| A. Warhol: "Marilyn" |
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| Escrito por Ignacio Martínez Buenaga (CREHA) |
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"Marilyn" Andy Warhol. Col. Particular. 1964. Después de una serie de movimientos artísticos posteriores a
El Pop art es un fenómeno íntimamente ligado a la época irrepetible de los años sesenta y como no podía ser de otra manera en esas fechas, tiene su origen en Inglaterra, a pesar de resultar con el tiempo un fenómeno típicamente americano. En efecto son un grupo de jóvenes artistas británicos, entre quienes cabe destacar a David Hockney, Richard Hamilton o Peter Blake, quienes a finales de los años cincuenta inician un proceso de renovación y búsqueda, que dará al traste con un arte popular, que recurre a la figuración objetiva, que resulta de formas sencillas y próximas al entorno iconográfico de la sociedad del momento y que es ciertamente joven, sexy y simpático, como decía Hamilton. Toma muchas de sus referencias visuales de la publicidad, el cómic, la fotografía, el cine y los mitos de la época, así como de objetos corrientes. Incluso su modo de trabajo se identifica con los procesos industriales del momento, de tal forma que las imágenes se elaboran en serie y se venden como productos de supermercado. El resultado consigue alejarse de la intelectualización en la que había caído el arte del momento, hasta alcanzar de lleno la frivolidad, y acercarse al espectador más corriente, lo que sin duda populariza el fenómeno artístico, de ahí su nombre pop. El pop responde además de una forma precisa a la época que le toca ilustrar, una época marcada por la recuperación económica y el consumismo, por la liberalización de las costumbres y por el triunfo de la juventud, que marcó la década prodigiosa de los años sesenta. El pop refleja todo este devenir en sus propias imágenes y por ello es lógico que se desarrollara con más ímpetu en aquellos países cuyo desarrollo económico acuñaba precisamente ese tipo de sociedad: fundamentalmente Inglaterra, pero sobre todo Estados Unidos. Es allí donde el pop alcanza un mayor arraigo y difusión, hasta convertirse en la manifestación más característica del arte americano de la segunda mitad de siglo. Entre los artistas que participan del movimiento, tres se convierten rápidamente en las claves del Pop art americano: Andy Warhol, Roy Lichtenstein y Tom Wesselmann. Todos ellos responden al criterio de un arte frío, tanto por su realización (formas precisas, nítidas, de pulidos acabados) como por su intención, ya que sus obras tienen poco de propias, pues son los objetos los únicos protagonistas y al propio tiempo tan impersonales que anulan cualquier emoción o apasionamiento por parte del autor. No obstante, las diferencias entre los tres artistas citados son evidentes. Así Andy Warhol, toma sus referencias e inspiración de los objetos cotidianos y las imágenes de la publicidad; Lichtenstein, del grafismo del cómic, y Wesselmann, del desnudo femenino. A ellos también podrían añadirse otros nombres pop cuya influencia con el tiempo no sería menor, así Jim Dine, Robert Indiana, Claes Oldenburg, G. Segal y por supuesto James Rosenquist. Una de los personajes más representativos de lo que fue la sociedad occidental de los años sesenta y también una de las figuras más superficiales a la hora de entender lo que es realmente el arte fue Andy Warhol, en realidad Andrew Warhola, un hijo de emigrantes eslovacos. Nunca entendió el arte más que como una forma de ganar dinero y de paso fama. En todo caso tampoco pretendió engañar a nadie, puesto que ya lo decía él mismo: “Si pinto de esta manera es porque quiero ser una máquina”. Es decir, se trata de producir como una máquina y ganar el dinero que permiten ganar las máquinas en las sociedades industrializadas. Así que no se trataba de pintar en el literal sentido de la palabra, sino de producir imágenes que se convirtieran en reclamos iconográficos de una sociedad de consumo:
Elegida esa imagen como estereotipo se trata simplemente de recortarla, encuadrarla, mandarla al taller de serigrafía y obtener formatos diversos. De ahí, se pueden obtener tantas copias como se desee, e igual que si se tratara de una tapicería, ofrecer al consumidor todos los colores que se deseen y todas las variaciones que se quieran. Tampoco es de extrañar, considerando sus pretensiones, que Warhol convirtiera con el paso de los años su primer estudio en una nave industrial, su famosa Factory donde igual se seguían haciendo serigrafías, que se fabricaban discos, se producían películas o se editaban revistas. Pero Warhol tuvo una virtud y es que supo elegir con mucho criterio algunas de sus imágenes más conocidas, hasta convertirlas en iconos, ya no sólo de su época sino incluso del S. XX. Es el caso de sus múltiples versiones del retrato de Marylin, mujer que engloba perfectamente todos los símbolos del momento: el de su belleza sexy, el de la artista famosa, el de la frivolidad y la inocencia, y todo ello acabado en un trágico final. Si Marilyn Monroe por todo ello ya se convirtió en un símbolo por sí misma, Warhol lo enfatizó a través de sus imágenes, que tienen una fuerza expresiva indiscutible: en parte porque el propio retrato del rostro tan hermoso de Marilyn estaba cargado de insinuación y sensualidad, pero también porque el hábil juego de colores utilizado y la fuerza de los trazos que otorga la serigrafía, consiguen un icono intemporal e inagotable.
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