B. Longhena: Santa Maria della Salute PDF Imprimir Correo
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Escrito por Ignacio Martínez Buenaga (CREHA)   

 

”Santa María della Salute”.

 

Baldassare Longhena.

Venecia. 1631.

 

La arquitectura barroca evoluciona desde las últimas propuestas manieristas fomentadas por la Contrarreforma, hacia una formulación arquitectónica que pretende crear edificios de carácter propagandístico y de concepción espacial unitaria.

El valor propagandístico convierte los edificios en escenarios, lo que explica la exageración decorativa, en fachadas, capillas interiores y retablos, donde el papel de la escultura y de la pintura es lógicamente esencial. Además, ese valor propagandístico requiere unidad de espacio, porque exige la total integración de todo el "escenario" en un único espacio visual.

Esto explica también el éxito de las plantas centralizadas, subrayadas en su unidad por el efecto lumínico y arquitectónico que ofrece la construcción de grandes cúpulas. Las plantas centralizadas ofrecen múltiples versiones: circulares, elípticas, octogonales, de cruz griega, etc. Pero eso sí, evitando siempre la sensación de placentera armonía de las plantas centralizadas de la arquitectura clásica.

La teatralidad barroca pretende integrar al espectador en su unidad espacial (como un actor más). Por ello plantea una arquitectura móvil (nunca estática), de tensiones visuales, en la que la vista no se centre en un punto, sino que siga un continuo recorrido, y que de esta manera mantenga siempre "pendiente" al espectador. De ahí y con ese fin, la utilización de paredes ondulantes, con juegos de líneas cóncavo-convexas, de juegos de luces, provenientes de múltiples focos; y por supuesto de una decoración realmente agobiante.

Este cambio tan espectacular que aporta la arquitectura barroca tiene en Italia su punto de partida, en un proceso evolutivo lógico que devendría de las últimas propuestas manieristas de finales del Cinquecento, y que tiene también su mejor expresión en la obra de dos grandes arquitectos, G. L. Bernini y F. Boormini, titanes de la obra arquitectónica barroca, pero también en la de un tercero en discordia, Baldassare Longhena.

La obra de Baldassarre Longhena (Venecia 1598-1682), sin ser tan determinante como la de sus compatriotas Bernini y Borromini, presenta también un catálogo amplio, de estrechas relaciones con Palladio y que resulta eminentemente práctico y funcional. En cualquier caso su fama la debe esencialmente a un edificio emblemático de la ciudad de Venecia, Santa María della Salute, iglesia construida como ex-voto, en acción de gracias por el final de la peste que asoló la ciudad por aquellos años.

La iglesia que aboca al Gran Canal se concibe en planta centralizada, en este caso en forma de un octógono en su zona principal, la dedicada a los fieles. En este mismo núcleo se levantan ocho gruesos pilares que servirán de apoyo a la cúpula, y que disponen un deambulatorio entre ellos y el muro.

El mencionado pasillo desemboca en el segundo cuerpo de esta monumental iglesia, colocado en la parte anterior del octógono y que constituye un amplio espacio oblongo dedicado a Capilla Mayor en su parte central, con dos ábsides en los laterales.

Tanto un cuerpo como otro, se ven reforzados en su centralización espacial por sendas cúpulas: en el octógono, con la cúpula principal del edificio, de casquete sin nervaduras, y en el segundo cuerpo con una cúpula de menor tamaño, aunque el juego de volúmenes que forman ambas resulta muy vistoso.

Al interior, el efecto lumínico es magnífico, gracias a las dimensiones de la cúpula, pero también merced a los ventanales que se abren junto al tambor, lo que a su vez consigue reforzar el efecto centralizador de la planta, porque la luz es diáfana en el centro del edificio, para difuminarse en el deambulatorio, volviendo a resurgir en la Capilla Mayor por efecto de la segunda cúpula, lo que también adquiere un evidente sentido simbólico.

Además también en este caso se combinan formas arquitectónicas diversas, enfundadas además en una solemne decoración que agitan enormemente las percepciones visuales del espectador.

Al exterior la imagen es igualmente espectacular. En primer lugar por la propia situación del templo, a orillas del Gran Canal como hemos dicho, besando prácticamente las escaleras el agua como si fueran los labios del edificio, formando además un istmo en medio del cauce, como si se tratara de una balsa en medio del agua, una isla de salvación, el único lugar seguro al que poder asirse el cristiano en medio de la confusión que había producido la peste en la ciudad.

La decoración además desborda los límites de la propia estructura del templo. Así en parte baja, de cada uno de los lados del octógono sobresalen otros tantos pórticos que se adelantan al plano de muro con rotundidad y volumen, sin escatimar decoración y con remates monumentales en frontón.

Sobre ellos se alza la cúpula principal que parece aireada por unas grandes volutas, que sirven además para nivelar la diferencia de anchura entre los dos pisos del edificio. Ventanas, efigies diversas y balaustradas completan el repertorio que enmascara el tambor que sirve de apoyo al casquete de la cúpula y la linterna que la remata.



 

 

 

 

 

 

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