A. Watteau: "L'enseigne de Gersaint" PDF Imprimir Correo
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Escrito por Ignacio Martínez Buenaga (CREHA)   
"L'Enseigne de Gersaint"

A. Watteau
Castillo de Charlottenbourg. Berlín. 1721.


El S. XVIII constituye un momento de cierta indefinición estilística, porque mientras perviven todavía en muchos lugares manifestaciones puramente barrocas, en otras la propia evolución de ese mismo estilo ha dado lugar a ese periodo singular y con vida propia que es el Rococó, lo que no impide que al propio tiempo se estén gestando ya en muchos lugares los primeros balbuceos hacia lo que será el rígido academicismo del periodo Neoclásico. Tampoco debe de extrañarnos esta aparente incoherencia si consideramos que también la propia sociedad de la época vive una verdadera encrucijada en la antesala de la Revolución, entre una nobleza despreocupada y desenfadada que juega a ser eternamente feliz y el empuje de una burguesía cada vez más concienciada que está a punto de dar el paso definitivo hacia el poder. Por ello mientras aquélla da al traste con un arte igualmente frívolo como es el Rococó, el racionalismo que está amparando en todos los ámbitos la misma Ilustración, también tendrá su correlativo artístico en un interés por el orden, la medida, la proporción, e inevitablemente por una mirada todavía tímida pero ineludible hacia el arte clásico.

En el campo de la pintura la complejidad de la época es aún mayor considerando las diversas manifestaciones que se suceden en los distintos puntos de Europa, si bien parece un hecho evidente que las muestras más singulares de la pintura rococó se dan en Francia. Se trata de un arte agradable, sensual y desenvuelto, cuyo objetivo fundamental es agradar a quien lo contempla. El arte en general se trivializa y pierde el sentido trascendente que había tenido en el siglo XVII. Por lo mismo, los temas coinciden con el ambiente desenfadado de los círculos aristocráticos del S. XVIII: temas amorosos o asuntos galantes y superficiales, pero siempre en un tono de alegre insinuación o descarado erotismo, como es lógico considerando el ambiente de libertad sexual característico de aquellos círculos. En este sentido es igualmente significativo el papel protagonista que adquiere la mujer.

Entre los autores que crean en Francia un sello de identidad y calidad de la pintura rococó podríamos destacar autores como François Bucher, el mismo J.S. Chardin o el propio Jean Honoré Fragonard. Sin olvidar otros nombres cuyas obras no son menos sugerentes, caso de Greuze, que anuncia el Neoclasicismo de Ingres y David, o Madame Vigée-Lebrun, que deja constancia de la importancia de la mujer en este siglo, en este caso como maravillosa artista.

Aunque sin duda, de todos ellos tal vez el más destacado fuera A. Watteau, uno de los mejores pintores no sólo de este periodo, sino de la historia de Francia, a pesar incluso de su temprana muerte que le privó de haber llegado todavía más lejos en su carrera artística.

La suya fue una vida misteriosa en gran medida porque sabemos muy poco de ella, salvo algunos detalles en parte anecdóticos y en parte significativos: Por ejemplo que nació en Valenciennes una ciudad al norte de Francia que había sido conquistada por este país sólo siete años antes, en tiempos de Luis XIV, por lo que para la mayoría de sus contemporáneos Watteau fue considerado un pintor flamenco y como tal contó con la influencia de la pintura flamenca y holandesa del siglos anterior, en especial de Rubens.

Fue también un hombre "sin casa" que toda su vida vivió en las de otros amigos o colegas; que fue también un artista de su tiempo, vinculado al mundo de sedas y tafetanes, de juegos y de fiestas galantes, que se reproducen en sus cuadros como un reflejo de aquel siglo desenfadado francés, hasta el punto de asignarle a él el membrete de pintor de "fête galante", y que en, fin murió a los 37 años (1684-1721) de tuberculosis cuando aún tenía tanto por pintar.

