Conjunto mural de Bagüés PDF Imprimir Correo
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Escrito por Ignacio Martínez Buenaga (CREHA)   
Lunes, 13 de Diciembre de 2010 07:44

 

Conjunto mural de Bagüés.

 

Iglesia de los santos Julián y Basilisa. Bagüés (Zaragoza).
Primer cuarto S. XII.

 

 

El conjunto mural de la Iglesia de los santos Julián y Basilisa de Bagüés (Zaragoza) debe de destacarse con toda la importancia que atesora como uno de los referentes más importantes de la pintura mural románica. No sólo por sus valores iconográficos y artísticos, de los que más adelante hablaremos, sino porque si la pintura mural románica había de cumplir un objetivo principal, como era su labor de difusión y enseñanza de la palabra de Dios a través de la imagen, pocos ejemplos tan paradigmático como el de esta iglesia para confirmar que, en efecto, las paredes de las iglesias románicas actuaban como una verdadera “Biblia en imágenes”.

La iglesia, de una sola nave y formalmente de una tipología “híbrida”, que utiliza recursos ornamentales y constructivos del Románico pleno, entremezclados con algunos resabios del Primer Románico, puede fecharse a finales del S. XI. Por eso, aunque hay pocos elementos documentales que permitan fijar la cronología de las pinturas con precisión, sí se puede concluir en que sería inmediatamente posterior a la fábrica del edificio porque hasta que el templo no recibía la decoración mural, no se consideraba totalmente concluido. Por ello, se data el conjunto pictórico alrededor del 1100, o como mucho, las primeras décadas del S. XII.

Las pinturas, descubiertas hacia 1940, fueron desprendidas de sus muros originales por Ramón Gudiol en 1966, trasladadas a un soporte portátil en 1968, expuestas en esta ubicación en el antiguo Hospital de la Santa Cruz de Barcelona, y finalmente trasladadas al Museo Diocesano de Jaca en 1970, coincidiendo con su inauguración.

Aunque se ha perdido buena parte del conjunto pictórico que cubría los muros laterales de la iglesia y la bóveda de cascarón del ábside, quedan suficientes restos como para poder reconstruir la secuencia descriptiva de toda la obra, que demuestra sobre todo la perfecta estructuración narrativa de su iconografía. Así, la narración se dispone en una sucesión continuada cuya lectura seguiría un orden fijo, comenzando en la parte superior del muro sur junto al ábside, para seguir la narración de izquierda a derecha, de la cabecera a los pies y de los pies a la cabecera, y enlazar desde ahí con la parte superior del muro norte, y de igual manera continuar de derecha a izquierda, hasta acabar la lectura en la parte inferior del muro norte junto al ábside. Aquí continuaría la narración, en este caso en sentido ascendente, hasta llegar a la bóveda de cascarón donde se representa el tema de la Ascensión. Una ordenación perfectamente clara para su correcta interpretación narrativa, pero también totalmente adaptada a la jerarquización espacial de los temas e incluso a su disposición simbólica, como ocurre con el tema de la Crucifixión, situado en el nivel inferior del semicírculo absidial, justo detrás de la mesa de altar.

Iconográficamente, el conjunto de Bagüés narra la historia de la humanidad desde una interpretación cristiana, dedicando los registros superiores de ambos muros al ciclo del Antiguo Testamento, iniciados lógicamente con la creación de Adán y Eva, y los inferiores al Nuevo Testamento, cuyo corolario se completa en el ábside. En la parte inferior del mismo se representa la Crucifixión, con Cristo crucificado entre los dos ladrones, Dimas y Gestas, representados con los brazos colgando por detrás de los travesaños y las manos aprisionadas a modo de cepo, y las tres Marías ante el sepulcro vacío. Por encima un apostolario, y en altura ocupando el cascarón absidal, Cristo triunfante ascendido al Cielo y enmarcado en mandorla.

Desde el punto de vista formal, la pintura destaca en primer lugar por su total uniformidad, de tal manera que parece evidente la participación de una sola mano o un solo taller en la realización de todo el programa. Resulta igualmente llamativo el tratamiento del color, pues las distintas franjas en que se divide la narración presentan fondos de tonalidades frías, verdes y azules predominantes, sobre los que destacan llamativamente las figuras, pintadas en tonos cálidos. Para que la narrativa no provoque confusión, aunque todas las escenas siguen una continuidad, se compartimentan diferenciándose entre sí por medio de composiciones siempre cerradas, en las que los personajes asumen posiciones en los extremos a modo de paréntesis.

No falta tampoco la fuerte expresividad característica de la pintura románica y que en muchas ocasiones, más allá de su función didáctica, conseguía impactar en la sensibilidad del espectador, sobre todo cuando se trataba de representar las escenas más dramáticas. Técnicamente las pinturas cuentan igualmente con los habituales recursos y convencionalismos de la pintura románica, como las anatomías esquematizadas, pliegues en abanico, pies en “V”, desproporciones manifiestas y ausencia de perspectiva. Su grafía, también característica, es de trazo grueso y muy marcado en los perfiles y rasgos de la cara. No obstante, la fuerza del color, la expresividad de las figuras, su minimalismo formal, su belleza sencilla, y sobre todo sus ya comentados valores narrativos, le otorgan a esta obra una enorme personalidad.

A pesar de todo, y como siempre ocurre con este tipo de obras, sorprendentes por su calidad en un contexto modesto artísticamente, se han buscado posibles influencias y fuentes de inspiración en el exterior, que irían desde las miniaturas (que disponen también sus narraciones en registros), especialmente de tradición francesa y procedentes de su región occidental; hasta el Arca Santa de la Catedral de Oviedo (donde se representa a los dos ladrones crucificados junto a Cristo con la misma posición de brazos que los de esta iglesia).

En la actualidad todo este conjunto mural puede verse en un remozado Museo Diocesano de Jaca, que volvió a  abrir sus pauertas al público en marzo de 2010, después de largas labores de restauración, y cuya joya más conocida es precisamente este conjunto de pintura mural, considerado la “Capilla Sixtina” de la pintura románica. Para su mejor interpretación y visualización se han dispuesto unos bancos, y se ha aprovechado el hastial de los pies de la sala, el único que carece de pinturas murales, como telón de fondo sobre el que proyectar recursos multimedia explicativos del programa iconográfico de la iglesia, así como un programa audiovisual sobre la técnica del arranque de las pinturas.

A todo ello habría que añadir los restos de pintura encontrados en la propia iglesia durante los trabajos de restauración de la misma durante el verano de 2009. Son pequeños fragmentos localizados en la parte alta del presbiterio, destacando dos figuras antropomorfas, una de las cuales podría ser un ángel. Junto a ellas han aparecido también restos de policromía y varias cruces, dos de ellas son similares a las de Malta y una tercera muy peculiar, ya que tiene como base un cáliz invertido.

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Comentarios  

 
#2 fco javier lópez cabarcos 13-12-2010 16:50
Creo que los docentes debían insistir en que si tuviéramos la decoraciión pictórica del Románico, veríamos que éste tiene características comunes con los recintos funerarios egipcios -algunos que conservan su policromía
pako
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#1 fco javier lópez cabarcos 13-12-2010 16:42
Sr Ignacio, no cree que la calidad de estas pinturas merecerían un mayor esmero a fin de verlas...evitando ir a la capital de la Jacetania?
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