido de un reflejo sobre el agua, de un brillo de luz o la impresión de color que un instante determinado han captado los sentidos. Por ello mismo serán tan frecuentes en los cuadros impresionistas la reproducción constante de reflejos en el agua y de impactos de luz que introduzcan en los cuadros la instantaneidad. Lógicamente la técnica idónea para plasmar esta dinámica de la instantaneidad, habrá de ser la de una pincelada espontánea, suelta, libre y además muy gruesa y llena de color. De tal manera que de una forma cada vez más frecuente y descarada las formas y los objetos se reducen a meros puntos y simples manchas de color, que sólo adquieren verosimilitud contemplados en la distancia. Por todo lo dicho, el Impresionismo será un arte subjetivo (al fin y al cabo las sensaciones sensoriales son totalmente personales), y ése será uno de los aspectos de su crítica posterior. Es un arte hecho exclusivamente con la vista y no con la mente, y es por ello tachado de superficial. Así Apollinaire en una presentación de Braque hablará del periodo impresionista como "una época de ignorancia y frenesí", y el propio Picasso ante una exposición impresionista exclamará: "Aquí se ve que llueve, se ve que el sol brilla, pero no se ve la pintura por ninguna parte". A pesar de todo, su aportación a la pintura contemporánea resulta incuestionable. Su novedad técnica y la indudable preeminencia que saben darle al color, será una constante en la toda la pintura posterior. Todo ello podemos verlo en esta obra de A. Rendir, amigo de Sisley y de Monet, que se verá atraído por las nuevas experimentaciones "impresionistas" que estaban realizando estos pintores. Participó en la primera Exposición impresionista de 1874, y se mantuvo fiel a los principios de este grupo al menos hasta los comienzos de la década de 1880. Fue dentro de los impresionistas el más lírico, el más poético y el más sensual de todos ellos, por lo que también fue el primero en serle reconocido su arte, convirtiéndose para la posteridad en uno de los clásicos dentro de esta corriente. La obra representa a una joven que asiste arrebolada a una representación teatral por primera vez, un acto social que servía para que la joven adolescente entrara definitivamente en el mundo adulto. El cuadro es de una indudable belleza, por la simplicidad con la que se resuelve y por la espléndida representación de la muchacha, cuya expresión de inocencia y de sorpresa nos alcanza y se hace nuestra. Expresión espléndida también porque en su rostro destacan precisamente los dos elementos que hemos considerado como consustanciales a la pintura impresionista: la luz y el color. Una luz resplandeciente y una tonalidad especialmente blanquecina que tiene un doble sentido: iconográfico y plástico. Iconográfico porque es una forma de representar la moda de la época en la que era habitual el maquillaje de las muchachas a base de polvos de arroz, que otorgaba al cutis un tono perlino y delicado; sin olvidar que es también la manera de reproducir el ambiente de aquellos teatros cuyas luces no se apagaban durante las actuaciones para preservar así la práctica del chismorreo social. Plásticamente porque es una forma de destacar el fino rostro de la muchacha por puro contraste cromático con los amarillos y azules que la rodean, el mismo contraste que además precisa las sensaciones táctiles de su piel. Sin olvidar la magnífica sinfonía de complementarios que envuelve el retrato, azules y amarillos, tan delicados y armoniosos como toda la figura de la joven. Lo demás es una mancha de color que se va desvaneciendo en profundidad y que sólo en nuestra retina reproduce los encajes primorosos, las flores, las joyas, etc.
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