Catedral de Chartres PDF Imprimir Correo
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Escrito por Ignacio Martínez Buenaga (CREHA)   

Catedral de Chartres

Chartres. 1260.

 

La Catedral de Chartres constituye un ejemplo paradigmático del nuevo modo de construir gótico, porque es el edificio en el que por primera vez se presentan unidas las novedades técnicas formuladas como características del nuevo estilo.

Chartres es también un caso típico entre los burgos que desde el S. XII exprimentan un desarrollo económico, que a su vez favorece el impulso de una importante renovación artística.  Por otro lado Chartres era asimismo un punto de referencia espiritual desde épocas pretéritas, que en la Edad Media conserva ese privilegio, convertida en uno de los centros marianos más importantes de Europa, gracias sobre todo a que atesora la túnica de la Virgen, la prenda que supuestamente llevaba la Virgen durante el nacimiento de Cristo (la sancta camisia), una reliquia traída por Carlos el Calvo desde Tierra Santa, de enorme devoción en la época. Chartres era por ello un centro espiritual, pero también un centro económico, en el que se organizaban cuatro ferias que se celebraban en las cuatro grandes festividades marianas del año: la Purificación, la Anunciación, la Asunción y la Navidad, y que estaba concectado a las principales rutas comerciales de la Europa medieval.

Teniendo en cuenta que el Gótico europeo es la consecuencia de una expansión económica sin precedentes, fundada en un desarrollo de la agricultura que produce excedentes (lo que a su vez reactivará el comercio de los burgos), y de una devoción religiosa entusiasta que mantiene vivo el espíritu cristiano medieval, Chartres resulta un modelo ejemplar del significado del arte gótico.

Por otro lado es también, como ya hemos dicho, el ejemplo más prototípico de la arquitectura gótica, representada en la catedral, ya que constituye el más puro de sus modelos. Su construcción pasa no obstante por algunos avatares. Puesto que como hemos señalado se trataba desde antiguo de un centro espiritual y durante la Edad Media de un lugar de pereginaje mariano, con anterioridad a la catedral gótica se habían construido numerosos templos en el mismo lugar, el más importante de los cuales había sido la catedral levantada durante el abaciado de Fulberto de Chatres en 1120. Un típico episodio de exaltación religiosa, como lo hubo en tantos lugares de Europa después de superado el miedo al Apocalipsis anunciado del año mil, multiplicó las ofrendas y donaciones para la construcción de esta catedral que se levantó en un tiempo realmente breve, de apenas veinte años. Debió de ser una magnífica construcción, a tenor de lo conservado de ella, la famosa Portada Occidental, pero la desgracia se conjuró contra ella sólo unas décadas después, concretamente la noche del 10 al 11 de junio de 1194, cuando un devastador incendio destruyó buena parte de la ciudad y la Catedral casi por completo. Sólo se salvó Portada Real o Pórtico Occidental, con su famoso grupo escultórico, así como las torres de la fachada y el último tramo de la nave central.

El desconsuelo en toda la población fue enorme, entre otras cosas porque se pensó que también se habría perdido la reliquia que se atesoraba en la cripta, la Sagrada Túnica. Al respecto señala Otto Von Simson siguiendo el Tratado titulado Milagros de la Santísima Virgen María en la Iglesia de Chartres, escrito por un canónigo de la Catedral a principios del S. XIII, y que había sido testigo de todos estos acontecimientos: “El desastre de 1194, que parecía haber destruido la reliquia a la vez que el templo, fue considerado por todos como una señal de la ira divina. A causa de los pecados del pueblo, la Virgen había abandonado el santuario, el cual había sido <<la gloria de la ciudad, el orgullo de la nación y una casa de oración incomparable>>. Su desaparición hizo que todos olvidaran momentáneamente sus pérdidas personales. La primera reacción, muy significativa, fue la de que sería inútil reconstruir tanto el templo como la ciudad. Con la destrucción de la catedral, el poder divino al que Chatres debía su prosperidad, su seguridad e incluso su existencia, parecía haberse alejado de ella”. Por todo ello es fácil de comprender el entusiasmo que alegró a toda la población cuando el Obispo Renaud de Moçon, apareció en procesión ante una multitud convocada al efecto portando la sancta camisia, que milagrosamente se había salvado también del incendio. La conclusión inmediata de todos era fácil de deducir, en realidad la Virgen lo que quería era la destrucción de la antigua basílica para que se construyera en su honor una más grande y más hermosa.