Watteau define perfectamente la pintura rococó en Francia. Un estilo que rompe la tendencia clasicista francesa de muchos años, con un afán innovador de dar rienda suelta a la libertad en los temas, pero también a la libertad técnica y formal, volviendo al protagonismo del color, a la movilidad de las composiciones y a la técnica de ejecución más abierta y suelta. No es de extrañar que en ese contexto la mirada de un hombre del norte como Watteau se volviera hacia Rubens, pero también hacia la luz de la pintura veneciana.

Watteau añadió a todo ello sus formas vaporosas y sus colores cálidos y pastosos, con los que envolver esas atmósferas elegantes, exquisitas, idealizadas, siempre decorativas, en las que no faltan algunos guiños hacia el mundo clásico, y por supuesto algunos caprichos picantes, a los que tan aficionados van a ser estos pintores rococós, y que en el pincel de Watteau alcanzan un grado de indudable belleza en ejemplos como La toilette íntima (Colección particular. 1715) o El juicio de Paris (Museo del Louvre. 1719).

Bien distinto es este cuadro póstumo del mismo autor, que pinta poco antes de morir, y que es resultado de un ejercicio "para desentumecer los dedos" después de un viaje a Londres que realiza probablemente para tratarse la tuberculosis que le estaba matando.

El cuadro se pinta por eso en tan sólo ocho días, y resulta por eso mismo más sorprendente su calidad y factura. A pesar incluso de que el lienzo fue posteriormente amputado por los lados, con lo que se perdió parte del mismo, y de que se pintó en dos telas distintas, que no obstante nunca tuvieron marcos separados.

Su tema no ha de extrañar, puesto que se pintó para ser colocado en una tienda de cuadros de un amigo, el marchante Edmé-François Gersaint situada como tantas otras en el Pont Notre Dame de París. Allí hacía las veces de cartel anunciador de la tienda, colocado por tanto en el arco de entrada a la misma y a la intemperie. Por fortuna sólo estuvo allí quince días, luego pasó a manos de otros dos amigos, hasta que finalmente quedó en posesión de uno de los admiradores de Watteau, Federico el Grande.

En cualquier caso, el cuadro, por su concepción y temática se convierte en un auténtico homenaje al mundo de la pintura, de sus artistas, de sus obras y de sus marchantes, y en cierto modo también en un homenaje póstumo a su autor y su tarea. Incluso resulta un referente de sus influencias, porque recuerda las pinturas de gabinete de los pintores flamencos del S. XVII, recuerda en su color y concepción a Rubens o Van Dyck y se acerca también a las escenas de género venecianas de un Longhi o un Guardi.

No faltan las imágenes refinadas y elegantes propias de su autor, algunas con sus detalles de mórbida sensualidad, como la dama que aletea su capa vaporosa de un rosa delicado y volviéndose delicadamente nos deja entrever el tacón de su zapato.

Ella misma a través del joven que le tiende la mano nos lleva hacia el fondo y hacia el mostrador, cuya diagonal vuelve a retrotraernos al primer plano, configurando de esta forma una composición en arco o abanico, que en realidad lo que nos permite ver es una panorámica del arte en sus múltiples manifestaciones envolviendo la sala.

Como en otras obras, la pincelada es suelta y abierta, y el color siempre cuidado y suave, sin que falten los detalles de virtuosismo técnico que vemos ejemplificados en las texturas, especialmente de telas y rasos.

En ocasiones se han querido identificar todos y cada uno de los cuadros aquí representados, buscando incluso preferencias o fobias de su autor. Simplemente hay un repaso general a la pintura y sus géneros, y por eso hay de todo: mitología, pintura religiosa, retratos, bodegones, paisaje y por supuesto muchos cuadros de desnudo. En definitiva un testimonio de la riqueza del arte y del simple placer de contemplarlo.



 

 

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