Bronzino: "Alegoría de la lujuria" PDF Imprimir Correo
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Escrito por Ignacio Martínez Buenaga (CREHA)   

Alegoría de la lujuria.

Bronzino.

 

National Gallery. Londres. Hacia 1545.

 

Agnolo di Cosimo, llamado Bronzino (Florencia 1503-1572), fue discípulo de Pontormo y uno de los manieristas más representiativos del arte intelectual y restringido a una élite, que caracterizó buena parte de este movimiento.

Es esta obra uno de los mejores ejemplos de lo dicho, al tratarse de una alegoría de compleja interpretación. Es además un cuadro con ciertas connotaciones de sensualidad erótica, lo que resulta también un ingrediente característico de algunas obras manieristas.

La descripción del cuadro es la siguiente: en el centro de la composición se representa a Venus abrazada por Cupido, siendo acompañados a la derecha por el Placer y el Engaño, y a la izquierda por los Celos "y otros tormentos del Amor". A sus pies las máscaras representan las alegorías de la Tragedia y la Comedia. Por encima de todo ello, el Tiempo descorre una deslumbrante cortina de un azul vibrante.

La interpretación es la conocida y reiterada victoria de Venus sobre Cupido, es decir la victoria de la Belleza sobre el Amor, si bien en este caso no lo hace por la fuerza, sino de forma sutil y perversa: Mientras Cupido se siente halagado por el beso de Venus (de lo cual es un signo la almohada que simboliza la seducción), ésta aprovecha para arrebatarle la flecha de su carcaj, con lo que se adueña de sus poderes. Ante ellos, la cara vacía que los contempla, simboliza el Fraude del beso, que no es amor sino una mentira tramposa.

A la derecha de la representación se completa el léxico simbólico de la escena con la imagen del Placer, representado por una niña de rostro afable en su mitad y de animal en la otra, que porta en una mano un panal de miel, pero en la otra un agudo aguijón. Todo lo cual viene a resumir la dulzura y el dolor añadido, que siempre conlleva el placer, que a su vez es una disposición más propia del animal que del hombre. Al mismo tiempo, el Engaño representado por un putti feliz, derrama una lluvia de rosas, igualmente falsa, sobre los amantes.

Pero finalmente se hace justicia. Porque así como Venus desarma a Cupido con el engaño, así el Tiempo desarma finalmente a la propia Venus, al alcanzar el manto azul con el que el Fraude estaba a punto de coronar y certificar la maniobra.

La obra por tanto es desde el punto de vista de su lectura iconográfica y de la interpretación de su alegoría, realmente muy compleja, y reservada por ello sólo a unos pocos iniciados. En este sentido no debe olvidarse el contexto aristocrático al que va dirijida, pues se trata de un encargo personal del rey Francisco I de Francia.

Desde el punto de vista plástico el cuadro constituye uno de los ejemplos más hermosos y de mayor perfección técnica del Manierismo italiano. Destaca por el tratamiento marmóreo de los cuerpos, de una delicadeza fría y a la vez deslumbrante, aspecto en el que tiene mucho que ver el magistral tratamiento del color. Véanse así esos azules violáceos de efectismo electrizante, que envuelven la escena de una tonalidad fría, distante, que en el fondo es lo que convierte la alegoría en algo tan lejano a la realidad mundana. O los blancos escultóricos de los cuerpos desnudos de los amantes, cuyas brillantes texturas exhalan una luminosidad pletórica, la misma que el mármol mejor pulido.

La expresión también se aleja del calor del sentimiento: los mismos gestos, realmente teatrales, y la parafernalia de tramoya del conjunto de la representación, insisten en la caracterización impávida, intelectual, idealizada, de esta imagen del amor carnal, que además de esta forma se ve reforzada en su interpretación negativa, pues es la representación de un gran fiasco, de un engaño perverso. De ahí el cariz de todos los rostros, que como las máscaras que los acompañan, más parecen caretas de antifaz que caras de carne y hueso.

Compositivamente la estructura del lienzo se cierra en un cuadrado central, formado por las líneas de los brazos y piernas de los protagonistas, que más allá de centrar de esta forma la atención del espectador en el atractivo de la seducción, refuerza el hermetismo de toda la explicación tan compleja de la alegoría.

El resto, los motivos erotizantes, la pincelada fina y exquisita, los detalles precisos, y el impacto visual de tanta perfección, hacen de esta obra una de las más sugerentes y espléndidas de toda la Historia de la pintura.

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