Basílica de Ntra. Sra. del Pilar PDF Imprimir Correo
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Escrito por Ignacio Martínez Buenaga (CREHA)   

Basílica de Ntra. Sra. Del Pilar

 

Felipe Sánchez & Francisco Herrera el Mozo. Ventura Rodríguez

Zaragoza. 1680-1961.

 

La obra de la Basílica del Pilar, que constituye uno de los iconos visuales de la ciudad de Zaragoza, es básicamente un edificio de trazado y estilo Barroco, si bien su proceso constructivo, tan prolongado en el tiempo, dará lugar a un templo que a pesar de un cierto eclecticismo no pierde su unidad formal y de estilo.

El origen del Pilar arranca de la leyenda cristiana que admite la llegada de María en carne mortal a Zaragoza en el año 40 de nuestra era, apareciéndose al apóstol Santiago elevada sobre una columna, “el pilar” del que habla la tradición. Se habla por ello de una capilla construida al poco de producirse el milagro, aunque de ella no hay constancia ni arqueológica ni documental. Pero es lógico pensar que se construiría un edificio conmemorativo en el lugar, y de hecho sí que hay testimonio de una primera iglesia construida en la ciudad sobre este lado de la ribera del Ebro ya en el S. IX, y que probablemente respondería a una estilística mozárabe. Su deterioro era notable cuando se produce la reconquista de Zaragoza en 1118, por lo que se construye de inmediato un nuevo templo, en esta ocasión de estilo románico, que se concluiría ya en el S. XIII. Tampoco se conservaría demasiado en el tiempo porque sabemos de la construcción de un nuevo templo para adorar “el Pilar” a partir del S. XIV, en estilo gótico-mudéjar y que sería el definitivo hasta la remodelación barroca que ahora estamos estudiando.

Dicha remodelación se plantea ya avanzado el S. XVII en base a la tradición pilarista impulsada por la imposición postridentina y a la labor de algunos próceres de la ciudad como el maestro de obras Juan de Marca y el propio cabildo pilarista, que es quien concederá su aprobación al proyecto presentado por Felipe Sánchez. Constaba éste de una planta de salón de tres naves, con capillas laterales entre los contrafuertes, una cúpula en la nave central, aunque descentrada, y cuatro torres en las esquinas del rectángulo que formaba el edificio. Pero el proyecto debía de contar también con la aprobación de la Corte, y de ahí la intervención de Francisco Herrera el Mozo, arquitecto real, que introdujo algunas modificaciones en el proyecto original de Felipe Sánchez. Sus reformas consistieron en la centralización de la cúpula, como debía de corresponder a un modelo puramente barroco obsesionado por la centralización de los espacios, la disposición de dos ábside semicirculares en los lados cortos del rectángulo que forma el edificio, nuevas cubiertas a base de bóveda de cañon en la nave central y de arista en las laterales, cupulillas en tramos alternos sobre las naves laterales y la eliminación de las cuatro torres de los ángulos.

Las obras del edificio así diseñado comienzan en agosto de 1681 bajo la dirección del propio Herrera el Mozo, aunque al poco tiempo es reclamado en Madrid por lo que abandona la obra, asumiendo la conducción de las obras Felipe Sánchez, que no asumirá ninguna de las alteraciones propuestas por el arquitecto real salvo la centralización de la cúpula.

Desde ese momento inicial de las obras hasta 1725, la construcción del templo se encontró con múltiples dificultades y retrasos, y con interminables cambios y transformaciones según se aceptaran los proyectos de Felipe Sánchez o Herrera el Mozo. Se produce entonces una nueva fase constructiva de ampliación, previa a las transformaciones que introducirá más adelante Ventura Rodríguez. De tal forma que podríamos considerar que la larga obra inicial del Pilar se divide en tres fases: una primera que sigue los planos originales y está dirigida por Herrera el Mozo y Felipe Sánchez; una segunda hacia 1730 que supuso la ampliación del primer proyecto; y una tercera en la que se produce la intervención de Ventura Rodríguez.

