Alonso Berruguete: "San Sebastián" PDF Imprimir Correo
(0 votos, media 0 de 5)
Escrito por Ignacio Martínez Buenaga (CREHA)   

San Sebastián.

Alonso Berruguete.

 

Museo Nacional de Escultura. Valladolid. 1526-32.

 

En el campo de la escultura española del S. XVI pugnan abiertamente dos corrientes diferentes: por un lado una tendencia innovadora procedente de Italia, y por otro la escuela hispánica tradicional.

La primera, supone la importación de obras y artistas italianos, que trabajan habitualmente en el sur de la Península y sólo ocasionalmente en la Corte. Trabajan preferentemente en mármol y sus autores más destacados son tres florentinos asentados en nuestro país: Domenico Fancelli, Pietro Torrigiano, y Giacopo Torni, llamado "el florentino".

La corriente hispánica enlaza perfectamente con la veta tradicional de tipo artesanal proviniente de la Edad Media. Esta tendencia trabaja habitualmente la madera con técnicas de estofado y encarnado, que tanto éxito adquirirán posteriormente, durante el periodo barroco, en el nuevo marco religioso que propicia el Concilio de Trento. En esta escuela tradicional prevalecen la expresión dramática y el sentimiento, tan características de nuestra plástica, frente a la corriente italiana mucho más preocupada por la belleza formal. Destacan en este grupo de artistas españoles Juan de Juni, que representa la vena puramente hispánica, y Alonso Berruguete, de un clasicismo mucho más italianizante.

En cualquier caso, lo mismo que en la arquitectura renacentista española, salvo en muy raras excepciones, predomina el elemento tradicional y ornamental sobre las estructuras clásicas, en la escultura también prevalece lo propiamente hispánico, de tal forma que hasta en los autores italianos se deja ver la huella expresionista tan propia.

Alonso Berruguete (Paredes de Nava, Palencia 1490-1555), hijo del pintor Pedro Berruguete, es sin duda uno de los representantes más ilustres de la escultura del S. XVI en nuestro país. A principios del siglo marcha a Italia para aprender de los maestros del Renacimiento italiano, en un fenómeno que luego será habitual entre los artistas españoles. Allí vivió durante doce años, que le permitieron conocer a los artistas más famosos del Cinquecento e incluso asistir a hechos tan significados como el descubrimiento del Laoconte en 1517, que tanto influiría en Miguel Ángel y en él mismo también.

Vuelto a España se instaló definitivamente en Valladolid, auténtica capital de la escultura española durante este siglo y el siguiente. Sus obras denotan su formació italiana, aunque con una influencia manierista mucho más acusada y un afectamiento expresivo mucho menor que en Juan de Juni, por ejemplo, el otro nombre propio de la escultura española del Quinientos. De tal forma que ambos autores, a los que podemos considerar los máximos representantes de la escultura del XVI en España, siguen caminos distintos e incluso divergentes. Así la monumentalidad de Juni, es en Berruguete, delicadeza formal, y la exageración dramática de aquél, es emoción contenida en éste, trasnmitiendo así un sentimiento religioso íntimo y nada teatral. Además su manierismo es mucho más agitado y dinámico, y menos volumétrico. En última instancia se puede afirmar que la obra de Berruguete destaca por un clasicismo que se oculta en la de Juni.

Entre sus piezas más conocidas sobresalen el famoso Sepulcro del Cardenal Tavera realizado excepcionalmente en mármol, para el Hospital del mismo nombre de la ciudad de Toledo (1554), así como el Retablo de San Benito de Valladolid, ya en madera policromada, del que se han conservado imágenes como el Sacrificio de Isaac o este San Sebastián, ambos en el Museo Nacional de Escultura.

En este caso concreto la obra es de un dinamismo propiamente manierista, porque la imagen se retuerce en una característica serpentinata de múltiples puntos de vista, de ritmo helicoidal, en torbellino, que es de una enorme dinamicidad. Obsérvese la disposición abierta de la composición, en un vórtice pleno, que provoca el giro violento de piernas, torso y brazos, hasta fundirse estos últimos en el tronco posterior.

Es además una figura de canon muy estilizado y de formas delicadas, todo ello igualmente manierista, lo mismo que su actitud danzarina, resbaladiza, en un juego de desequilibrio totalmente inestable. La obra así en conjunto, con su composición centrífuga y su inestabilidad, parece recorrer el espacio en un espasmo, como en un chispazo fugaz que resulta electrizante.

No obstante, y a pesar de todo lo dicho, este San Sebastián guarda un cierto respeto clásico al mantener el contraposto en medio de su espiral, y sobre todo a través de su solución expresiva, muy atemperada, muy serena y equilibrada, sin ningún exceso dramático, sino todo lo contrario. Se produce así un evidente contraste entre la concepción plástica muy movida y agitada, y la expresiva, moderada y paciente, en un efecto de intimismo religioso, de armonía psicológica, que enlazaría con la línea más clásica del Renacimiento.

SSebastin0

 

Escribir un comentario


Código de seguridad
Refescar