Es indudable que la figura de August Rodin (París 1840-Meudon 1917) constituye un frontera decisiva en la evolución de la escultura del S. XIX, siendo por un ello un referente de muchos autores posteriores en la evolución de una escultura moderna.
Aún así, Rodin es hijo todavía de la tradición escultórica del S. XIX, sobre todo por su vinculación al tema figurativo, su amparo en la tradición realista y la prioridad gestual sobre la expresión puramente volumétrica, de alguna de sus obras (Los burgueses de Calais. Museo Rodin. París 1884.-1886).
Pero dos de sus aportaciones más características sí que abren el camino a una nueva interpretación de la escultura : sus modelados inacabados (algo por cierto que ya había anticipado Miguel Ángel) y su esfuerzo por abrir la escultura simplemente al valor de su masa y de su volumen.
Es principalmente la primera de las características formuladas, sus tallas sin acabar, lo que sugirió su vinculación a una supuesta escultura impresionista, porque de la misma manera que en pintura los impresionistas reducían la imagen a retazos de color, dejando como “incompletos” también sus cuadros, así Rodin parecía jugar en la masa de sus obras con la misma técnica.
Pero en cualquier caso esto sería reducir en exceso la obra del autor, lo que demostraría una vez más que no es del todo afortunado tratar de definir con términos pictóricos los movimientos de la escultura. Rodin buscaba también otros aspectos, como materializar las pasiones, es decir, manifestar a través del modelado la vida interior, la verdad interior. En este sentido se acerca a las propuestas de los simbolistas y de hecho es junto a Puvis de Chavannes con quien funda
la Société National des Beaux Arts.
En resumen la escultura inacabada de Rodin, consigue romper con la escultura tradicional de líneas cerradas, liberándola así de su masa y su volumen, que empiezan a ser autónomos, como el color y las formas empezaban a serlo también en la pintura. Esa es su gran aportación y la puerta que abre hacia el futuro el camino de la modernidad.
El beso, es tal vez su obra más popular y conocida. De la misma hay otra versión en Londres (Tate Gallery), si bien en ambas se advierten las mismas características que la convirtieron en una de las obras más bellas y más influyentes de su autor.
El Beso es en realidad una obra que quedó suelta (como El Pensador. Museo Rodin. París 1880-1900), pero que estaba pensada para decorar una enorme puerta que abriría el nuevo Museo de Artes Decorativas de París, lo que él llamó
La Puerta del infierno y que no llegaría a culminarse. La propia obra responde a la temática propuesta de tal forma, que representa los amores de Paolo y Francesca, personajes del Infierno de Dante, pieza en la que se inspiraba toda la concepción de la puerta, de ahí su título.
Se trata ante todo de concebir la escultura desechando la composición desde un solo punto de vista, y por el contrario contemplar la obra desde varias perspectivas. Es decir convertir una obra en varias obras a la vez, según desde dónde se observe.
Camille Mauclair un estrecho colaborador de Rodin indicaba al respecto: “Rodin hacía sucesivos apuntes de todas las caras de sus obras, a cuyo alrededor daba continuamente vueltas con el fin de obtener una serie de vistas conectadas en círculo... Su deseo era que una estatua se levantara totalmente libre y aguantara la contemplación desde cualquier punto; debía además guardar una relación con la luz y con la atmósfera que la rodeaba”. En relación a lo mismo declaraba su amigo Paul Gsell. “Su método de trabajo no era el habitual. Varios modelos desnudos, masculinos y femeninos, paseaban por el estudio o descansaban... Rodin los miraba continuamente...y cuando uno u otro daba un movimiento que le agradaba, le pedía que se quedara así, posando unos momentos. Entonces tomaba rápidamente el barro y al poco tiempo ya tenía hecho un boceto. Después con la misma ligereza, pasaba a realizar otro, que modelaba de la misma manera”. El resultado que se buscaba con ello, lo describe el propio Rodin: “Las diferentes partes de una escultura, cuando se las representa en momentos temporales sucesivos, producen una ilusión de movimiento real”.
Ciertamente en El Beso se pueden contemplar varios aspectos sucesivos del propio gesto de los amantes, que enriquecen la visión e introducen la continuidad temporal en la obra: Para empezar hay que destacar el juego de entrelazo que crean las líneas de brazos y piernas, y que consiguen enredar a los amantes en una composición que termina fundiéndose en el propio beso, imagen paradigmática del propio gesto de amor.
Para ello la composición sigue un efecto en espiral: de la rugosidad de la piedra sin desbastar, surgen las piernas que ejercen un efecto de impulso ascendente a través de la posición de las tres rodillas; posteriormente, los brazos van cerrando la composición en un juego de líneas contrarias, hasta culminar la pirámide visual en la fusión de ambas cabezas en el beso.
La característica técnica de su autor, el inacabado de las figuras, se advierte principalmente en el arranque de las piernas que parecen surgir de la piedra, de la propia naturaleza, de lo primitivo, y en los rostros, que pierden toda su apariencia al diluirse en el propio gesto de besar. Con ello y los contrastes de luz que ello supone, gana enormemente su efecto expresivo.
A su vez, la solución formal de multiplicar los planos de visión de la obra permite ver una escultura múltiple: aquélla en la que prevalece la sensibilidad de un beso tierno, si la contemplamos anteponiendo la espalda fina y delicada de la mujer; la de un beso arrobado y pasional, si anteponemos el cuerpo musculoso del varón; o la de un gesto simplemente de amor, si prevalece la imagen de brazos y rodillas de los amantes y el brazo izquierdo de la dama nos oculta el propio beso, pero nos transmite toda su ternura cogiendo a su amante por el cuello.
Y todo ello sin perder lógicamente la unidad, en este caso, la unidad conseguida a través del movimiento compositivo, que es lo que da continuidad y sucesión a todo el proceso gestual.
Una obra por ello compleja y conseguida, y además bella. Muy bella, por su modelado, y por las calidades incomparables que le otorga el material, la magia del mármol que nos transporta sutilmente hasta la propia magia del amor.