C. Sluter: "Pozo de Moisés" PDF Imprimir Correo
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Escrito por Ignacio Martínez Buenaga (CREHA)   

 

”Pozo de Moisés”.

C. Sluter.

Cartuja de Champmol. Dijon. 1395.

La figura de C. Sluter llena con todo el vigor de su fuerza expresiva la escultura del gótico final, abriendo nuevos cauces de realismo al arte de la época. Sabemos que el gótico en escultura había ido evolucionando hacia propuestas cada vez más naturalistas, que iban desligándose progresivamente del marco arquitectónico, pero tal vez el gótico francés aportara a ese realismo un afectación un tanto excesiva y un amaneramiento que tildaba en exceso su delicadeza. Por el contrario las propuestas que van surgiendo al norte de Europa avanzan en otro sentido, y si bien son herederas sin duda de la influencia francesa, aportan un sentido mucho más contundente y realista a sus figuras, cuyo valor predominante es siempre su fuerza expresiva. En realidad es y será una constante del arte que se desarrolla en Países Bajos y Alemania esa inclinación expresionista tan marcada. Se advierte en las esculturas del gótico alemán más conocidas, especialmente las figuras que decoran el coro de la Catedral de Naumburgo y en especial el doble retrato de Ekkehart y Uta, y se advierte asimismo en toda la tradición plástica de los Países Bajos.


Es en ese contexto en el que aparece la figura de Claus Sluter. Un artista que nace en Harlem, futura Holanda, y que se mueve en ciudades del entorno, como Bruselas, donde irá fraguando su estilo, hasta que recabe definitivamente en Dijon, al amparo del amplio programa artístico que desarrolla Felipe el Atevido, Duque de Borgoña, y que será sin duda el que le otorgará fama y reconocimiento.


En efecto en la Cartuja de Champmol es donde se concentra todo este programa escultórico en el que Sluter se iniciará como asistente de Jean de Marville y que culminará Stephan Sluter de Werve, sobrino de Claus Sluter. Entre las obras principales que se desarrollan en este marco destacan el Portal de la Cartuja, el propio Sepulcro de Felipe el Atrevido y el famoso Pozo de Moisés que hoy nos ocupa. En el Portal representa a la Virgen con el niño flanqueada por Margarita de Flandes y el propio Felipe. El sepulcro aún resulta más espectacular, especialmente por la serie de los Plorants, o encapuchados que lloran la muerte del duque y que representan el ejemplo más logrado del realismo expresivo de Sluter, capaz de transmitir al espectador todo el dolor ante la muerte con el máximo de expresividad, sin representar ni un sólo rostro, es sólo el trabajo de los paños y la fuerza emotiva que transfieren las formas de las túnicas, sus pliegues, sus contrates de luz, lo que nos impacta en un ejercicio de gran realismo, pero cuya solución formal es poco menos que abstracta (para verlos AQUÍ).


En cuanto al Pozo de Moisés se trata en realidad del
basamento (en forma de brocal o pretil de pozo) de un Calvario sobre el que habría de colocarse Cristo crucificado acompañado de la Virgen y de Juan. El calvario ha desaparecido y sólo queda el busto y la cabeza de Cristo.


En realidad la forma del basamento, prismático y de forma hexagonal, alude simbólicamente a la fons vitae de la que surge la vida, simbolizada aquí en la propia muerte de Cristo. Unos ángeles soportan el zócalo sobre el que apoyaría la cruz, y bajo ellos, ocupando cada una de las caras del brocal, los profetas precursores de Cristo: David, Isaías, Daniel, Jeremías, Zacarías y Moisés.


Es éste últim
o el que sintetiza perfectamente las características del nuevo lenguaje de Sluter, porque también en este caso sorprende por su fuerza expresiva: su rostro violento de ojos profundos e iracundos al bajar del Sinaí; con su una barba bífida, abundante, poblada, con airado movimiento de sus enormes guedejas; las órbitas oculares hundidas y su boca entreabierta creando el juego de rotundos contrastes de luz y sombra con los que insistir en un expresionismo de enorme realismo y fuerza emotiva.

Ya no hay nada estereotipado en Sluter y de nuevo resulta especialmente significativo su trabajo de paños, de plegados duros y enérgicos, de potente textura, rupturistas con el sentido lírico y armonioso de la escultura de tradición francesa. Al contrario, los paños se mueven ahora en enérgicos ritmos compositivos que subrayan la expresión del profeta, particularmente iracunda. Hasta el tratamiento del mármol busca la fuerza y la grandiosidad, llenándose de vida hasta en los más pequeños detalles, caso de las filacterias, que se tallan con pormenor, pero a la vez con toda esa acritud y aspereza, que delatan su vigor.


No falta además el color, que a su valor naturalista, une su vistosidad, fortaleciendo de esta forma su carga emotiva.

Sluter hay por tanto que considerarlo el escultor más importante del otoño del medievo, pionero de ese “realismo nórdico” que se convertirá en una seña de identidad del arte de la Europa septentrional, y un precursor del incipiente Renacimiento en el que cobrará todo su sentido el realismo humanista que Sluter había iniciado.





 

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