A. Saura: "El grito nº 7" PDF Imprimir Correo
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Escrito por Ignacio Martínez Buenaga (CREHA)   
Martes, 20 de Mayo de 2008 19:30

 

”Grito nº 7”.

A. Saura.

Museo Reina Sofía, Madrid, 1959.



Si el Informalismo en Europa se ve directamente afectado por la Segunda Guerra Mundial, en España las consecuencias terribles de la Guerra Civil y su posguerra aún más terrible, tendrán una secuela cultural y artística mucho más grave. Si en Europa nace como consecuencia un arte desgarrador y crítico, en España ni siquiera hay arte, al menos durante una década. Era el precio que se pagaba por el triunfo de un régimen fascista que anatemiza el arte de vanguardia y a sus artistas, y que además empujaba a la muerte, el exilio o la cárcel a sus mejores autores. Se puede decir que en España después de la guerra se produce una ruptura total con el arte de la primera mitad de siglo, que por cierto había representado otra de nuestra épocas más doradas. A cambio el panorama artístico de postguerra no puede ser más desolador, pobreza intelectual, ignorancia integral de sus autoridades políticas y un mercado artístico reducido a una burguesia conservadora y católica cuyos gustos no superan la frontera del siglo anterior.

No obstante, la pujanza y la vitalidad que el arte español ha demostrado a lo largo de toda su historia había de tener finalmente su respuesta. Esta se produce tímidamente a finales de los años cuarenta con la aparición de los primeros grupos de vanguardia que se atreven a enlazar sus propuestas con la de las vanguardias anteriores: así ocurre con el Grupo Pórtico en Zaragoza; la Escuela de Altamira en Santander, y sobre todo el grupo Dau al set (Dado el número siete), cuyos artistas, J. Tharrats, A. Tàpies, M. Cuixart entre otros, desarrollaron una labor de reactivación artística y cultural en Barcelona de primera fila.

Más adelante, ya en 1957, y en el contexto del ligerísmo aperturismo que supone la llegada al regimen de los ministros del Opus Dei y el desarrollo económico y turístico posterior, irrumpen una serie de autores innovadores enmarcados en una serie de grupos emblemáticos: así el Grupo El Paso, en el que se integran A. Saura, M. Millares, Canogar o L. Feito entre otros; el Equipo 57, o el Grupo Parpalló en Valencia, que toma el nombre de la cueva de arte prehistórico. A los que también se podrían añadir otros nombres aislados como los de José Guerrero, instalado en Nueva York e influido por los expresionistas abstractos norteamericanos, Manuel Hernández Mompó o Josep Guinovart. Todos ellos con un afán por enlazar con las tendencias artísticas que se están desarrollando en Estados Unidos y Europa, y manifestando una vez más, una riqueza de opciones y de lenguaje artístico, y una calidad técnica, que a pesar de las dificultades políticas que se viven para realizar cualquier actividad inteligente en nuestro país, colocan a muchos de sus autores en el belvedere de la pintura contemporánea de la segunda mitad de siglo.

Antonio Saura (Huesca 1930-1998) es uno de ellos, es además el principal responsable del Grupo El Paso, y desde luego uno de los pintores más importantes del arte contemporáneo en España.

Aunque se inicia tímidamente en el surrealismo, pronto se desencanta, acercándose mucho más interesadamente hacia las nuevas corrientes artísticas. De su estancia en París queda su aproximación al Informalismo francés, aunque son las experiencias del Expresionismo abstracto norteamericano, especialmente De Kooning y Pollock, con las que Saura tiene una deuda evidente.

Su pintura a partir de entonces gana en fuerza y expresividad, llena de una espontaneidad que surge del gesto automático tomado de los expresionistas abstractos americanos, pero al mismo tiempo de una agresividad y violencia en el trazo y las formas que son consecuencia directa de la época que le toca vivir en aquella España moribunda, pero que también son una herencia clara de lo mejor del expresionismo español, especialmente de otro aragonés como él, de Goya.

Su pintura apenas tiene color, negro y blanco en la mayoría de las ocasiones, y su pincel recorre el lienzo con una fuerza, con una vehemencia, que sólo se entiende dejando que sea su propio grito interior el que explosione sobre el cuadro, incluyendo el chorreado de la pintura en cada trazo. Es pura action painting, dripping incluido. No obstante hay una personalidad marcadísima en Saura, sobre todo porque nunca abandona la figuración, consiguiendo una perfecta simbiosis entre abstracción y realismo.

En el Grito, una de sus obras más conocidas y emblemáticas se advierte toda esa fuerza y expresividad pictórica de Saura, que lo mismo que Munch en su momento, hace del grito pintado un verdadero estertor sobre todas las conciencias. Un grito de rabia, de rebeldía, de frustación, de desahogo en cualquier caso, de feroz expresividad. Un grito en blanco y negro que estalla sobre el cuadro porque no es sólo una figura que intuimos que grita, es un grito en sí mismo pintado, y cuyo sonido se fue extendiendo acusador sobre aquella misma España negra y gris.


 

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