Cimabue: "Crucifijo" PDF Imprimir Correo
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Escrito por Ignacio Martínez Buenaga (CREHA)   

"Crucifijo"


Cimabue.

Santo Domingo de Arezzo. 1265-1268.

 

La pintura gótica en Italia eclosiona de forma brillante y prolífica a partir sobre todo del S. XIV, iniciando entonces una andadura imparable que desembocará en los siglos siguientes en la saga interminable de maestros del Renacimiento. Pero hasta ese momentro del Trecento italiano, que es cuando se desarrolla la Escuela de Siena, el Estilo Internacional, y la obra de Giotto, la pintura italiana avanza de forma todavía balbuciente entre la tradición bizantina y la herencia clásica. Es por tanto esta pintura del Duecento, un eslabón intermedio, cuyos autores destacan tímidamente, como en los casos de los talleres de Pietro Cavallini y de Bonaventura Berlinghieri, al menos hasta que aparezca la figura señera de Cimabue, con el que comienza el espendor de la escuela de Florencia.

En efecto, la figura de Cenni di pepo, llamado Cimabue es la más sobresaliente del Duecento italiano. No se conoce mucho ni de su vida ni de su obra, si bien parece que nace en Florencia hacia 1240 y muere en Pisa al comenzar el S. XIV, probalemente en 1302. De su trabajo y su reputación da cuenta Vasari en sus "Vidas", del que dice: "Cimabue supuso la primera causa de la renovación de la pintura". El mismo Vasari dice también que sus maestros "fueron griegos", refiriéndose en este caso a su deuda con la herencia bizantina. Dante lo valora como el mejor pintor anterior a Giotto, y hubo de ser un artista cotizado y valorado a tenor de la cuantía e importancia de los encargos que recibió.

En realidad su estilo sirve de eslabón entre la tradición de la pintura italiana anterior y la revolución inmediatamente posterior que personificará Giotto. La tradición medieval italiana estaba marcada por la influencia bizantina, muy fuerte como hemos comentado en ese país, que supondrá la expansión de una pintura religiosa caracterizada por la utilización de auténticos iconos de tradición bizantina (a la greca, como decían ellos): rígidos, hieráticos, elegantes, y muy poco realistas. La aportación de Cimabue será la de acercarse a un mayor realismo en la representación de las figuras y a un mayor grado de movimiento y naturalidad en los gestos, las posturas y las expresiones. Se abre así el camino hacia una renovación realista de la pintura, cuyo corolario final será la aportación brillante de la obra de Giotto. Con todo, Cimabue aún conserva de la vieja tradición ese mismo sentido de la elegancia y de la riqueza decorativa que habían tenido las obras anteriores.

Entre sus piezas más conocidas destaca en primer término la Maestá, una imagen de la Virgen procedente de la Iglesia de la Trinidad de Florencia y que se halla hoy en el Museo de los Uffizi, así como sus crucifijos: el del Museo dell'Opera di Santa Croce, o este, precioso, de la iglesia de Santo Domingo de Arezzo.

El crucifijo en sí es más que una pintura, es en primer término una pieza de arte mobiliar, con una base de madera sobredorada y una fisonomía compleja que añade a la propia forma de la cruz latina cartelas rectangulares en los brazos de la cruz, los pies y la parte superior o cimacio. Dichos espacios se aprovechan para incluir temas complementarios, que en este caso se concretan en una figura de Cristo en majestad sobre el cimacio y las imágenes de la Virgen a la izquierda y San Juan a la derecha.

De la tradición bizantina queda en este crucifijo de Cimabue el fondo dorado con su luminosidad espléndida y la riqueza de materiales. Tradición que también se refleja en la propia figura, todavía marcada por la esquematización de las anatomías y el simbolismo de la imagen. Pero algo ha cambiado también. En primer término la propia composición de la obra, que será habitual en otros crucifijos de su autor: esa posición arqueada, en un contraposto exagerado, que cimbrea la figura hasta el límite, logrando de esta manera un mayor grado de movimiento y que consigue así romper la tradicional rigidez de los iconos bizantinos. También un grado de expresividad más dramática, pero sin romper por ello la elegancia de una postura a la que el contraposto le otorga equilibrio y distinción. Algunos rasgos acentúan su realismo expresivo: los ojos cerrados, la cabeza ladeada o las manos abiertas manando sangre, elementos todos ellos que están anunciando un camino sin retorno hacia el naturalismo.

Aunque ciertamente, si algo nos hipnotiza de esta pieza es su resultado final, esa belleza exquisita, sencilla, llena de brillo, de refinamiento y riqueza, que une lo mejor de la tradición medieval con el talento renovador de su autor.

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