La ampliación de principios del S. XVIII cuenta con la dirección de un nuevo maestro de obras, Domingo Yarza, que recupera la idea primigenia de construir cuatro torres en los ángulos y añade un mayor volumen constructivo aéreo, diseñando dos cúpulas más, aparte de la central, sobre la nave central y cuatro  sobre cada una de las naves laterales. Con ello se pretendía conseguir mayor aparato monumental al exterior y sobre todo una mayor elevación de las naves al interior y una mayor dinamicidad espacial también, al evitar la monotonía de las grandes bóvedas continuas de cañón o de arista del proyecto original. De esta forma, el templo contaba finalmente con tres naves de la misma altura, que se cubren por medio de bóvedas de cañón, las cúpulas mencionadas  intercaladas, y entre medio, bóvedas de plato.

Es este modelo el que se respetará a lo largo del interminable proceso constructivo del edificio y el que por tanto debemos de considerar que define el templo actual del Pilar de Zaragoza.

Aunque como ya hemos indicado, a partir de 1750 se produce una nueva intervención, en este caso de uno de los arquitectos más afamados del momento, Ventura Rodríguez, al que además debemos de considerar el eslabón imprescindible para entender el tránsito de la arquitectura española desde el barroco tardío hasta el Neoclasicismo. De ahí que su participación en el Pilar sea precisamente la de un mayor miramiento en la profusión decorativa, principalmente de los espacios interiores, que será eliminada y sustituida por un aspecto más propio del incipiente gusto neoclásico que él mismo introducirá en nuestro país. Queda así el interior del templo de un tono mucho más sobrio, sobre todo en sus soportes a base de grandes pilastras y entablamentos de traza clásica, aunque sin perder por ello su majestuosa monumentalidad. También contribuye a ese efecto el revoco en estuco de todo el interior. Su intervención se completaría con la obra más importante del interior de la basílica, la Capilla de Nuestra Señora del Pilar, situada a la altura del segundo tramo de la nave central, en el que se conserva parte del pilar en el que se produjo, según la leyenda, la venida de la Virgen.

Al exterior, la imagen es de gran efectismo y diseña el perfil característico de la ciudad de Zaragoza. Se debe básicamente al juego de cúpulas ya mencionado, decoradas con tejas vidriadas de colores verde, amarillo, azul y blanco. Son en total once, como ya hemos dicho, alternándose entre sí al tresbolillo y sobreelevándose las de la nave central respecto a las de las naves laterales, y la principal respecto a todas las demás. Los muros por el contrario resultan mucho más sobrios y más lo eran en origen, sin apenas decoración externa y construidos en ladrillo caravista, un recuerdo de la tradición mudéjar tan arraigada en Aragón, pero tan poco adecuada al concepto arquitectónico del Barroco, donde los exteriores son un elemento principal en la imbricación de la arquitectura al entorno urbano. De hecho, el propio Ventura Rodríguez ya trató sin éxito de remodelar completamente la fachada principal.

De ahí que fuera al exterior donde se prodigaran con mayor insistencia la mayoría de las obras de terminación del templo a lo largo de tanto tiempo: Las cúpulas y  torres exteriores fueron concluyéndose a lo largo de prácticamente todo el S. XIX, y aún entrado el S. XX, el perfil del Pilar sólo contaba con una de las cuatro torres exteriores, la situada en el ángulo suroeste. La compañera del lado sureste se levantaría entre 1903 y 1907, y las dos que miran al Ebro en 1950 una y la última en 1961, año en el que podría decirse que el templo del Pilar se habría acabado definitivamente.

Es también en estas fechas cuando se acomete la transformación de la fachada principal del templo y que por mirar hacia la ciudad debía de imbricarse en su urbanismo. A partir de 1945 y hasta 1950 será Teodoro Ríos quien rediseñe la fachada principal, enmarcando las dos entradas principales con pórticos de frontones triangulares sobre columnas corintias, añadiendo asimismo pilastras adosadas para dividir en tramos el muro, y abriendo en el centro de todo ello, coincidiendo con la cúpula mayor, otro pórtico formado por un nicho con una escultura de la Venida de la Virgen realizado por Pablo Serrano ya en 1969.

El Pilar de Zaragoza constituye un ejemplo perfecto de la evolución del último Barroco que se asoma ya al Neoclasicismo, y es sin duda el edificio barroco más importante del arte aragonés y uno de los más singulares de España.

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