| A. Van Dyck: "Carlos I de Inglaterra" |
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| Escrito por Ignacio Martínez Buenaga (CREHA) |
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Carlos I de Inglaterra A. Van Dyck. Museo del Louvre. París. 1635. Uno de los grandes pintores holandeses del periodo Barroco, aunque afincado durante gran parte de su vida en Inglaterra fue Anton van Dyck (Amberes 1599- Londres 1641). Van Dyck fue el séptimo de doce hermanos, y un verdadero niño prodigio que a los 16 años ya había montado su propio taller en su ciudad natal de Amberes junto al pintor Jan Brueghel el Joven, hijo del no menos conocido Jan Brueghel el Viejo. Si bien su verdadera formación estuvo estrechamente vinculada a la figura de Rubens del que sería según su propio mentor su mejor discípulo. En sus primeras obras se nota además buena parte de su influencia, si bien muy pronto abandonó la fogosidad y la agitación del maestro por una pintura de formas más estilizadas, elgantes, moderadas, y de mayor armonía y equilibrio en sus composiciones. Aunque no es menos cierto que en el género del retrato, del que Van Dyck es uno de sus mejores maestros, Rubens siempre adoptó un estilo más moderado y elegante, que sin duda influyó sobre su discípulo. Como su maestro también tuvo oportunidad de viajar y ampliar con ello su abanico de influencias. Ya a los 21 años marchó por primera vez a Londres, donde se quedó once años. Luego volvería a Flandes, viajaría a Italia, regresaría a Flandes, para volver a viajar a Londres de forma definitiva a partir de 1632, en parte debido a la difícil competencia que tenía que mantener con el propio Rubens, y en parte también por la generosidad del rey Carlos I de Inglaterra que le colmó de bienes y prebendas. Por ello se convertiría lógicamente en su principal retratista. Todo este amplio cúmulo de enseñanzas y su indudable talento le convertirían como hemos dicho en un magnífico retratista, género en el que a todo lo dicho habría que añadir su fina percepción del perfil psicológico de los retratados y una indudable delicadeza para integrar la imagen de cada cual en el ámbito de su propia clase, subrayando siempre su porte y distinción. Es más, puede decirse que gracias a ello van Dyck establece las pautas generales de lo que será el retrato europeo del seiscientos, dando buena prueba de ello ya en algunos ejemplos precoces por ser obras de juventud (su maravilloso Autorretrato -Pinacoteca de Munich. 1619-1629) o en obras de madurez (retrato de su mujer, María Ruthwen -Museo del Prado. 1639-1640). En su amplia obra, a pesar de su muerte relativamente temprana, destaca en todo tipo de géneros, pues también realizó obra mitológica, religiosa y de historia. Pero sin duda su éxito se cuajó alrededor del retrato y especialmente de los que desarrollará en Londres, donde a parte de su estrecha relación con el rey trabó amistad con una sociedad selecta, de la que él mismo fue uno de sus principales miembros. Los retratos de rey los combinó en muy distintas poses, y o bien acompañado de su mujer Enriqueta o rodeado de su familia, aunque los retratos más habituales son del rey solo, en ocasiones cazando, otras a caballo, o posando simplemente, como en el ejemplo que estamos tratando. En todos ellos mantiene ese estilo suyo tan característico, definido por el formato de cuerpo entero, normalmente sobre fondo neutro, sencillez en las poses y espontaneidad en el gesto, pero sin perder nunca de vista sus mejores galas: la profundidad psicológica, la elegancia distinguida y la idiosincrasia de clase del retratado. En concreto este retrato del Louvre, lo presenta de pie ante su montura como un gentilhombre cazador, en un tono distinguido, porte elegante y aureola regia. Técnicamente es una pintura de pincelada suelta, que se diluye en el tratamiento del paisaje, que como un fondo vaporoso actúa como telón de fondo y contribuye así a la percepción de la perspectiva aérea. Sobre ese fondo destaca con nitidez la figura del rey, estableciendo ya una distinción técnica entre planos, que será otra de las contribuciones al retrato barroco, que perfeccionarán otros como Velázquez. El color recoge la tradición de toda la pintura holandesa de este periodo y en especial la aportación de Rubens, y se trata por tanto con un cromatismo calido, pastoso y brillante, que también en este aspecto marca la pauta que seguirá la pintura del seiscientos. Por todo lo cual queda claro que van Dyck, aunque eclipsado por las figuras mucho más conocidas de Rubens o Rembrandt, es sin duda uno de los grandes nombres de la pintura flamenca y holandesa del periodo barroco, pero es que además es uno de los pioneros en la acuñación de un estilo y un modelo pictórico que servirá de referencia para muchos de los grandes maestros de este periodo. Es por todo ello van Dyck un pintor de una indubale importancia, mayor de lo que podría deducirse de su atención historiográfica. Otros artículos de esta sección...
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