A. Sánchez: "El pueblo español tiene un camino que conduce a una estrella" PDF Imprimir Correo
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Escrito por Ignacio Martínez Buenaga (CREHA)   

El pueblo español tiene un camino que conduce a una estrella.

A. Sánchez

Pabellón de España. París 1937.


En el contexto especial e irrepetible del año 1937, en el que España se debatía en una sangrienta Guerra Civil, y en el entorno igualmente singular de la Exposición Internacional de París de 1937, la aportación artística española al Pabellón con el que participó el gobierno legítimo de la República en dicha exhibición, constituyó una de las muestras más valiosas de la llamada Edad de Plata del arte español.

Así fue, entre mayo y noviembre de 1937 se celebra en París una Exposición Internacional, que bajo el título “Exposición Internacional de Artes y Técnicas en la vida Moderna” y un lema lleno de esperanza “Por el progreso, el trabajo y la paz”, intenta presentar al mundo una muestra de los avances técnicos y los trabajos artísticos más importantes del momento. La España republicana participa con lo mejor de su muestrario artístico. Para empezar el propio Pabellón, obra de Luis Lacasa y José Luis Sert, y que apostaría por la vanguardia del Racionalismo arquitectónico más audaz. Y como perfecto joyero, allí se fueron agrupando obras de Joan Miró, de Julio González, de Francisco Pérez Mateo, de Pablo Picasso, Gutiérrez Solana, Mateo Díez, Emiliano Barral, Jospe Renau, y muchos otros más, y por encima de todas sus aportaciones, dos obras maestras que conviertiron el Pabellón en un símbolo del mejor arte contemporáneo, el Guernika de Picasso, y a la entrada del recinto una magnífica escultura de más de doce metros de altura firmada por el escultor Alberto Sánchez bajo el largo título de “El pueblo español tiene un camino que conduce a una estrella” .

Alberto Sánchez vivió como artista y como persona esta época cargada de contradicciones y contrasentidos, pero que iba a dar al traste con una de las fases más creativas del arte español. Mucho menos conocido que Pablo Gargallo o Julio González, Alberto Sánchez fue un magnífico escultor, que no obstante tuvo una vida artística mucho más breve que aquéllos, en buena medida forzada por un exilio obligado en la URSS que propició su olvido. Toledano de nacimiento, sus primeras obras se sintieron atraídas por la influencia del Cubismo que parecía invadir todo el arco creativo de las artes plásticas españolas, incluida la escultura, donde el propio Picasso también había realizado sus propias incursiones. Más adelante A. Sánchez se decantaría por el Surrealismo, aunque sin perder en ningún momento un sustrato de tradición popular que siempre llevó consigo en su obra.

Su pieza más conocida, más espectacular y sin duda más hermosa es este curioso “obelisco” en palabras de su amigo Pablo Neruda, que presidía la entrada al Pabellón de España en la Exposición de París de 1937. En realidad se trata de una imagen curiosa porque puede interpretarse desde diferentes lecturas y que sólo lejanamente se acerca a los postulados estéticos surrealistas, en todo caso por la importancia de lo onírico, aunque en este caso traducido en anhelos más que en sueños, y también por la estética de la fantasía.

Pero si aceptamos un sustrato realista vemos la pieza como un delgado cactus que se estiliza hasta las alturas. Un cactus, un ser vivo al fin y al cabo, impertérrito ante la adversidad, duro como la piedra, inexpugnable, defendido como está por púas y espinas, y que resulta indomable frente a las condiciones más adversas. Es evidente el simbolismo que lo emparenta con la España democrática que está en esos mismos momentos sufriendo los embates del fascismo, y que se defiende de él con la misma entereza que la planta.

Aunque la escultura puede interpretarse también desde otros ángulos porque su composición helicoidal convierte la pieza en una metáfora ascendente que se eleva y se retuerce hasta alcanzar la estrella que en la pieza original coronaba la obra junto a una paloma igualmente simbólica y que da título a la obra. Y en efecto, parece efectivamente que el pueblo español en su esfuerzo por crecer y prosperar, al final alcanzará esa estrella que le aguarda en lo alto del futuro, cuando acabe de una vez con la amenaza que en forma de Guerra Civil entorpece su camino. Aunque por encima de todo la pieza es un canto a la esperanza de un futuro mejor, porque es evidente que el puño cerrado en que parece culminarse la escultura alcanza finalmente la estrella prometida y la paloma que ambiciona la paz.

La escultura de Alberto Sánchez es además un icono enhiesto, que como una columna gigante o como un obelisco, que decía Neruda, se yergue firme, con su presencia enorme, para alertar a todos cuantos se acercaban al Pabellón, a todos los que seguimos mirando su reproducción, como si de un recordatorio se tratara, que allí había representado un país que luchaba y moría en aquel entonces por la libertad y que seguiría haciéndolo mientras los españoles no alcanzaran su estrella. Un camino en fin, tortuoso como la propia escultura, erizado de dificultades como el cactus que representa, pero que al final alcanzará su objetivo.

Lástima que no se cumpliera el deseo, y que la estrella anhelada se perdiera en aquellas páginas tristes de nuestra historia, lo mismo que la estrella de verdad y la paloma que remataban la figura se extraviaron igualmente con el resto de la escultura cuando acabó la Exposición. Triste fin, igualmente simbólico. Por eso, de aquella obra hoy sólo queda una reproducción incompleta que sirve de antesala actualmente a la entrada del Museo Reina Sofía de Madrid.

El original se había realizado en cemento coloreado y desde el punto de vista estético consiguía un efecto estilizado y filiforme de formas curvilíneas y helicoidales, que más allá de todos sus significados anteriormente explicados, consiguía una belleza estética de equilibrio y elegancia realmente insuperables.

 


 

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