La importancia que todo este contexto social tiene es enorme, porque explica el estado de ánimo, realmente exaltado de devoción y alegría, de toda una población, que resultó por ello una fuerza imparable en el proceso constructivo de la nueva catedral. Una catedral que por todo ello tenía que ser la más grandiosa de la cristiandad. Las donaciones y ofrendas se multiplicaron, y las contribuciones de toda la población y de las parroquias circundantes posibilitaron no sólo una construcción monumental e imponente, sino además realizada con una gran rapidez. A esta connotación religiosa, imprescindible, habría que añadir de nuevo el componente económico, pues de todos era sabido que la prosperidad de la ciudad dependía de que siguiera siendo un centro espiritual de primera magnitud.

Para el arquitecto que sumió la tarea de construir la nueva catedral el reto era gigante, paralelo a la expectación que había levantado la nueva construcción. Por eso, y porque su respuesta no pudo ser más extraordinaria, no deja de ser una injusticia histórica que no sepamos nada de dicho constructor, porque la innovación arquitectónica que supone Chartres, su alcance tecnico, su coherencia y unidad formal, su perfección, y su belleza monumental, sólo pueden estar al alcance de uno de los grandes nombres de la historia de la arquitectura.

Comenzada la construcción poco después del incendio de 1194, el cuerpo principal de la misma ya estaba concluido en 1220, quedando trabajos de acondicionamiento y terminaciones hasta que en 1260 la catedral se consagra en presencia del rey, Luis IX.

La nueva construcción se convierte en prototipo del Gótico clásico o Gótico francés, en el que se inspirarán las catedrales que a partir de entonces se extienden por toda Europa. Presenta una planta de cruz latina y estructura basilical con tres naves, la central más alta que las laterales; amplio crucero, igualmente de tres naves; y una cabecera extraordinariamente desarrollada (hipertrofiada), con cinco naves y doble deambulatorio, lo que resulta una novedad respecto a las construcciones románicas, de cabeceras mucho menores y un solo deambulatorio si lo tenían. Abre también capillas radiales alrededor de la girola, separadas entre sí. A la entrada de la nave central se dibuja en el suelo su famoso laberinto.

En alzado se superponen los tres niveles característicos: arquerías de separación entre las naves, a base de arcos apuntados; un triforio ciego; y claristorio o nivel de ventanas, en las que se han conservado la mayoría de las vidrieras originales. Una disposición en vertical también novedosa porque por primera vez desaparece la tribuna, que en realidad era un residuo románico cuya principal función era servir de contrarresto al empuje de la nave central, papel que ahora suplen con creces los arbotantes y los contrafuertes exteriores.

Los soportes utilizados son pilares acantonados, es decir, una alternacia de pilares de sección poligonal con baquetones cilíndricos adosados, y columnas de sección cilíndrica con baquetones poligonales adosados.

En cuanto al sistema de cubiertas es igualmente pionero, pues se abandona la crucería sexpartita y se sustituye definitivamente por la bóveda de crucería de cuatro plementos, que será desde entonces la habitual.

La fachada principal también se retocó, aunque se respetaron como es lógico la Portada Real, que se había salvado del incendio, así como la torre sur y la base de la norte, lo que explica la asimetría que muestran, pues una mantiene la volumetría, así como la decoración y el característico chapitel sencillo de tradición románica, y la otra toda una decoración de cresterías y lenguaje ya típicamente gótico. Se añaden de nueva obra el rosetón principal y la galería de los reyes que se prolonga encima.

Los pórticos norte y sur, abiertos en los brazos del crucero, son completamente nuevos y responden en su solución formal y en su iconografía ornamental al nuevo repertorio gótico.

El conjunto completa así el nuevo lenguaje de la catedral gótica, al que habría que añadir además una precisión matemática en el cálculo de las medidas de todos los componentes entre sí que logra un dibujo geométrico en toda la construcción, de una armonía y proporción, que explican por sí solas la hermosa elegancia de esta maravillosa obra.

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