B. Cellini: "Perseo" PDF Imprimir Correo
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Escrito por Ignacio Martínez Buenaga (CREHA)   

 

Perseo.

Benvenuto Cellini.
Lonja dei Lanzi. Florencia. 1554.

 

 

Benvenuto Cellini (Florencia 1500- 1571) ocupa un lugar primordial dentro del panorama escultórico del S. XVI, lo que tiene un mérito añadido si consideramos que buena parte de su obra es contemporánea a la de Miguel Ángel.

Cellini fue hijo de músico, pero lejos de seguir la carrera de su padre pronto se reveló como un excelente orfebre, derivando de aquí su valía también como escultor, especialmente en bronce. Fue de los pocos discípulos que tuvo Miguel Ángel, aunque su vida atribulada lo llevó de un sitio para otro, y después de vivir un tiempo en Florencia, marchó a Roma, de aquí a la Francia de Francisco I que le dio protección y trabajo, y finalmente de nuevo a Florencia, aunque siempre huyendo de sus fechorías y pendencias. La suya fue por tanto una vida aventurera, llena de peripecias y excentrecidades pero también de delitos, a los que le abocaba su carácter camorrista y de los que tuvo que huir constantemente, aunque de algunos no pudiera, llegando incluso a ser recluido como reo en el castillo de Sant’Angelo.

De todo ello sabemos gracias a la Autobiografía que le dictó a un aprendiz, obra tal vez un tanto autocomplaciente, pero en la que se condensan también muchos aspectos del entorno artístico, de los maestros contemporáneos, y del mecenazgo artístico de la época. Su fama como orfebre fue verdaderamente precoz, lo que multiplicó sus encargos, que llegarían hasta Francia, donde elaboraría el famoso salero del rey Francisco I (Kunsthistoriches. Museum. Viena. 1543). También escribiría dos Tratados eminentemente prácticos sobre el arte de la escultura.

Algo más tarde y de vuelta a su Florencia natal, fundiría el Perseo de la Plaza de la Señoría, su pieza más conocida y su obra maestra. En cualquier caso no fue una tarea fácil. En primer lugar porque la escultura del S. XVI en Florencia había perdido parte de la tradición de la técnica al bronce que habían dominado en el siglo anterior Donatello, Ghiberti o Andrea Pisano, y en parte por razones puramente prácticas, pues falto de bronce pra fundir una escultura de más de tres metros de altura como es el Perseo, hubo de acudir a todo tipo de objetos y enseres cotidianos que encontró a mano, desde bandejas a jarras, vasos y copas, marcos de espejo e incluso munición estropeada. Reinventando la técnica de la fundición a la cera perdida de tradición clásica y siguiendo el magisterio de Donatello, finalmente dio forma a una pieza excepcional, que más allá de ser la representación del héroe mitoógico es también una imagen alegórica del triunfo de Cosme I de Médici sobre sus oponentes republicanos, en un claro signo de oposición a la imagen del David de Miguel Ángel que se situaba en la misma plaza de la Señoría de Florencia, y que como sabemos, también va más allá de la representación simbólica del héroe bíblico, lo era también de las aspiraciones republicanas frente al poder de los Médici. En este sentido no hay que olvidar que la obra del Perseo se inscribe en el periodo en el que Cellini, de vuelta a Florencia, queda bajo el mecenazgo de Cosme I de Médici.

Iconográficamente en cualquier caso reproduce el tema de Perseo, justo cuando el héroe ha dado muerte a Medusa y exhibe con vanagloria la cabeza del monstruo. Recordemos brevemente que Perseo es hijo de Zeus y Dánae y nieto de Acrisio, que los había arrojado al mar temeroso de que se cumpliera la profecía de que moriría a manos de su nieto. Recogidos en la isla de Sérifos y protegidos por su rey Polidectes, Perseo se enfrenta a él, que le reta a que traiga la cabeza de la Gorgona Medusa o de lo contrario se casaría con su madre. Medusa era un monstruo con manos de bronce, alas doradas, dientes de jabalí y serpientes en lugar de cabellos, y que condenaba a convertirse en piedra a todo aquel que osara mirarla. Pero ayudado por Atenea, que le prestó un escudo que brillaba como un espejo; de Hades, que le ofreció una hoz dorada; y de las náyades que le regalaron un casco que lo hacía invisible, un zurrón donde guardar la cabeza del monstruo y unas sandalias aladas, Perseo consiguió matar a Medusa. No contento con eso, de regreso a la isla de Sérifos salvaría a la bella Andrómeda, liberándola de su cautiverio. Por todo ello, Perseo asume el papel de héroe por excelencia, pleno de virtud y valentía. Y así nos lo representa Cellini.

