C. Brancusi: "Madame Pogany" PDF Imprimir Correo
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Escrito por Ignacio Martínez Buenaga (CREHA)   

"Madame Pogany"

C. Brancusi

MOMA. New York. 1913.


La escultura de finales del S. XIX y principios del S. XX vive una renovación creciente que tiene en la experimentación que sobre ella realizan algunos pintores su principal argumento. No es de extrañar, porque ya que es la pintura la que está llevando la iniciativa en este proceso de transformación que va abriendo la expresión plástica hacia el lenguaje contemporáneo, es comprensible que sean pintores los que se incursionen también en la experimentación sobre la talla y el modelado. Es el caso de Géricault y Daumier en primera instancia y de forma más explícita en los trabajos de Degas, Gauguin, Matisse, incluso Renoir o Bonnard, también Modigliani, y posteriormente Picasso o surrealistas como Dalí o Miró. En cualquier caso, de la importancia que adquiere la pintura como fuente de inspiración en el proceso de evolución de la escultura es buen ejemplo el propio caso de Rodin, cuya escultura está llena de efectos pictóricos, que como ya hemos visto en esta sección de “Miradas CREHA”, muchos hacen coincidir con las aportaciones del Impresionismo.

Aunque a pesar de todo lo dicho, podría afirmarse con total fundamento que el primer paso hacia la definitiva liberación de lo anecdótico en la escultura y de la afirmación plástica de los elementos propios de su lenguaje (masa, volumen, espacio...), lo da el escultor rumano Constantin Brancusi (Targu-Jiu. Rumania 1876- París 1957).

Sus primeras obras se amparan en las modas figurativas del S. XIX, pero al poco de llegar a París en 1904, su escultura cambia radicalmente y establece el nexo de unión entre las primeras incursiones de Rodin en el lenguaje moderno y la explosión plena de la escultura contemporánea. Tanto es así que el propio Rodin quiso atraerlo a su estudio, a lo que se negó el artista rumano alegando que “no se puede crecer a la sombra de los grandes árboles”.

Su evolución es lenta y es larga, y a su través se va comprendiendo la propia transformación de la escultura contemporánea en el S. XX. Por ello es tan difícil incluir a Brancusi en ninguna "escuela", entre otras cosas porque sus piezas son igualmente muy variadas. Podría hablarse de un expresionismo amparado en el primitivismo en sus primeras obras parisinas, y después en una abstracción escultórica. Por ello, obras como El beso se pueden considerar precedente de la escultura orgánica, y las posteriores de cualquiera de las sucesivas propuestas abstractas. Aunque tampoco quiere decir que pueda confundírsele con los objetivos de otras tendencias, porque al contrario que el Cubismo o el Futurismo, sus piezas buscan más la estabilidad que el dinamismo, las composiciones cerradas sobre las abiertas, y una monumentalidad clásica podríamos decir, que precisamente evitaban estas otras tendencias. En sus obras últimas se impone el óvalo como forma básica de su producción, buscando además con el pulido insistente de sus materiales (bronce principalmente) un efecto muy especial de reflejos y brillos.

Sobre la obra que nos concierne y a pesar de la temprana fecha en que está realizada, puede decirse que se trata ya de una obra de madurez: en primer lugar, Brancusi abandona la talla de calidades rústicas y la sensación de masa a través de la composición en bloque, y pierde con ello el carácter expresionista de sus primeras obras. Por el contrario tiende ahora a frecuentar las formas ovoides y el pulido exquisito del bronce, hasta conseguir efectos lumínicos a través de sus reflejos.

El ritmo compositivo también ha cambiado, introduciendo ahora un mayor dinamismo provocado por la sucesión de líneas curvas. En este sentido, el contraste que produce el bloque cúbico y de piedra sobre el que se asienta la figura, no hace más que acentuar las calidades táctiles y los mencionados ritmos compositivos. Pero todo ello no implica que se pierdan dos constantes en la obra de Brancusi: su estabilidad y su monumentalidad, aspectos ambos en los que tiene mucho que ver la composición cerrada de esta escultura. En este sentido el trazado de las líneas de brazos y manos sobre la cara por el lado derecho, y del cuello pronunciado por el izquierdo, resultan una solución sorprendente y genial.

No faltan tampoco algunos rastros expresionistas, relacionados con su constante inclinación por la figuración primitiva y que resultan recurrentes en su obra, en este caso podemos advertirlo no sólo en la sencillez de sus rasgos, sino también en ciertos detalles tan significativos como esos grandes ojos tan hermosos que llenan toda la cara de expresividad

En cualquier caso, las referencias figurativas siguen siendo, como mucho, meros pretextos para la exaltación de los verdaderos valores de la escultura: su talla, su masa, su volumen, su luminosidad, su estructura compositiva, las calidades del material, su monumentalidad, etc.



 

 

 

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