B.E. Murillo: "Inmaculada Concepción de El Escorial" PDF Imprimir Correo
(43 votos, media 1.19 de 5)
Escrito por Ignacio Martínez Buenaga (CREHA)   

Inmaculada Concepción de El Escorial

Bartolomé Esteban Murillo.
Museo del Prado. Madrid. 1665.

 

 

Bartolomé Esteban Murillo (Sevilla 1617- Cádiz 1682) es uno de los pintores barrocos españoles que más éxito tuvo en vida, y ello debido sobre todo a su particular sensibilidad, especialmente dulce y amable en el tratamiento de sus cuadros religiosos, que por ello mismo conectaron fácilmente con el sentir popular. En cualquier caso no deben despreciarse sus valores como excelente dibujante y magnífico colorista, dentro de un estilo muy personal de composiciones serenas y modelos candorosos. Todo ello le convirtió en el mejor intérprete del nuevo lenguaje religioso postridentino y explica también cómo su obra fue eclipsando a la de Zurbarán según iba ampliando su clientela.

Tal vez todos estos valores algo almibarados que tanta fama le otorgaron en vida y en los siglos posteriores acabaron por resultar cansinos al llegar el siglo XX, rechazándose su obra por reiterativa y empalagosa. Pero no sería justo este juicio final, porque Murillo cuenta también con magníficos cuadros de costumbre en los que desarrolla un estilo muy distinto, espontáneo y lleno de frecscura, que se acerca al naturalismo de los grandes nombres del Barroco. No sólo en el caso de sus pinturas de niños pobres o mendigos, en los que refleja el ambiente popular de aquella España en decadencia (Niños comiendo uvas y melón; Niño espulgándose, o Niños jugando a los dados), sino también en otros cuadros de mayor espontaneidad y costumbrismo si cabe, como sus Dos mujeres en la ventana de la Nacional Gallery de Washington, o las Cuatro figuras en un escalón, del Forth Wort Kimbell Art Museum. Incluso algunas escenas religiosas se inclinan también por la línea naturalista, caso de la Sagrada familia del pajarito, del Prado. En cualquier caso, su calidad como pintor queda fuera de toda duda, y sólo es superada en ese siglo por Velázquez.

Murillo moriría en 1682 en plena actividad, al caerse de un andamio cuando pintaba el retablo del convento de los Capuchinos de Cádiz.

Uno de los temas más reiterados en la pintura de Murillo es el de las Inmaculadas, iconografía típicamente postridentina, cuya repetición como estampa devocional y su tono dulce y sentimental, fueron causa principal de su rechazo por la crítica de época contemporánea.

Pero las Inmaculadas son también buena muestra de las excelencias de este pintor y de la propaganda tridentina que exalta la inmaculada concepción de María con un entusiasmo que encontró precisamente en España y en su devoción mariana su mejor escenario.

La Inmaculada de El Escorial es así llamada por haber permanecido en el Escorial como pieza de las colecciones reales, según parece después de ser comprada en Sevilla por Carlos III. En ella se resume perfectamente la iconografía que Murillo convierte en tipología de las Inmaculadas posteriores: Imágenes de una sensual delicadeza, de formas vaporosas y colores pastosos de gran brillantez y una composición equilibrada que combina la disposición triangulada de la virgen que la asienta en una cierta estabilidad, con un movimiento helicoidal de la túnica, que a su vez subraya el moviento ascensional.

Todo ello enriquecido con detalles de gran delicadeza como los propios dedos finísimos de la Virgen, la melena suelta, la expresión encadilada o el coro de ángeles niños que si bien resulta un tanto amanerado, no cabe duda que presenta en algunos casos concretos detalles de indudable maestría. La misma que sorprende muchas veces en los retratos de estas Inmaculadas, algunos de los cuales resultan de un primorosa belleza, como es el caso.

No faltan tampoco los consabidos símbolos marianos que suelen acompañar iconográficamente este tipo de representaciones de la Virgen desde el S. XVI, tal y como dicta Francisco Pacheco en su Arte de la pintura (1649): así, los elementos que las Letanías repetían: sol, luna, estrella, puerta del cielo, lirio entre espinas, espejo sin mancha, huerto cerrado... Sin olvidar que a veces aparece la tierra y la serpiente, símbolos del pecado original que la virgen no padeció. En este cuadro aparece junto al coro de ángeles la luna en cuarto creciente, otro de los símbolos más reiterados, cuyo origen se haya al parecer en un comentario de Apocalipsis de San Juan: "Apareció en el cielo una señal grande, una mujer envuelta en el sol, con la luna debajo de los pies y sobre la cabeza una corona de doce estrellas": Dicha imagen de la luna se asoció primero a la Iglesia, posteriormente a la Asunción y finalmente a la Inmaculada Concepción. Además el sol, la luna y las estrellas eran símbolos del saber, lo que venía a explicar que la concepción inmaculada de María lo fue con plena sabiduría. La iconografía se completa en este caso con querubines que portan los atributos marianos: las azucenas como símbolo de pureza, las rosas de amor, la rama de olivo como símbolo de paz y la palma representando el martirio.

El mismo Pacheco añade también que la Virgen debe de representarse “en la flor de su edad, de doce a trece años, hermosísima niña…nariz y boca perfectísima y rosadas mejillas, los bellísimos cabellos tendidos, de color de oro”. Y es evidente que en esta versión de la Inmaculada, Murillo ha seguido fielmente estas sugerencias de Pacheco, tomando como modelo a una niña jovencísima cuya prístina belleza, más delicada si cabe en su pincel, envuelve toda la imagen de una candorosa e inocente sensualidad.

Técnicamente el cuadro nos muestra toda la sabiduría pictórica de Murillo: así el armonioso equilibrio cromático de azul y blanco en la Virgen, para reforzar simbólicamente su inocencia y su pureza y contrastando además ambos tonos con el dorado amarillento del fondo que complementa los azules. La pincelada es vaporosa, sobre todo en los cabellos de la niña, que de esta forma adquiren texturas de seda, pero también en los ángeles y querubines que la acompañan, que disuelven así sus formas entre el color. Sin olvidar el perfecto juego de luces y sombras, que contribuyen al concepto del movimiento, y también a resaltar las formas y el volumen delicado de la figura.

El sentimiento cálido y el tono delicado de estas imágenes están pregonando ya el inmediato Rococó, factor que también influiría en el prolongado prestigio del pintor.

Murillo0


 

Escribir un comentario


Código de seguridad
Refescar