La escultura se asienta sobre un elavadísimo pedestal con hornacinas y un basamento con relieves en bronce de un preciosismo detallista propio de un orfebre como era Cellini. Por otra parte, el alto zócalo acentúa las líneas verticales de toda la composición, que será una característica de la pieza.

El momento representado en la obra de Cellini reproduce la exaltación plena del héroe que muestra su triunfo, simbolizado en la cabeza de Medusa chorreando sangre, con todo el orgullo del vencedor, del ídolo victorioso, valiente e invencible.

Desde el punto de vista formal, Cellini, pone en práctica en esta obra buena parte de las consideraciones que propone en su Tratado de escultura, entre otras la necesaria multifacialidad de las piezas, que obligan al espectador a rodear la obra captando sus múltiples puntos de vista. Una solución plástica ésta que en realidad es una de las propuestas compositivas más habituales del Manierismo, que habían puesto en valor con sus composiciones en espiral tanto Giambologna como Miguel Ángel. En todo caso el Perseo no se caracteriza precisamente por este tipo de composición, sino más bien por una preeminencia de la estructura en vertical con la que acentuar la disposición ascendente del cuerpo de Perseo.

Hay en cualquier caso una serie de rasgos típicamente manieristas que se podrían añadir: el vistuosismo técnico en los detalles primorosos de toda la pieza; la multiplicidad de puntos de vista, ya mencionados de la escultura; la disposición forzada y retorcida del cuerpo de Medusa a los pies de Perseo; la imponente anatomía del héroe; así como un concepto de la instantaneidad, conseguida precisamente al solidificar el movimiento de la sangre que mana del cuello de Medusa, deteniendo así el movimiento en un instante, que será repetido posteriormente en muchos ejemplos barrocos.

No obstante y a pesar de todo lo dicho, el Perseo es una pieza en la que se conservan reminiscencias de tono clásico, que entroncan con el clasicismo del Cinquecento, en especial de tipo compositivo, porque la verticalidad del cuerpo del héroe obliga a una composición muy equilibrada, firmemente asentada, de un cimebrado contraposto, y en el que brazos y piernas abren ángulos perfectamente contrapesados a derecha e izquierda. Sin olvidar que la horizontalidad marcada por la espada y el brazo que sostiene la cabeza de Medusa compensa geométricamente la línea vertical que marca todo el cuerpo, consolidando de esta forma el equilibrio completo en la composción.

Opción ésta que tampoco debe de extrañarnos, porque el tema reclama un tono de sereno equilibrio, muy propio del clasicismo pleno. Al fin y al cabo, si Medusa representa simbólicamente el espejo en el que nos enfrentamos con nuestras propias culpas, y por ello enfrentarse a Medusa es afrontar con valentía nuestra propia sinceridad, la victoria de Perseo será también el triunfo de la armonía, del equilibrio y del sincero conocimiento de uno mismo. Un símbolo elevado de virtud varonil y por tanto idealizado, como las representaciones de los héroes clásicos.

Sin menospreciar la alusión al David de Donatello, referencia de Cellíni en su proceso de elaboración técnica de la pieza y obra con la que también desde el punto de vista formal tiene más coincidencias de las que parece a simple vista: la arrogancia del vencedor, pisoteando el cuerpo vencido; la serenidad de espíritu de ambos héroes; la exaltación del cuerpo en su desnudez; la sensualidad del bronce; la firmeza en la expresión; o la estabilidad compositiva. Y aunque es cierto que los cuerpos difieren en sus anatomías, más exagerada y extrema la de Perseo, más manierista por tanto, es innegable en ambas su rendición al más puro clasicismo.

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