| C. Lorrain: "Embarco de Santa Paula romana" |
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| Escrito por Ignacio Martínez Buenaga (CREHA) |
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Paisaje portuario: Embarco en Ostia de Santa Paula Romana. Claude Lorrain. Museo del Prado. Madrid. 1648. En la pintura francesa del S. XVII se contraponen las dos mismas tendencias que en el resto de las manifestaciones artísticas en ese país: de un lado las corrientes que podríamos considerar propiamente barrocas, y de otro las de corte clasicista, aunque hay que señalar que en Francia, en el campo de la pintura especialmente, se nota durante toda su etapa barroca una inclinación clásica que la aleja del las tendencias más agitadas y expresivas del barroco español, holandés o italiano Aún así, habrá una corriente puramente barroca que beberá de dos influencias principales, por un lado la de Rubens, de paso por París, y de otro lado, la de Caravaggio, hasta el punto de denominarse a una de las corrientes realistas y por tanto propiamente barrocas de la pintura francesa del S. XVII, la de Los Caravaggistas, entre los que sobresalen Georges No obstante el peso de la influencia clásica será muy notorio en el país vecino, destacando entre los pintores franceses de esa línea N. Poussin en primer término y el que hoy nos ocupa, Claude Lorrain, magnífico paisajista, evocador de Claude Gellée, llamado Claude Lorrain por su condición de lorenés, y conocido en España como Claudio de Lorena (1600-1682), será un pintor que aunque de origen francés, pasará amplias temporadas en Nápoles y Roma donde terminaría asentándose definitivamente. De hecho en su juventud deambuló por distintos puntos de Europa, trabajando en algunos de ellos como pastelero, oficio tradicional de su lugar de origen, aunque pronto irá cobrando fuerza su prestigio como pintor, hasta adquirir una enorme fama que le conviertiría en el preferido de la nobleza y de poderosos como el Papa Urbano VII y el rey español Felipe IV. Su establecimiento en Roma le pondrá en contacto en primer lugar con un paisaje bucólico como el de la campiña romana, con las numerosas ruinas que se conservaban en los alrededores, pero también con una tradición pictórica clasicista que tendría en autores como Annibale Carracci o Domenichino a sus principales mentores, sin olvidar la Escuela veneciana de Giorgione, Veronese y Tiziano. Son todos estos bagajes lo que modelan su estilo en un arte muy personal, caracterizado por su visión peculiar de la naturaleza. Porque Claudio de Lorena es ante todo un paisajista. Pero un paisajista singular como decimos, porque sus paisajes son muy peculiares, sobre todo porque los impregna de un sentimiento emocional que los transforma en una imagen totalmente idealizada. De ahí que se hable de “paisaje ideal” en su obra, siempre tratando de conseguir un particular sentido de la belleza que recupera valores clásicos, como la sensación de reposo y equilibrio, el concepto de luz crepuscular, las composiciones estables, y una sensación general de serenidad emicional ante sus panorámicas. Esa misma idelaización se advierte también en las referencias que le sirven de base para transfromar los entornos naturales, que no son otras que la ambientación mitológica o religiosa, y la evocación de la ruina clásica. Uno de los recursos que más influirán en recrear esa atmósfera cálida e idelizada de una singular belleza, será su tratamiento de la luz. Una luz que como hemos dicho frecuenta las tonalidaes ocres del atardecer en la línea que ya había trabajado Leonardo, pero que él va a tratar con tal sutileza y perfección que se convierten en uno de los principales atractivos de sus cuadros. La luz de sus pinturas es una luz natural, proviniente de un sol que aparece con toda su intensidad en la mayoría de sus cuadros. Pero es más, la luz en sus obras es un elemento articulador de la imagen, es un recurso compositivo, es factor simbólico, es un elemento perspectivo y sobre todo crea la atmósfera idealizada y bucólica de sus paisajes inimitables. A este efecto general contribuye su perfección técnica, hija de su meticulosidad y disciplina en el trabajo. Claudio de Lorena podía estar un día entero tomando innumerables apuntes del natural antes de dar forma al cuadro. Además la suya era una pincelada precisa, compacta y clara que también favorecía el resultado final tan nítido y brillante. Curiosamente y como muestra de esa responsabilidad suya en el trabajo, Claude Lorrain realizaba cuadernos de dibujos donde dejaba constancia de todas sus composiciones, para así evitar falsificaciones; llegaba incluso a copiar la composición de sus obras, describiendo los más mínimos detalles del cuadro, para quién se había pintado y hasta sus honorarios. En el Museo del Prado se conservan cuatro cuadros de este pintor encargados por Felipe IV, aunque sin duda su obra maestra es este Embarco de Santa Paula, en el que se reflejan todas las características que hicieron grande a este pintor. Al fin y al cabo se trata de uno de sus característicos paisajes, pero no un paisaje real, sino el paisaje idealizado que toma como referencia una motivación religiosa. El tema le dará pie a jugar con los efectos de luz, el atradecer brumoso y nacarado de un sol crepuscular, así como un efecto ambiental que recrea a partir de las imponentes arquitecturas clásicas, el brillo verdeazulado de las aguas del mar, y las minúsculas figuras que deambulan por el puerto y cuya pequeñez no es sino el símbolo de nuestra insignificancia frente a la grandiosidad y la belleza de Como siempre en los cuadros de Claudio de Lorena, la atmósfera cálida nos envuelve y su perfección técnica nos embauca. Su pleno clasicismo hace el resto: equilibrio en la composición, armonía en las formas y una sensación de placentera serenidad que nos deleita la mirada.
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